El avance de la IA es incierto. Pero eso no significa que no podamos prepararnos

San Marcos student Amaris Gonzalez takes a selfie with "Pepper" an artificial Intelligence project utilizing a humanoid robot from French company Aldebaran and reprogramed as an assistant for students attending Palomar College in San Marcos, California, U.S. October 10, 2017. REUTERS/Mike Blake - RC1C5B9E1CA0
The rise of AI is creating risks for employees and employers - but also opportunities.Image: REUTERS/Mike Blake
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En las próximas décadas, la inteligencia artificial (IA) eliminará algo así como la mitad de los puestos de trabajo que desempeñan hoy las personas en las economías avanzadas. Eso afirman algunos expertos, como los de la Oxford Martin School. Otros sostienen que el efecto será importante, pero no tan grande. La OCDE, por ejemplo, calcula que la IA acabará con el 10 % de los empleos actuales.

La sustitución del trabajo humano por máquinas no es nueva ni lamentable. La aceleración de esta tendencia —es decir, la Revolución Industrial que comenzó hace 200 años— explica nuestra prosperidad actual. El trabajo reemplazado por máquinas se destina a otros ámbitos y la producción total aumenta.

Pero esta vez podría ser diferente, al menos en dos aspectos que generan riesgos para empleados y empleadores.

La pérdida de valor del capital humano

La Revolución Industrial ha sustituido gran parte del trabajo físico por maquinaria. Los trabajadores desplazados por las máquinas, que suelen tener poca cualificación, sufren una pérdida de ingresos. Pero suele ser temporal, ya que pronto encuentran empleos creados por la nueva tecnología o la nueva riqueza.

En cambio, una revolución de la IA promete sustituir el trabajo intelectual cualificado por máquinas. Dado el costo de adquirir estas competencias, es probable que el perjuicio para los trabajadores desplazados sea mucho mayor.

Por ejemplo, un estudiante de medicina estadounidense suele terminar la universidad con una deuda de 300.000 dólares. Es una gran inversión para adquirir competencias médicas. ¿Y si la IA devalúa enormemente esas competencias? ¿Y si un ordenador capaz de escuchar y hablar, conectado a equipos para analizar sangre y otros sensores, puede diagnosticar mejor que incluso el médico con la mejor formación? ¡Intenta pagar una deuda de 300.000 dólares trabajando como profesor de yoga! En otras palabras, la perspectiva de avances rápidos en IA aumenta drásticamente el riesgo de las inversiones en capital humano.

Los riesgos para quienes reciben formación también son riesgos para quienes la imparten. ¿Deberían las universidades trasladar recursos de materias en las que la IA puede abarcar gran parte del campo, como medicina, derecho e ingeniería, a otras en las que es poco probable que lo haga, como la crítica literaria? ¿Deberían las empresas abandonar los programas de formación en competencias que probablemente queden obsoletas? Cuanto más rápido avance la tecnología productiva y más costosas sean las competencias que sustituye, mayor será el riesgo para las personas afectadas.

A los votantes no les gustan las revoluciones

A la mayoría de los occidentales de hoy les cuesta imaginar la conmoción que causó la industrialización en el siglo XIX. En apenas unas décadas se transformaron las formas de trabajo y las estructuras sociales que se habían mantenido estables durante siglos.

Esto ocurrió en una época de democracia limitada, cuando el gobierno desempeñaba un papel mínimo en la economía. Los gobiernos no intentaban gestionar los altibajos de la macroeconomía y hacían poco por regular las relaciones económicas, como el empleo.

Desde la Primera Guerra Mundial y, más aún, desde la Gran Depresión, este enfoque de laissez-faire de la economía se ha abandonado en todo el mundo. Los votantes esperan que los gobiernos gestionen la economía y protejan a los trabajadores de sus vicisitudes. Si la Revolución Industrial se desarrollara hoy, los políticos sin duda desempeñarían un papel más importante que sus homólogos del siglo XIX.

A principios del siglo XIX, grupos de tejedores ingleses desempleados que trabajaban en telares manuales —los llamados luditas— destruían telares mecánicos. Hoy, políticos de muchas ciudades del mundo prohíben Uber para proteger los empleos de los taxistas con licencia, haciendo en la práctica el trabajo de los luditas modernos. A medida que se hagan más evidentes las consecuencias económicas y laborales de la IA, probablemente aumentarán los intentos de los gobiernos por minimizar las perturbaciones.

