Por qué no tiene nada de malo estar de mal humor en el trabajo

Traders work on the floor of the New York Stock Exchange, November 18, 2008. REUTERS/Shannon Stapleton (UNITED STATES) - RTXAPYI
There is something sinister about the corporate cult of positivity.Image: REUTERS/Shannon Stapleton
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Este año, el día de mi cumpleaños, mis compañeros de trabajo organizaron una sorpresa elaborada. Cuando llegué al trabajo, varias docenas de colegas se habían disfrazado de mí y llevaban mis accesorios característicos: una camisa de franela, una gorra de béisbol y el ceño fruncido.

Esta anécdota deja dos cosas claras. La primera es que tengo colegas realmente considerados y excéntricos. La segunda, que mi habitual mal humor se nota tanto en el trabajo que se ha convertido en un rasgo distintivo de mi personalidad.

Una parte de mí siente un poco de vergüenza por ello. Al fin y al cabo, crecí, como tantos empleados jóvenes, creyendo que la manera de conseguir y conservar un buen trabajo era esforzarse mucho y ser siempre educado. No recuerdo quién expresó por primera vez la idea de que debía procurar ir siempre al trabajo con una sonrisa, pero encaja muy bien con todo un conjunto de normas sociales que se enseñan desde pequeños, sobre todo a las mujeres.

Durante varios años acepté la idea de que la sinceridad emocional era algo que era mejor dejar en casa. Pero, a medida que avanzaba mi carrera y aumentaba mi confianza en mí misma, empecé a darme cuenta de que guardarme lo que sentía de verdad era agotador e innecesario. Por supuesto, no digo que la gente deba ser grosera o desagradable con los demás en el trabajo. Pero sí creo que hay algo siniestro en el culto corporativo a la positividad.

Puede que los empleadores piensen que una sala llena de empleados sonrientes es señal de una oficinaproductiva y exitosa . Pero las investigaciones muestran que obligar a los trabajadores a parecer más agradables y alegres de lo que realmente se sienten puede acarrear toda una serie de consecuencias negativas, desde elagotamiento emocional hasta el retraimiento. Y las mujeres, en particular, sufren por la expectativa de que deben demostrar felicidad constantemente.

En 2017, no hay motivo para sonreír y aguantar. Para empezar, investigadores de la Universidad Técnica de Múnich descubrieron que era menos probable que las mujeres ascendieran a puestos directivos si parecían demasiado alegres. (He aquí otro gran ejemplo de las situaciones sin salida que las mujeres afrontan cada día en el trabajo). Además, las investigaciones también han demostrado que una actitud pesimista puede aumentar la productividad, reducir los errores y mejorar las habilidades comunicativas. En otras palabras: trabajadores malhumorados del mundo, ¡uníos!

La tiranía de la productividad en el trabajo

Si te parece que últimamente tus jefes están excesivamente preocupados por la felicidad tuya y de tus colegas, probablemente tengas razón. Como revela el sociólogo y economista inglés William Davies en su libro La industria de la felicidad, la obsesión moderna por la positividad en el trabajo es un fenómeno relativamente reciente, impulsado por investigaciones que relacionan la productividad de los trabajadores con su felicidad. En este contexto, intentar mejorar la satisfacción de los empleados parece una situación beneficiosa para trabajadores y directivos. Pero Davies explica que las estrategias corporativas para fomentar la felicidad pueden volverse rápidamente en contra de quienes las aplican.

«El argumento a favor de promover la felicidad en el trabajo siempre ha tenido que ver, sobre todo, con la productividad», señala. «Los empleadores buscan distintas maneras de levantar la moral y mejorar el ánimo de los empleados o, si eso no funciona, les indican cómo comportarse de manera alegre. Creo que esto es más pronunciado en Estados Unidos, donde el optimismo y la confianza en uno mismo son casi obligaciones morales. Pero no se limita a EE. UU.»

Según dónde trabajes, las iniciativas para levantar la moral pueden incluir desde ofrecer helado gratis los viernes a los empleados de oficina hasta pedirles a los baristas que finjan estar alegres durante sus turnos de madrugada. Es casi seguro que estos caminos superficiales y manipuladores hacia la felicidad no tendrán un efecto duradero. Pero incluso las iniciativas más sofisticadas y bienintencionadas —como proporcionar tecnología para que los trabajadores puedan trabajar desde casa con facilidad— pueden desdibujar las importantes diferencias entre el trabajo y la vida privada.

