Durante demasiado tiempo, el valor de la actividad económica se ha medido únicamente por su precio. Si reconocemos que las empresas, los gobiernos y la sociedad civil crean valor de forma colectiva, podremos construir un capitalismo con un propósito más claro.
Hace un año, Larry Fink, presidente y director ejecutivo de BlackRock, escribió una carta a 500 directores ejecutivos para pedirles que replantearan su sentido del propósito. «Para prosperar con el tiempo —escribió—, toda empresa debe no solo obtener resultados financieros, sino también mostrar cómo contribuye positivamente a la sociedad».
Fink sostuvo que el excesivo enfoque de las empresas en el corto plazo perjudicaba su capacidad para crear más valor a largo plazo. Algunos políticos destacados, entre ellos la senadora estadounidense Elizabeth Warren y la primera ministra británica Theresa May (hasta que el Brexit hizo naufragar su agenda política), también han defendido una forma de capitalismo más inclusiva y menos depredadora.
Pero, pese a estos llamamientos a la acción, poco ha cambiado. El sector financiero sigue centrado en sí mismo e invierte principalmente en otros ámbitos de las finanzas, los seguros y el sector inmobiliario. Las empresas también están excesivamente financiarizadas: gastan más en recompras de acciones y dividendos que en capital humano, maquinaria e investigación y desarrollo. Y la fiebre de las recompras va en aumento, incluso en empresas como Apple, donde la caída de la innovación no es ajena a la falta de reinversión. Muchas empresas hablan con palabras tranquilizadoras de responsabilidad social corporativa, impacto y propósito social, pero muy pocas los sitúan en el centro de sus operaciones.
Fink afirmó que las empresas deberían centrarse, en cambio, en un grupo más amplio de partes interesadas: «accionistas, empleados, clientes y las comunidades en las que operan». Pero esto exigiría estructuras de gobierno corporativo que maximizaran el valor para todas las partes interesadas, no solo para los accionistas; y ni Fink ni otras figuras destacadas del mundo empresarial parecen dispuestos a seguir este camino «escandinavo».
Un cambio real implica situar el propósito en el centro de la manera en que las empresas, los gobiernos y la teoría económica que orienta a los responsables políticos definen el valor. Como sostengo en mi nuevo libro, Adam Smith y Karl Marx situaron las condiciones objetivas de producción —la división del trabajo, la maquinaria y las relaciones entre capital y trabajo— en el centro de su concepción del valor. En cambio, para la economía neoclásica, el valor es simplemente una función del intercambio. Solo tiene valor aquello que tiene precio, y se omite el esfuerzo «colectivo» porque solo importan las decisiones individuales. Incluso los salarios se consideran el resultado de las decisiones de las personas que buscan maximizar su utilidad al elegir entre ocio y trabajo.
Desde la perspectiva neoclásica, los gobiernos, en el mejor de los casos, redistribuyen el valor creado en otros ámbitos. Además, el PIB no contabiliza el valor de servicios públicos esenciales, como la sanidad y la educación. Sí contabiliza, en cambio, sus costes (por ejemplo, los salarios del profesorado), de modo que los funcionarios no pueden afirmar que sean tan «productivos» como los empleados del exdirector ejecutivo de Goldman Sachs, Lloyd Blankfein, quien en 2009 sugirió célebremente que lo eran.
No es de extrañar que los funcionarios públicos, acusados durante mucho tiempo de «desplazar» a las empresas, hayan interiorizado la idea de que no deben hacer más que corregir las fallas del mercado. Sin embargo, las organizaciones públicas que llevaron a un hombre a la Luna e inventaron Internet hicieron mucho más que corregir fallas del mercado. Tenían ambición, un propósito y una misión.
Para tomarnos en serio el propósito, debemos reconocer que el valor se crea de forma colectiva y forjar alianzas más simbióticas entre las instituciones públicas y privadas y la sociedad civil. Para ello, debemos abordar tres preguntas: qué valor crear, cómo evaluar el impacto y cómo repartir las recompensas.
Paul Polman, el director ejecutivo saliente de Unilever, ha intentado acertadamente que las empresas se centren en crear valor conforme a objetivos ambiciosos, en especial los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas. Por supuesto, ni el sector público ni el privado por sí solos pueden cumplir las 169 metas específicas que sustentan los ODS. Pero los gobiernos pueden utilizar estos objetivos para crear iniciativas que requieran inversión e innovación de numerosas organizaciones públicas, privadas y de la sociedad civil. Defendí este enfoque en un informe que se ha convertido en una parte fundamental del programa Horizonte de la Comisión Europea.
Del mismo modo, las empresas que evalúan su impacto social deberían abandonar los objetivos imprecisos y centrarse en medidas concretas para contribuir a resolver problemas. Las instituciones financieras dejarían de evaluar sus préstamos según categorías de empresas o países y pasarían a hacerlo en función de actividades que ayuden a cumplir misiones específicas, como retirar plástico del océano o crear ciudades más sostenibles. Asimismo, los gobiernos deberían reducir las ayudas directas a las empresas y recurrir más a la contratación pública y a los premios para promover innovaciones empresariales destinadas a alcanzar los ODS. En otras palabras, habría que elegir menos a los ganadores y más a quienes están dispuestos a actuar.
Por último, las empresas deben compartir tanto las recompensas como los riesgos de crear valor. Las empresas se han beneficiado enormemente de la inversión pública, no solo en educación, investigación e infraestructura básica, sino también en tecnologías como las que impulsan los teléfonos inteligentes actuales. Por lo tanto, los gobiernos podrían retener una mayor parte de las ganancias para cubrir las pérdidas que conlleva asumir riesgos. Por ejemplo, podrían adquirir participaciones en empresas como Tesla, que recibió un nivel de apoyo similar al de la empresa fallida Solyndra, o generar beneficios no monetarios mediante el establecimiento de condiciones sobre los precios de los productos (como los medicamentos) que reciben una cuantiosa inversión pública, y sobre la gobernanza del conocimiento (para garantizar que no se abuse del sistema de patentes). Asimismo, establecer condiciones para la reinversión de los beneficios empresariales reduciría la acumulación de efectivo y las recompras de acciones. Por citar un ejemplo famoso, cuando se fundó Bell Labs, se presionó a monopolios como AT&T para que reinvirtieran sus beneficios. Ese valor ya se ha perdido.
Un capitalismo con un propósito más claro exige más que cartas, discursos y gestos de buena voluntad. Las empresas, los gobiernos y la sociedad civil deben actuar juntos y con valentía para que sus actos estén a la altura de sus palabras.