Es difícil anticipar la naturaleza y el alcance de estas intervenciones, lo que añade otra capa de incertidumbre para las empresas. Podrían incluir intentos de obstaculizar la adopción de la IA, siguiendo la propuesta de Bill Gates de gravar a los robots. También podrían exigir a las empresas que asuman una mayor responsabilidad en la recapacitación del personal desplazado por las máquinas o que sigan pagándole mucho después de despedirlo.

Muchas empresas intentarán gestionar este riesgo adelantándose a los legisladores y asumiendo compromisos con el personal que, de otro modo, los gobiernos les impondrían. Sin embargo, como cualquier legislación que exija tales medidas, esto situará a las empresas consolidadas con una gran plantilla reemplazable por la IA en clara desventaja frente a las empresas emergentes que no cargan con personal excedente. En última instancia, no se detendrá la nueva tecnología ni a las empresas que la utilicen con mayor eficiencia.

La fuerza laboral del futuro

Es probable que la IA transforme una amplia variedad de sectores, entre ellos la medicina, el derecho, la contabilidad, la banca, los seguros, la ingeniería y sí, incluso la consultoría de gestión. El desafío más evidente para quienes dirigen empresas en estos sectores será reorganizar sus plantillas. Probablemente necesitarán no solo menos personal, sino también perfiles diferentes.

El tipo de plantilla que necesitan las empresas dependerá no solo de cómo evolucione la IA en los ámbitos pertinentes, sino también de las preferencias de los consumidores. Para algunos servicios, la gente seguirá prefiriendo tratar con una persona, incluso cuando una máquina pueda hacer el trabajo. No siempre es evidente en qué servicios. Por ejemplo, resulta que muchas personas preferirían que una máquina diagnosticara sus problemas psiquiátricos en vez de un psiquiatra humano porque se sienten menos avergonzadas y están más dispuestas a ser sinceras. El lugar donde los consumidores tracen esos límites entre la IA y las personas, y cómo los modifiquen, determinará en parte el tipo de plantilla que necesitan las empresas.

Sea cual sea el lugar donde se tracen esos límites, aumentará la demanda de personas capaces de crear, mantener y utilizar aplicaciones de IA (¡a menos, claro, que la IA pueda reemplazarlas!). Sin embargo, es poco probable que la oferta de estos perfiles crezca al mismo ritmo. El problema no es solo que se necesite tiempo para desarrollar esas competencias, sino también que la población occidental está envejeciendo. La IA y sus aplicaciones no son cosa de mayores de 50 años (véase el gráfico siguiente).

La IA y los mayores Image: OCDE

La población de la India y de algunos otros países en desarrollo sigue siendo joven. Pero el clima político en Estados Unidos y Europa es cada vez más hostil a la inmigración y la subcontratación en el extranjero.

Por inciertas que sean las consecuencias de la IA, casi con toda seguridad las empresas occidentales se enfrentarán a una «brecha de competencias». De hecho, ya se enfrentan a ella. Las empresas muy expuestas a los avances de la IA tendrán que procurar el mayor acceso posible al talento disponible. Esto implica ir más allá del modelo tradicional interno, en el que se contrata al talento, y recurrir también a empresas asociadas, trabajadores independientes y «multitudes». En una aparente ironía, el auge de la IA podría hacer que la estrategia de recursos humanos fuera más importante que nunca.

Por otra parte…

Si la IA avanza como muchos vaticinan, sus consecuencias para las empresas serán inciertas, pero sin duda profundas. Actuar sobre la base de una expectativa falsa de cambio drástico puede ser tan costoso como no preverlo.

Siempre está justificado cierto escepticismo ante los cambios drásticos, sobre todo a la luz de las crecientes pruebas de que cada vez cuesta más lograr avances científicos y tecnológicos. Por ejemplo, el número de investigadores necesarios para mantener la ley de Moore —según la cual la densidad de los chips informáticos se duplica cada dos años— se ha multiplicado por 78 desde principios de la década de 1970.

La tecnología digital ya está cambiando las plantillas que necesitan las empresas, y sin duda esos cambios irán más lejos. Pero sigue sin saberse hasta dónde llegarán ni a qué ritmo. Puede ser ilustrativo recordar que, a finales de la década de 1960, cuando varios fabricantes construían prototipos de coches eléctricos, se dijo al público que «en los próximos años, existe la posibilidad de ver millones de ellos circulando».

Sea cual sea el desenlace de la IA, las empresas que adopten un enfoque multifacético y flexible respecto a su plantilla deberían poder salir adelante.

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