«Creo que se puede alcanzar un buen equilibrio si los empleadores muestran auténtica empatía y comprensión ante los problemas ajenos al trabajo que afrontan los empleados y reconocen que tienen una vida fuera del trabajo», dice Davies. «Los empleadores deberían intentar no reducirlo todo a cuestiones de productividad y respetar la separación entre el trabajo y la vida personal».

Las investigaciones también indican que verse obligado a fingir felicidad durante mucho tiempo puede causar problemas de salud física y emocional, desde depresión hasta afecciones cardiovasculares. Susan David, autora de Agilidad emocional y psicóloga de la Facultad de Medicina de Harvard, ha hablado extensamente sobre los peligros de limitarse a poner buena cara cada mañana. Luchar contra las emociones negativas o reprimirlas no nos hará más felices, afirma. «Con el tiempo, quienes se centran en ser felices terminan siendo menos felices», dijo David recientemente. «Para que quede claro, no estoy en contra de la felicidad. Más bien, nuestra felicidad no llega como una meta, sino como resultado de ser sinceros con nosotros mismos».

Mientras tanto, Dieter Zapf, director del departamento de psicología del trabajo y las organizaciones de la Universidad de Fráncfort del Meno, ha realizado miles de entrevistas a trabajadores de atención al cliente obligados a ocultar sus verdaderas emociones a los clientes. Descubrió que fingir las emociones continuamente puede provocar frustración, agotamiento e incluso depresión.

«A este tipo de emoción fingida la llamamos “disonancia emocional”», señaló Zapf en The BMJ, una revista médica internacional. «Descubrimos que, al medir el estrés, el tiempo que se pasaba realmente con los clientes era irrelevante en comparación con el tiempo durante el cual los trabajadores tenían que mostrar disonancia emocional».

Del mismo modo, un estudio publicado en 2011 en la revista Academy of Management Journal concluyó que fingir una sonrisa en el trabajo puede empeorar el estado de ánimo y hacer que uno se distancie de su trabajo. El estudio también señaló que las mujeres que intentaban reprimir su negatividad se sentían aún peor que los hombres. Según The New York Times, los autores del estudio supusieron que esto se debía a las normas culturales, pues «se socializa a las mujeres para que sean más expresivas emocionalmente… ocultar las emociones puede generar más tensión».

Fruncir el ceño por la vida y sentirse bien

Por otro lado, hay muchos motivos para aceptar el mal humor por sí mismo. De hecho, las investigaciones sugieren que, aunque la positividad puede hacernos más productivos, la irritación y el cinismo también tienen muchos beneficios.

Para empezar, sentirse un poco decaído parece ayudar a algunas personas a pensar con más atención y fijarse más en los detalles. Joseph Forgas es profesor de psicología en la Universidad de Nueva Gales del Sur y experto en cómo las emociones pueden influir en nuestra cognición. Sus investigaciones sugieren que las habilidades comunicativas y de pensamiento crítico pueden mejorar cuando disminuye nuestro nivel de felicidad. (Una nota personal: como editora y escritora, estas habilidades son muy importantes en mi trabajo cotidiano. Otro punto a favor de los periodistas malhumorados).

Forgas afirma que la relación entre la irritación y la atención tiene raíces evolutivas.

«El estado de ánimo negativo funciona como una señal de alarma leve que nos informa de que nos enfrentamos a una situación nueva, desconocida y potencialmente problemática; por eso, de forma subconsciente, adoptamos un estilo de pensamiento más atento y concentrado», afirma. En otras palabras, los estados de ánimo ligeramente negativos pueden hacernos más observadores y llevarnos a prestar más atención a los detalles.

Forgas señala que su definición de «estado de ánimo ligeramente negativo» debe entenderse como el tipo de «variaciones normales y cotidianas del estado de ánimo que todos experimentamos varias veces al día: pequeños cambios en el tono afectivo como respuesta a lo que ocurre a nuestro alrededor». Estos cambios de ánimo pueden deberse a muchas cosas cotidianas; Forgas mencionó el tiempo como ejemplo. En el trabajo, mi mal humor suele ser una respuesta a factores estresantes como los plazos de entrega, pero he observado que incluso una incursión poco prudente en el lodazal de Twitter puede provocar un sutil cambio emocional.

Las investigaciones de Forgas concuerdan con experimentos realizados por dos psicólogos de la Universidad de California en Santa Bárbara en 2007. Ese estudio concluyó que la ira favorecía el procesamiento analítico y que las personas enfadadas tenían más probabilidades de distinguir entre argumentos débiles y sólidos que las personas con un estado de ánimo neutro. Los autores del estudio sugirieron que esto se debía a que la irritación favorecía una forma eficaz y analítica de procesar la información.

