La COVID deja al descubierto tensiones existentes en torno al valor de la educación universitaria.
La COVID significa que las universidades podrían reducirse o implosionar.
Las universidades son pilares de la sociedad y deben preservarse.
Los informes sobre importantes caídas de la financiación de la investigación y los abruptos descensos de las matrículas de estudiantes internacionales están causando estragos en el sector de la educación superior. La mayoría de las universidades se centran en el mínimo salvavidas: mantener intacta la matrícula por encima de todo, ya que su modelo de negocio está amenazado.
La pandemia de COVID ha acrecentado las dudas sobre el valor de un título de educación superior. Una de las principales razones por las que los estudiantes se matriculan en las universidades es acceder a la «experiencia universitaria» completa, que es, ante todo, social.
Existe un consenso general en que la enseñanza intensiva en línea dista mucho de ser satisfactoria y solo puede llegar hasta cierto punto antes de superar lo que permite la capacidad de atención. Los estudiantes anhelan disfrutar de la compañía de los demás en la universidad y, en muchos sentidos, las reuniones sociales, las hermandades femeninas y masculinas y los clubes constituyen el núcleo de la experiencia universitaria.
La vida universitaria sin estos elementos de vínculo social acabará alejando a los jóvenes de la perspectiva extremadamente costosa de una experiencia que ya está causando graves problemas de deuda estudiantil en Estados Unidos y otros países. ¿Por qué pagar cantidades exorbitantes de dinero por estudiar en línea? La pandemia ha creado una amenaza real y grave para los títulos universitarios, que son costosos y tienen un valor cada vez más cuestionable, y ahora resultan aún menos atractivos debido a las restricciones sociales en la vida estudiantil.
El colapso económico de estas estructuras educativas masificadas provocará una menor oferta educativa mundial y, por tanto, un elitismo más intenso y mayores brechas entre quienes pueden permitirse esa educación y quienes no. Siempre habrá un mercado económico para las universidades de primer nivel, aunque lo que ofrezcan ya no sea una experiencia social y cultural completa, sino un enfoque mucho más limitado y pragmático, con clases en línea y escasas interacciones humanas cara a cara.
Sin embargo, las universidades de segundo y tercer nivel se enfrentan al riesgo de implosionar: los estudiantes de la Generación Z —de quienes ya antes de la pandemia se preveía que ganarían menos que sus padres de la Generación X— ahora afrontan menos oportunidades de empleo, menos capital para invertir en la universidad y posiblemente un menor rendimiento de esa inversión. ¿Para qué ir a la universidad? ¿No sería mejor intentar crear una empresa emergente justo después de terminar la escuela?
¿Iba a ocurrir todo esto de todos modos?
En la década de 1950, cuando las universidades comenzaron a expandirse por todo el mundo como efecto dominó, las perspectivas de una trayectoria educativa sólida que condujera a una titulación con la que conseguir empleo eran prometedoras; esto dio lugar a la masificación del sector de la educación superior.
El crecimiento económico posterior, desde la década de 1950 hasta la de 2000, se tradujo en un aumento del número de estudiantes universitarios y en una infraestructura de educación superior más desarrollada. En la actualidad, hay unas 26.000 universidades repartidas por todo el mundo, múltiples sistemas de clasificación y numerosos subsectores vinculados a la educación superior.
Desde otra perspectiva, las universidades han crecido hasta alcanzar un tamaño peligrosamente grande y, por consiguiente, son financieramente frágiles.
¿Acaso hay demasiadas personas con titulación universitaria?
Desde la aprobación, tras la Segunda Guerra Mundial, de la Ley GI que proporciona asistencia educativa a los miembros de las fuerzas armadas, las universidades se han masificado hasta el punto de que el valor de un título ya está siendo seriamente cuestionado.
No solo se disparó el número de doctorados y másteres en las últimas dos décadas; también aumentó drásticamente el número de calificaciones de primera clase («firsts»). Esta disminución de la «escasez» de títulos universitarios (pues el principio de escasez impulsa el valor) ha llevado a algunos a pensar que hay simplemente demasiados titulados universitarios por ahí.
También persiste un debate paralelo sobre el valor intrínseco de un título universitario y hasta qué punto prepara a los graduados para la vida profesional.
Numerosos sectores anuncian que no exigen títulos universitarios a quienes solicitan empleo, porque buscan competencias que se apartan del conocimiento académico, a saber, una actitud emprendedora y una mentalidad orientada al crecimiento.
Y aquí surge la paradoja: el objetivo humanista establecido en el Objetivo de Desarrollo Sostenible 4 (ODS 4) —alcanzar el nivel educativo más alto posible para el mayor número de personas— podría acabar devaluando la educación, en lugar de acelerar las oportunidades, como se pretendía.
Por qué debemos luchar para que las universidades sigan prosperando por el bien de la sociedad
En conjunto, todo esto ha creado un peligro que va más allá de los muros de las propias universidades; estas instituciones también son sumamente importantes para la sociedad, no solo porque los graduados universitarios siguen ganando más que quienes no tienen un título universitario y, por tanto, deberían ir a la universidad, sino porque la universidad es un lugar donde el pensamiento se afina y los enfoques se vuelven mucho más críticos, maduros y sofisticados.
La universidad está arraigada en los cimientos de la producción intelectual, la libertad intelectual e incluso la resistencia al pensamiento dictatorial, razón precisa por la que las dictaduras buscan controlar y reprimir estas poderosas instituciones.
Si nos importa un futuro de pensamiento libre y de producción intelectual que impida un gobierno autoritario y carente de reflexión, debemos mantener vivas las universidades.
Conrad Hughes
A lo largo de la historia moderna, el activismo estudiantil ha sido un importante motor del cambio social: las revoluciones, desde Argentina hasta la República Checa, han sido impulsadas por estudiantes. A Martin Lutero, allá por el siglo XV, le habría costado sacar adelante la Reforma sin el activismo de los estudiantes de Wittenberg.
En las universidades confluyen con fuerza la energía juvenil, el idealismo y el avance intelectual: los cimientos del progreso social.
Los estudios muestran que los estudiantes universitarios tienen más probabilidades de incorporarse a asociaciones cívicas y organizaciones sociales,lo que contribuye a un sano espíritu comunitario en los ámbitos local, estatal y nacional. El propio tejido de la identidad colectiva está formado por grupos y clubes organizados e interconectados.
En este momento, la COVID-19 amenaza la cohesión de las relaciones humanas: los confinamientos están creando un mundo fragmentado de personas aisladas, con menos oportunidades que nunca de reunirse. Las consecuencias podrían ser dramáticas y agravar el tipo de sociedad atomizada contra el que advirtió el gran sociólogo francés Émile Durkheim.
Si nos importa un futuro de pensamiento libre y de producción intelectual que impida un gobierno autoritario y carente de reflexión, debemos mantener vivas las universidades.
Del mismo modo, si queremos que la sociedad civil siga unida por valores comunes y experiencias compartidas, debemos defender la institución universitaria. Y debemos hacerlo a toda costa: mediante la inversión personal, las subvenciones estatales y el patrocinio privado.
Si dejamos que la COVID-19 destruya las universidades, probablemente perderemos mucho más de lo que podríamos haber imaginado.

