Una docente que conozco dejó hace poco la profesión después de siete años dando clases. Era una magnífica profesora de ciencias que llevó el aprendizaje basado en proyectos a una escuela de una zona muy empobrecida del sur del Bronx. Sus alumnos la adoraban, su director confiaba en ella y se notaba el cariño que sentía por sus estudiantes. ¿Por qué dejaría algo que claramente era su vocación?
Le hice precisamente esa pregunta. «La mitad del tiempo me abruman la culpa y la tristeza por los alumnos a quienes no puedo ayudar», dijo. «La otra mitad estoy completamente agotada intentando terminar la aplastante carga de trabajo y el papeleo interminable. No puedo seguir así… al final no quedará nada de mí».
Su problema no es excepcional: un reciente estudio publicado en Academy of Management Journal concluyó que las personas que siguen carreras que consideran su vocación presentan tasas especialmente altas de agotamiento. El estudio se centró en trabajadores de refugios de animales donde se los sacrifica. Pero, como psicóloga que ha trabajado estrechamente con escuelas públicas durante más de una década, también reconocí a muchos docentes en esa descripción.
Según estos investigadores, las personas que sienten que su carrera es su vocación sienten pasión por el trabajo, tienen un sentido de obligación o deber moral de realizarlo y necesitan generar un cambio social positivo. Esta actitud las convierte en empleados sumamente valiosos, pero su pasión por el trabajo también hace que sea fácil aprovecharse de ellos. Los investigadores describen a personas que van «mucho más allá de lo que exige el deber», trabajan horas sin remuneración y asumen las tareas más difíciles. Este tipo de entrega implica gastar una gran cantidad de energía emocional. No sorprende que los empleados más apasionados sean a menudo quienes terminan exhaustos.
El agotamiento es un problema importante en todo tipo de profesiones esenciales, desde médicos y enfermeros hasta trabajadores sociales y abogados. Sin embargo, es especialmente frecuente entre los docentes del sistema de escuelas públicas de Estados Unidos. Entre el 40 % y el 50 % de los docentes nuevos dejarán la profesión docente antes de cumplir cinco años de servicio. Quienes dejan la profesión señalan muchos motivos; los salarios bajos, aunque son una queja habitual, desde luego no lo explican todo. Las jornadas largas, la falta de autonomía, las clases numerosas, no tener tiempo para ir al baño y la creciente presión por rendir cuentas pese a la falta de recursos crean un entorno especialmente tóxico para los docentes que sienten la vocación de hacer «lo que sea necesario» para ayudar a sus alumnos a aprender.
La mayoría de los docentes suele hacer mucho más de lo que se espera por sus alumnos, pero recibe una remuneración muy inferior a la que merece por sus esfuerzos. Un reciente estudio mostró que los docentes trabajan más horas extra sin remuneración que cualquier otra profesión: el 61 % trabaja hasta 13 horas adicionales cada semana. Si a esto se suma que los docentes de Estados Unidos pasan un 30 % más de horas en el aula que sus colegas de otros países, no es de extrañar que tantos terminen dejando la profesión por instinto de conservación.
La elevada tasa de abandono, junto con una drástica disminución del número de personas que se matriculan en programas de formación docente, ha provocado una inminente escasez de docentes. Por eso, es fundamental encontrar una manera de ayudar a los docentes comprometidos a evitar el agotamiento y a sentirse cómodos permaneciendo en la profesión. Estas son algunas ideas que pueden ayudar a los docentes entregados —y a otras personas que sienten vocación por su profesión— a conservar la energía para seguir haciendo un trabajo que les importa.
Busca a alguien que te ayude a procesar la diferencia entre el idealismo y la realidad
Para convertirse en terapeuta, los profesionales en formación deben participar en supervisión clínica: un proceso que empareja a un terapeuta en formación con otro en ejercicio para resolver problemas, detectar puntos ciegos y recibir consejos. Se espera que, cuando un terapeuta nuevo se enfrente a las profundidades del sufrimiento humano, tenga una reacción emocional y pueda examinar sus propios sentimientos en un entorno de apoyo, con la ayuda de otro profesional.
