Se están llevando a cabo proyectos piloto de la semana laboral de cuatro días en varios países.
Se afirma que esta semana laboral más corta aumentará la productividad de los trabajadores, mejorará el equilibrio entre la vida laboral y personal y los niveles de felicidad, y reducirá el desempleo.
Pero este profesor de Economía sostiene que hay 5 razones principales por las que el concepto necesita más investigación antes de estar listo para implantarse en todo el mundo.
También afirma que hay otras formas de mejorar las condiciones laborales que podrían ser más eficaces, como la jubilación flexible y más días oficiales de vacaciones y festivos.
La semana laboral de cuatro días sigue ganando impulso, con proyectos piloto en el Reino Unido, Irlanda, Estados Unidos y Canadá y Australia. Durante períodos de seis meses entre febrero y noviembre, los empleados de las empresas participantes trabajan solo el 80 % del tiempo, pero siguen recibiendo el 100 % de su salario y prestaciones.
Se supone que estos programas, impulsados por la coalición sin fines de lucro 4 Day Week Global, “beneficiarán a todos” al aumentar la productividad de los trabajadores, mejorar el equilibrio entre la vida laboral y personal y los niveles de felicidad, y reducir el desempleo.
Pero ¿es demasiado bueno para ser verdad? Aunque muchas empresas quizá consideren que es una fórmula mejor que una semana laboral de cinco días, hay varias razones por las que el concepto necesita más investigación y debate antes de hablar seriamente de implantarlo.
1. El problema de la productividad
Es poco probable que una semana de cuatro días mejore la productividad, salvo que ya sea baja. Países como Irlanda y el Reino Unido ya registran una productividad laboral muy alta, medida como PIB por hora trabajada.
De hecho, la productividad de Irlanda está entre las más altas del mundo: alcanzó la extraordinaria cifra de 125 dólares estadounidenses (103 libras esterlinas) por hora en 2019 (aunque, hay que reconocerlo, algo distorsionada por la presencia de más de 1.500 multinacionales). Y aunque se ha debatido mucho sobre las dificultades de la productividad del Reino Unido para mantener el ritmo de otras grandes economías, en términos generales sigue siendo muy alta, con 54 dólares estadounidenses por hora. Las cifras equivalentes de China y la India son, respectivamente, 11 y 8 dólares estadounidenses.
Para mantener siquiera estos niveles de productividad trabajando cuatro días a la semana, los empleados tendrían que aumentar significativamente la producción por hora. Esto se debe simplemente a que el PIB total caerá si todo el mundo trabaja un 20 % menos. En 1988, Japón redujo la semana laboral de 46 a 30 horas. La productividad no aumentó lo suficiente para compensarlo, y la producción económica entre 1988 y 1996 fue un 20 % inferior a la que habría alcanzado de otro modo.
Países como Irlanda o el Reino Unido podrían necesitar prácticas laborales draconianas para extraer suficiente productividad de una semana de cuatro días, entre ellas exigir a los empleados que trabajen más horas al día que antes. Esto aumentaría las probabilidades de estrés excesivo, accidentes laborales y demás.
2. La verdad sobre la felicidad
Las afirmaciones de que todos seríamos más felices trabajando cuatro días pasan por alto la teoría de la adaptación hedónica, que sostiene que la felicidad adicional permanente es una ilusión. Es posible que las personas se sientan más felices durante, por ejemplo, un período de seis meses. Pero, al cabo de más tiempo, cabe sostener que volverían a su nivel anterior de felicidad. En 2000, Francia redujo la semana laboral de 39 a 35 horas en las grandes empresas. Una evaluación concluyó posteriormente que la medida no había logrado mejorar la felicidad de los trabajadores.
La adaptación hedónica explica por qué muchos jubilados vuelven al trabajo o por qué los ganadores de la lotería siguen en sus puestos. También explica por qué, en el caso de Francia, muchos trabajadores consiguieron un segundo empleo o se trasladaron a empresas más pequeñas. También es la razón por la que, como mínimo, tendríamos que probar la semana laboral de cuatro días durante períodos más largos que seis meses.
