En Ocean's 8, cuando le preguntan a Debbie Ocean por qué sintió la necesidad de organizar un robo de joyas valorado en varios millones de dólares, responde: «Porque es algo que se me da bien».
En el entorno laboral, disfrutar de verdad al ser hábil en algo y utilizar esas habilidades y capacidades para tener éxito es una experiencia muy gratificante. Eso era lo que buscaba Debbie, junto con las joyas.
Por otro lado, arriesgarse a fracasar al realizar tareas desconocidas o asumir encargos nuevos y difíciles puede ser aterrador, aunque, si tenemos éxito, al final resulte gratificante.
Ambas experiencias están relacionadas con las «creencias de autoeficacia»: las percepciones de los trabajadores sobre su competencia o capacidad. Nuestra investigación revela interesantes diferencias de género en cuanto a si las personas prefieren sentirse plenamente capaces o, por el contrario, afrontar retos que pongan a prueba sus habilidades.
Fenómeno del impostor
Las creencias de autoeficacia altas («Puedo hacerlo») predicen tanto el disfrute como el éxito en el trabajo. Las creencias de autoeficacia bajas (sentirse incompetente) caracterizan lo que se conoce como el fenómeno del impostor.
El fenómeno del impostor se caracteriza por sentimientos de insuficiencia o de ser un fraude. Implica dudar de uno mismo y suele estar asociado a cierto grado de ansiedad. La expresión fue acuñada por la psicoterapeuta feminista la doctora Pauline Clance, quien lo describió como una «experiencia interna de falsedad intelectual» y como «sentirse un fraude».
Además de ser muy desagradable, es extraordinariamente común, tanto según los testimonios personales como en los resultados de las investigaciones. Las mujeres de alto rendimiento (aunque muchos menos hombres) suelen contar, al mirar atrás, que sentían ansiedad y esperaban que los demás se dieran cuenta de que las habían contratado «por accidente» para ocupar puestos directivos.
Incluso la directora de operaciones de Facebook, Sheryl Sandberg, admite en su libro de 2013, Vayamos adelante, que de joven se sentía una impostora. Cuenta:
Estaba segura de que iba a hacer el ridículo… Y cada vez que no lo hacía —o incluso destacaba—, creía que había vuelto a engañar a todo el mundo y que algún día se descubriría el pastel.
Un trabajo difícil, bien hecho
En relación con estos dos conceptos —la alta autoeficacia que impulsa a Debbie Ocean y el fenómeno del impostor que experimentó la joven Sheryl Sandberg—, nuestra reciente investigación sobre un grupo específico de trabajadores que dicen «amar» sus empleos ha revelado una intrigante diferencia de género en la forma en que los describen. Casi todas las personas que dijeron amar los trabajos que les hacían sentirse competentes eran mujeres. Quienes disfrutaban de un trabajo que las desafiaba y ponía a prueba sus capacidades eran principalmente hombres.
Es importante señalar que las mujeres del estudio no describían trabajos «fáciles» ni ocupaban puestos libres de estrés. Entre ellas había trabajadoras de ayuda internacional, abogadas, médicas, académicas y altas funcionarias. No es que sus trabajos no plantearan retos, sino que, concretamente, no disfrutaban del desafío en sí.
En cambio, sentían satisfacción y disfrute intrínsecos al hacer bien un trabajo difícil. En otras palabras, amaban su trabajo y lo disfrutaban porque tenían la destreza, la capacidad y las aptitudes necesarias para hacerlo, y las aprovechaban al máximo.
Muchas mujeres escribieron sobre la satisfacción que sentían al saber que sus habilidades encajaban bien con el puesto y les permitían hacer una contribución significativa. Dijeron cosas como:
[Este trabajo demuestra mi]… capacidad para argumentar y utilizar mis conocimientos jurídicos y mis habilidades de investigación.
Un paciente llegó con una lesión que se había diagnosticado erróneamente. Tras evaluarlo, lo derivé a un especialista para que recibiera atención y se le hicieran más radiografías; entonces se estableció el diagnóstico correcto, lo que dio lugar a una evolución funcional mucho mejor para el paciente.
Las facturas comerciales y las facturas proforma deben coincidir exactamente con las cartas de crédito. Nunca me devolvió el banco una factura porque no coincidiera con los pedidos. Eso me demostró que conocía muy bien mi trabajo.
Abarcar más de lo que uno puede manejar
En cambio, al describir su «trabajo más querido», los hombres encuestados solían hablar del placer de ponerse a prueba o de superar retos que parecían insuperables. Por ejemplo:
Como [pequeña empresa de Nueva Zelanda], trabajamos en equipo para conseguir un gran contrato con una de las mayores empresas del mundo, con sede en Estados Unidos. Competíamos contra grandes empresas muy sofisticadas y, aun así, conseguimos el trabajo: ¡como David contra Goliat!
Nos enfrentamos a retos que nadie ha resuelto antes. Nos piden trabajar en cosas en las que nadie ha trabajado antes.
Preparar a un atleta para competir en un torneo en el que no creía que podría participar debido a una lesión; la satisfacción de superar las adversidades y estar entre bastidores en un momento importante de la historia del deporte.
Las organizaciones suelen estar muy dispuestas a elogiar a quienes asumen riesgos con audacia y toman la iniciativa, dispuestos a exigirse al máximo y a llevar a su equipo hasta (y quizá más allá de) los límites de sus capacidades. En la literatura profesional y en internet abundan consejos como «abarca más de lo que puedes manejar y luego esfuérzate al máximo».
Aunque no cabe duda de que estos trabajadores demasiado confiados pueden beneficiar a las organizaciones, sobre todo a las pequeñas y emprendedoras, tan habituales en Australasia, quizá deberíamos prestar más atención y reconocimiento a quienes hacen un trabajo excelente dentro de sus capacidades.
Deberíamos reconocer con la misma rapidez que un trabajador cualificado que conoce bien sus capacidades y competencias y asume tareas en las que sabe que puede destacar es igual de valioso, o más, que alguien que se expone a la ruina por estar dispuesto a «intentarlo», quizá negándose a admitir que la tarea le queda grande.
Son esas personas intrépidas y aventureras, pero potencialmente imprudentes, quienes pueden poner en riesgo no solo su propia carrera, sino también la seguridad y el bienestar de su equipo o de la organización para la que trabajan, en su empeño por encontrar oportunidades que pongan a prueba sus capacidades.