Lo mismo ocurre con los docentes. No podemos esperar que los docentes conozcan y quieran a niños que viven en una pobreza extrema o en una gran agitación emocional y que simplemente «se las arreglen» indefinidamente. Poner a los docentes en contacto con mentores que puedan escucharlos y aconsejarlos, de preferencia con un acuerdo de confidencialidad que les permita hablar con libertad, ayudaría a estos docentes tan comprometidos a aliviar parte de ese desgaste emocional antes de que el agotamiento se afiance. Si no existe un programa así, los docentes deberían ponerse en contacto con un docente experimentado a quien admiren en su escuela o distrito y entablar esa relación por iniciativa propia.
Establece límites y no los traspases
A los docentes que empiezan a ceder bajo el peso de su carga de trabajo se les suele aconsejar que «establezcan límites». Cuando los educadores oyen este consejo por primera vez, no es raro que respondan con indignación: «¡A ver si tú pones límites cuando todo el futuro de un niño depende de terminar los documentos de su IEP antes de que su madre vuelva a cambiar de opinión!». Te entiendo. Y aun así, hay que establecer límites.
Justin Ashley, un educador experimentado que fue la primera persona en recibir el premio al Docente del Año de Estudios Sociales de Carolina del Norte y el de Docente del Año de Historia del estado en el mismo año, dice: «Si queremos ayudar a los estudiantes durante unas décadas y no solo unos años, debemos pensar a largo plazo. Nada de sabotearnos: hay que conservarse»
Una estrategia que utilizan los docentes exitosos es salir del edificio a la misma hora todos los días. ¡Sin excusas! Si hace falta, llega temprano, pero vete siempre a la hora prevista. Así tendrás libertad para hacer otros planes, ver a tus amigos y contar con tiempo para desconectar.
Otra estrategia consiste en apagar el correo electrónico y no trabajar durante el fin de semana, pase lo que pase. Cuando empieces a notar los primeros signos de agotamiento, lo peor que puedes hacer es seguir adelante a la fuerza. En cambio, reduce el ritmo y busca maneras de desconectar por completo, aunque sea solo durante el fin de semana.
Lleva una vida plena y vibrante fuera del trabajo
Ashley, que está en su noveno año como docente, sufrió agotamiento en la cima de su éxito y acabó ingresado en un hospital para recibir tratamiento. Sostiene que tener aficiones y una vida plena después del trabajo es fundamental para superar el agotamiento docente. «Me agoté después de unos años enseñando. Pero cuando empecé a cuidarme mejor, a hacer ejercicio y a pasar más tiempo con mi familia, fue cuando volvió a encenderse mi pasión por la enseñanza. Las ideas creativas para las clases volvieron a fluir y las relaciones con los alumnos empezaron a fortalecerse. Si llevas una vida aventurera y equilibrada fuera de la escuela, esa energía positiva también llega al aula».
En cuanto al resto…
Los docentes deben tomar las riendas de su propio agotamiento. Pero la sociedad también puede hacer mucho más para mostrar a los educadores —y a quienes ejercen otras profesiones con alto riesgo de agotamiento— que comprendemos el valor de su trabajo.
Solo el 34 % de los docentes estadounidenses cree que la enseñanza es una profesión respetada, según el estudio internacional de la OCDE TALIS, que encuestó a un total de cinco millones de docentes en 34 países. Y aunque la enseñanza es una profesión que exige programas de formación rigurosos y un examen de habilitación, las estructuras del sistema educativo estadounidense trabajan activamente para restar poder a los docentes. La editorial educativa Pearson, los profesionales de los distritos sin experiencia en las aulas y los consultores externos suelen tener más influencia que los propios docentes en la elaboración de las políticas de aula.
Este es uno de los problemas más importantes de justicia social y económicos de nuestro tiempo. Mientras los docentes no se sientan valorados y respaldados en el ejercicio de su vocación, seguirán abandonando las aulas, y nuestros niños más vulnerables sufrirán las consecuencias.
