Para un número creciente de personas, el principal problema de salud ya no es el acceso, sino si el sistema puede acompañarlas durante la atención una vez que ingresan en él.
Por ejemplo, las enfermedades no transmisibles causaron al menos 43 millones de muertes en 2021, pero la mayoría requiere atención continua, no una intervención puntual.
La tecnología y los proyectos piloto pueden demostrar que las intervenciones funcionan, pero los resultados dependen de lo que ocurre después del primer contacto.
En salud, el éxito en el primer paso no equivale al éxito del sistema. Un resultado positivo en una prueba no es lo mismo que recibir tratamiento. Una derivación no es lo mismo que recibir atención. Un proyecto piloto que funciona en una clínica no equivale a un sistema de salud que funciona para todos.
Mientras que un proyecto piloto puede mostrar que una intervención funciona en un entorno controlado, un itinerario permite saber si las personas pueden pasar de la primera señal de riesgo al diagnóstico, el tratamiento, el seguimiento y la protección financiera sin perderse en el camino. La diferencia entre el éxito y el fracaso está en demostrar que algo puede funcionar y asegurarse de que funcione de forma habitual para quienes más lo necesitan.
Esto importa ahora porque la presión sobre los sistemas de salud aumenta mientras el progreso se ralentiza. La Organización Mundial de la Salud señala que el avance hacia la cobertura sanitaria universal se ha ralentizado desde 2015. En 2023, alrededor de 4.600 millones de personas aún no tenían cobertura completa de los servicios de salud esenciales y, en 2022, 2.100 millones afrontaron dificultades económicas por los gastos de bolsillo. La pregunta ya no es solo si las personas pueden acceder al sistema, sino si este puede acompañarlas durante la atención una vez que lo hacen.
La Comisión de The Lancet Global Health sobre sistemas de salud de alta calidadexpuso claramente una idea más amplia: el acceso por sí solo no basta si la atención se retrasa, está fragmentada o resulta ineficaz. Los sistemas de salud pueden ampliar los programas de detección, implementar nuevas herramientas y contabilizar más primeros contactos, pero los resultados dependen de lo que ocurre después del primer contacto. Un resultado debe desencadenar una acción. Una derivación debe conducir a algún lugar. El tratamiento debe mantenerse el tiempo suficiente para surtir efecto.
El verdadero cuello de botella está en lo que ocurre después
Las enfermedades no transmisibles muestran por qué esto es urgente. Causaron al menos 43 millones de muertes en 2021, el equivalente al 75 % de las muertes mundiales no relacionadas con pandemias, según la Organización Mundial de la Salud. Muchas de estas afecciones, entre ellas las enfermedades cardiovasculares, la diabetes, el cáncer y las enfermedades respiratorias crónicas, requieren atención continua, no una intervención puntual.
La hipertensión es uno de los ejemplos más claros. La ficha informativa de la OMS sobre la hipertensiónestima que en 2024 vivían con hipertensión 1.400 millones de adultos de entre 30 y 79 años. Sin embargo, el 44 % no sabía que la padecía y solo el 23 % la tenía controlada. Es necesario realizar pruebas a más personas, pero no basta con eso. El paciente también necesita confirmación, medicamentos asequibles, consultas periódicas, apoyo para cambiar su estilo de vida y un sistema que detecte cuándo se interrumpe el tratamiento.
Esto es lo que hace que el paquete técnico HEARTS de la OMSsea importante. Aborda el control de la presión arterial como un itinerario de atención primaria: protocolos de tratamiento sencillos, medicamentos fiables, atención en equipo y sistemas de seguimiento que trabajan conjuntamente. Su herramienta complementaria, el instrumento de protocolos para la hipertensión, deja aún más claro el aspecto operativo: los protocolos de tratamiento estandarizados son la base para ampliar la escala.
La detección no equivale a la atención
El cáncer cervicouterino ofrece una lección distinta, pero igual de clara. En gran medida puede prevenirse mediante la vacunación contra el VPH y las pruebas de detección periódicas, y a menudo es curable si se detecta y trata a tiempo. Sin embargo, la Organización Mundial de la Saludestima que en 2024 hubo alrededor de 604.000 casos nuevos y unas 280.000 muertes, con la mayor carga en países de ingresos bajos y medios.
La estrategia de eliminación de la OMS se basa explícitamente en itinerarios: vacunar al 90 % de las niñas antes de los 15 años, realizar pruebas de detección al 70 % de las mujeres a los 35 y a los 45 años, y tratar al 90 % de las mujeres con lesiones precancerosas o cáncer invasivo. La tercera meta importa tanto como las dos primeras. Una prueba de detección positiva no salva vidas si nadie explica el resultado, si no se completa la derivación o si el tratamiento está demasiado lejos o es demasiado caro para acceder a él.
La tecnología debe acortar la distancia hasta la atención
La misma lógica se aplica ahora a la salud digital y la inteligencia artificial. Las nuevas herramientas pueden detectar enfermedades antes, ayudar al triaje y aliviar la presión sobre plantillas ya sobrecargadas. Pero la tecnología también puede añadir otra capa de fragmentación si no está conectada con el recorrido del paciente.
Un análisis de la OCDE sobre salud digitalseñala que muchos sistemas aún dependen de tecnologías obsoletas y fragmentadas, y que las prácticas punteras pueden tardar 17 años en convertirse en prácticas habituales. Se trata de un problema sistémico.
Una revisión reciente de npj Digital Medicinesobre la detección de la retinopatía diabética asistida por IA apunta en la misma dirección. La revisión constató que la detección asistida por IA se asociaba con una mayor aceptación de las derivaciones que la atención estándar, y también señaló que los resultados variaban según el contexto y que la evidencia aún es incipiente. Los estudios con mejores resultados no se limitaban a comparar «IA frente a ninguna IA». Combinaban resultados más rápidos, derivaciones dirigidas y seguimiento orientado al paciente, como recordatorios o programación proactiva de citas. En otras palabras, la tecnología funcionaba mejor cuando acortaba la distancia entre la detección y la atención.
De los proyectos piloto a sistemas fiables
Esta también es una cuestión operativa y económica. El Instituto de Salud McKinseyha sostenido que ampliar las intervenciones probadas podría sumar hasta 45.000 millones de años adicionales de vida de mayor calidad durante la próxima década. Pero ampliar lo que funciona depende menos de poner en marcha otra intervención prometedora que de crear sistemas que faciliten completar una atención cuya eficacia ya está demostrada.
Antes de ampliar un proyecto piloto, los sistemas de salud deberían poder responder algunas preguntas prácticas: quién actúa en función del resultado, cómo se contacta con el paciente, cómo se paga la siguiente consulta, cómo se hace el seguimiento y quién sigue siendo responsable si el paciente abandona el proceso. Estas son las condiciones que determinan si la innovación tiene impacto.
Los proyectos piloto siguen siendo importantes. Ayudan a los sistemas a aprender y adaptarse. Pero deberían ser el comienzo de un cambio sistémico, no su final. El futuro de los sistemas de salud no se definirá por cuántas innovaciones prueben, sino por la fiabilidad con que acompañen a las personas desde el riesgo hasta la atención. Ese es ahora el criterio que importa.