Además, hay pocas pruebas de que existan crisis de conciliación entre la vida laboral y personal o de insatisfacción laboral en Irlanda o el Reino Unido. Según una encuesta de Eurostat de 2018, el 38 % de los irlandeses calificó como “alta” su satisfacción laboral, la sexta cifra más alta de la UE, después de Noruega, Dinamarca, Islandia, Austria y Suiza. La satisfacción laboral en el Reino Unido fue del 29 %, todavía por encima de la media. Y según el censo del Reino Unido de 2021: “En general, los niveles de bienestar personal han aumentado en el Reino Unido”.
3. Algunas personas saldrán perjudicadas
Una semana laboral de cuatro días podría agravar las desigualdades en el trabajo. Irlanda y el Reino Unido ya padecen mercados laborales “vacíos en el medio” y polarizados, es decir, la proporción de empleos de nivel medio respecto de los de nivel bajo ha ido disminuyendo durante décadas.
La semana de cuatro días daría lugar a una variante de este problema. Quienes ya trabajan cuatro días a la semana —con un salario por cuatro días— se encontrarían haciendo el mismo trabajo por un sueldo menor que quienes acabaran de reducir sus días laborales.
Además, los trabajadores de más edad podrían verse perjudicados por la necesidad de hacer más en menos tiempo. Esto es lo que ocurrió en Estados Unidos cuando la semana laboral media se redujo durante la Gran Depresión, de unas 48 a 41 horas. Esto debería preocupar a Irlanda y el Reino Unido debido a sus poblaciones envejecidas.
4. Prejuicios contra el trabajo a tiempo parcial
Existe una fuerte relación entre la reducción de las horas de trabajo y el aumento del empleo a tiempo parcial. Esto se debe a que las empresas cuyos trabajadores a tiempo completo reducen sus horas tienen que contratar personal a tiempo parcial para garantizar que la producción no disminuya, especialmente en el sector servicios.
Sin embargo, los empleos a tiempo parcial están asociados a “salarios bajos y contratos temporales”. Por lo tanto, un aumento del empleo a tiempo parcial provocaría una reducción de los ingresos en general.
También aumentaría la inseguridad laboral y podría reducir la productividad. Aunque las pruebas sobre la productividad son bastante limitadas en este caso, es poco probable que aumente, dado que las empresas invierten menos en sus trabajadores a tiempo parcial. Esto se debe, en parte, a que estos trabajadores elevan los costes de gestión y transacción de las empresas.
5. ¿Un remedio para el desempleo?
Uno de los supuestos beneficios de acortar la semana laboral es la reducción del desempleo. Por eso se redujeron las semanas laborales en Estados Unidos en la década de 1930, algo razonable si se tiene en cuenta que el desempleo alcanzó el 25 % en 1933.
En la actualidad, el desempleo en el Reino Unido es del 3,7 %, el nivel más bajo en más de 20 años. En Irlanda es del 4,7 %, mientras que el desempleo de larga duración es insignificante, del 1,2 %. Como dijo recientemente el Irish Times: “Hay muchísimos puestos vacantes en Irlanda, pero ¿dónde están los trabajadores?”.
Cuando los mercados laborales están tan ajustados, sería extraño reducir la oferta de mano de obra recortando las horas de trabajo de todos (a menos, claro está, que los trabajadores lograran ser tan productivos como en cinco días). Tal reducción agravaría la escasez de mano de obra. También presionaría las finanzas públicas: por ejemplo, los servicios sanitarios necesitarían más personal, lo que elevaría la masa salarial.
Una semana de cuatro días también aumentaría la demanda de servicios de ocio. Imagínese que quisiera aprovechar ese tiempo extra para viajar y pasar un fin de semana largo fuera, pero acabara en largas colas en los aeropuertos de Heathrow o Dublín. Ah, un momento: esto ya está ocurriendo.
Alternativas
Hay otras formas menos arriesgadas y potencialmente más eficaces de mejorar las condiciones laborales. Entre ellas figuran los programas de jubilación flexible y más días oficiales de vacaciones y festivos. O, si los gobiernos ofrecieran un mayor apoyo a los emprendedores innovadores, podrían impulsar a la vez el crecimiento de la productividad, la satisfacción laboral y la descarbonización.