Igual de intrigante es el posible efecto del mal humor en la creatividad. De nuevo, hay muchas investigaciones que relacionan el optimismo con la creatividad. Pero los investigadores también están descubriendo que la ira puede llevar a las personas a pensar de maneras poco convencionales. Al menos, esa es la teoría que plantea Matthijs Baas, profesor adjunto del departamento de Psicología del Trabajo y las Organizaciones de la Universidad de Ámsterdam.

En 2009, Baas realizó un estudio en el que provocó el enfado de un grupo de estudiantes voluntarios y luego puso a prueba su creatividad mediante un juego especial. El equipo enfadado produjo más ideas y, lo que es más importante, sus ideas también eran más originales.

«La ira aumenta la creatividad (aunque quizá solo en pequeñas dosis)», explica Baas. «Esto se debe a que la ira estimula y da energía».

Sin embargo, Baas también señala que el impulso creativo que proporciona la ira no necesariamente se mantiene. «La experiencia de la ira es bastante agotadora. Así que, aunque al principio las personas enfadadas generan más ideas creativas, su rendimiento acaba estabilizándose».

Sonreír para que los demás se sientan mejor

Para mí, la última pieza del rompecabezas del mal humor siempre ha tenido que ver con el género. Vemos a muchos hombres malhumorados en puestos de autoridad:pienso en Jeff Bezos. Pero las mujeres que llegan a puestos de alto nivel deben andar con pies de plomo. Que las consideren mandonas o desagradables puede provocar una caída rápida: ahí está Jill Abramson, exdirectora ejecutiva de The New York Times, quien hace poco le dijo a Lena Dunham que a veces la gente la encuentra intimidante porque es… directa. Pocas empleadas pueden permitirse el privilegio de mostrar abiertamente su ambición o de no atenerse a las convenciones de cortesía.

Melissa Sloan, profesora de sociología de la Universidad del Sur de Florida, ha realizado varios estudios sobre las maneras en que las mujeres sienten que se ven obligadas a regular las emociones que expresan. Las investigaciones de Sloan muestran que las mujeres que reprimen lo que sienten de verdad suelen acabar sintiéndose mucho menos felices; esto es aún más probable cuando esas empleadas trabajan en el sector de los servicios interactivos o son mujeres racializadas.

La idea de que las mujeres (y a veces los hombres) deben dedicar energía a regular sus emociones para hacer que quienes las rodean se sientan de cierta manera se conoce como trabajo emocional. Según Ashley Mears, profesora asociada de sociología en la Universidad de Boston, que estudia las intersecciones entre cultura y mercados, el término trabajo emocional fue acuñado originalmente por la socióloga Arlie Hoschild, tras estudiar en la década de 1970 la formación en gestión emocional que se exigía a las auxiliares de vuelo. El concepto analiza cómo las empresas pueden aprovechar las emociones de las mujeres y su supuesta disposición a cuidar de los demás para obtener beneficios.

Mears señala que, aunque al principio se estudió el trabajo emocional en relación con las mujeres del sector de los servicios, se aplica en distintos grados a las mujeres de todas las profesiones. La diferencia es que en las profesiones de oficina suele haber menos instrucciones que los empleados deban seguir al pie de la letra. En cambio, dice Mears, «es un trabajo emocional autodirigido. También podría llamarse el doble trabajo de ser mujer: la feminidad convierte un trabajo en dos».

La resistencia de la cascarrabias

Todos los trabajadores, y las mujeres en particular, se benefician cuando su bienestar emocional no está dictado por los jefes corporativos ni se manipula para beneficio de la empresa. Pero también entiendo que, cuando se trata de sinceridad emocional en el trabajo, soy una de las afortunadas.

Al igual que Melissa Sloan, Mears no tarda en señalar que la carga del trabajo emocional suele recaer con más fuerza sobre la clase trabajadora: «A las mujeres profesionales probablemente les resulte mucho más fácil mostrarse malhumoradas que a las mujeres que trabajan en el sector de los servicios; parte de eso se debe al privilegio de clase que supone ejercer una profesión».

Aun así, si no puedo derrotar al patriarcado de frente, bien puedo dar un paso al frente y asumir mi personalidad de cascarrabias. Porque, por mucho que hayan insinuado mis antiguos jefes, obligarme a mantener las comisuras de los labios hacia arriba durante largos periodos nunca me ha hecho mejor ni más rápida en mi trabajo.

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