Los líderes deben crear mejores oportunidades para los jóvenes de África o afrontar una generación de arrepentimiento

Ndeye Astou Fall, 22, works at a call centre in Senegal's capital Dakar, June 23, 2006. With some of the best telecommunications on the continent, plenty of cheap labour, strong historic links with France and relative political stability, Senegal is increasingly taking on Morocco and Tunisia in the battle for the French call centre outsourcing market.REUTERS/Finbarr O'Reilly (SENEGAL) - RTR1ES7A
Africa must create 12-14 million new jobs a year. Where will they come from?Image: REUTERS/Finbarr O'Reilly
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Para todos los ciudadanos conscientes preocupados por el estado del mundo, es una muy buena noticia que Alemania, bajo el experimentado liderazgo de la canciller Angela Merkel, vaya a acoger el G20 en julio de 2017. Es especialmente buena noticia que la canciller haya incluido en la agenda una nueva alianza con África.

Esta declaración resume por qué: «La próxima generación de jóvenes de África está tan frustrada que se une a los yihadistas o se sube a embarcaciones».

Estas contundentes palabras las pronunció, bajo las reglas de Chatham House, un alto diplomático africano en una reciente sesión estratégica. Aunque su declaración seguramente fue una exageración —la mayoría de los jóvenes del continente trabaja duro, intenta estudiar, conseguir un empleo, salir adelante y cuidar de sus familias—, sus palabras encierran una verdad que nace de dos factores: la creciente frustración de los jóvenes africanos ante gobiernos que no responden a sus necesidades y la consiguiente falta de oportunidades; y también el flujo de datos sobre el auge demográfico en gran parte del continente.

La población de África habrá aumentado a más del doble para 2050, hasta alcanzar los 2,5 mil millones, y para 2030 habrá 700 millones más de ciudadanos en todo el continente. El continente debe crear de forma sostenida entre 12 y 14 millones más de empleos dignos al año. ¿De dónde saldrán todos esos empleos?

Si la comunidad internacional no establece una alianza eficaz con esta generación de líderes y ciudadanos africanos, la población de los países africanos y de las regiones vecinas lo lamentará profundamente durante generaciones.

En 2017 habrá cuatro ocasiones en que se reunirán los líderes y que podrían consolidar una nueva alianza entre ciudadanos y países:

- El G7 italiano en Sicilia, el G7 más cercano a África hasta la fecha
- La cumbre de la UA sobre la necesidad de invertir en la juventud africana, en Malawi en julio
- El G20 en Alemania, en Hamburgo en julio
- La cumbre UE-UA en noviembre en Côte d’Ivoire

La más importante de estas ocasiones es el G20 de Alemania, por el peso internacional de la canciller Merkel y la masa crítica de países clave que se sientan a esa mesa. Puede ayudar a garantizar que las demás ocasiones sumen algo más que un montón de reuniones. Es evidente que los líderes africanos deben liderar. Pero hoy muchos países atraviesan grandes dificultades ante lo que llamamos los «tres extremos»: pobreza extrema, clima extremo e ideología extrema. Necesitan una alianza más sólida con agrupaciones como el G20, y la necesitan con urgencia.

Ahora debemos colaborar para ofrecer a los jóvenes de África un paquete de empoderamiento que amplíe el acceso a las oportunidades sociales, políticas y económicas que hoy se les niegan a muchos. Debe abarcar el acceso a la educación, la salud, la electricidad, la conectividad, la igualdad de género y la financiación, así como la capacidad de exigir cuentas a los líderes corruptos que no cumplen.

De hecho, todos los jóvenes del mundo necesitan este derecho. Y también quieren tener derecho al trabajo. Para ello, hacen falta políticas mucho mejores que atraigan más inversión privada a África, incluso a los entornos más frágiles del continente, como el noreste de Nigeria, donde se necesita urgentemente un Plan Marshall para el empleo. El aumento de la ayuda también es un componente esencial: países como Alemania deben alcanzar por fin el 0,7 % de la RNB prometido desde hace tiempo para la ayuda, y destinar una mayor parte a los países menos adelantados y frágiles de regiones como África. Alemania ha incluido en la agenda un impuesto sobre las transacciones financieras, un medio para cumplir efectivamente los compromisos de financiación del desarrollo asumidos hace mucho tiempo.

Ahora no es momento de retroceder, sino de avanzar. El progreso en este ámbito no es algo deseable pero prescindible, ni un tema para que las élites mundiales conversen en Davos. Es un imperativo moral, económico y de seguridad nacional para todos.

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