Científicos de la Universidad de Yale lograron restablecer la actividad celular básica en cerebros de cerdos horas después de su muerte, un hallazgo que algún día podría contribuir a mejorar el tratamiento de los accidentes cerebrovasculares y las lesiones cerebrales en humanos, informaron investigadores el miércoles.

Los científicos subrayaron que su trabajo ni siquiera estuvo cerca de reanimar la conciencia en los cerebros de cerdo separados del cuerpo. De hecho, el experimento se diseñó específicamente para evitar ese resultado, por improbable que fuera.
Aun así, el estudio plantea numerosos problemas bioéticos, entre ellos interrogantes sobre la propia definición de muerte cerebral y las posibles consecuencias para los protocolos relacionados con la donación de órganos.
La investigación surgió de los esfuerzos por mejorar el estudio del desarrollo, los trastornos y la evolución del cerebro. La principal aplicación práctica es la posibilidad de que los científicos analicen muestras de cerebros completos de grandes mamíferos en tres dimensiones, en lugar de limitarse a estudiar pequeñas muestras de tejido, señaló Yale.
Según sus autores, el estudio, respaldado por los Institutos Nacionales de Salud, no ofrece ningún avance clínico inmediato para los seres humanos.
Los resultados del experimento, que se publicarán el jueves en la revista Nature, contradicen principios aceptados desde hace mucho tiempo sobre la muerte cerebral, según los cuales la actividad celular vital cesa de forma irreversible segundos o minutos después de interrumpirse el suministro de oxígeno y el flujo sanguíneo.
La recuperación limitada de la función circulatoria y el metabolismo celular en los cerebros de cerdos, obtenidos de animales sacrificados en una planta de procesamiento de carne, se logró cuatro horas después de la muerte mediante la infusión de una solución química especial diseñada para preservar el tejido.
«El cerebro intacto de un gran mamífero conserva una capacidad antes poco valorada para restablecer la circulación y ciertas actividades moleculares y celulares varias horas después del paro circulatorio», afirmó el investigador principal, Nenad Sestan, en un comunicado de prensa de Yale difundido antes del estudio.
Fue en el laboratorio dirigido por Sestan, profesor de neurociencia, medicina comparada, genética y psiquiatría en Yale, donde los investigadores desarrollaron el llamado sistema BrainEx, utilizado para bombear nutrientes artificiales a la red vascular de los cerebros de cerdo.
«No es un cerebro vivo»
Sin embargo, los científicos destacaron que los cerebros tratados seguían sin presentar signos detectables de actividad eléctrica organizada asociada con la percepción, la conciencia o la consciencia.
«Desde el punto de vista clínico, no es un cerebro vivo, pero sí es un cerebro con actividad celular», afirmó Zvonimir Vrselja, coautor del estudio e investigador asociado en neurociencia.
El conservante BrainEx incluía sustancias para bloquear las señales nerviosas. Según Yale, los investigadores también estaban preparados para detener cualquier actividad eléctrica que pudiera surgir mediante anestésicos y la reducción de la temperatura.
Aunque el estudio no ofrece beneficios terapéuticos inmediatos para los seres humanos, crea una nueva plataforma de investigación que, en última instancia, podría ayudar a los médicos a encontrar formas de recuperar la función cerebral en pacientes con accidentes cerebrovasculares o a probar nuevos tratamientos para restaurar las células cerebrales dañadas por lesiones, afirmaron los autores.
Mientras tanto, la investigación podría plantear nuevos dilemas en torno a la determinación de la muerte, que suele definirse, según uno de los criterios, como la pérdida irreversible de toda función cerebral. La difuminación de ese límite tiene, a su vez, implicaciones para decidir cuándo los médicos tienen la obligación ética de pasar de preservar la vida de un paciente a preservar sus órganos.
«Durante la mayor parte de la historia de la humanidad, la muerte era algo muy sencillo», afirmó Christof Koch, presidente y científico jefe del Instituto Allen de Ciencias del Cerebro, en Seattle, en un artículo de Nature publicado junto con el estudio de Yale.

