Bill Gates: esto es lo que debes saber sobre la vacuna contra la COVID-19

person holding syringe and vial
It's predicted a vaccine could be created in anywhere from 9 months too two years.Image: Unsplash/CDC
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  • Mientras seguimos manteniendo la distancia física para reducir el impacto de la COVID-19, es importante entender en qué punto estamos respecto a una vacuna.

  • Las previsiones indican que crear una vacuna podría llevar entre 9 meses y 2 años.

  • Después solo queda la pequeña tarea de producir más de 7.000 millones de dosis para la población mundial.

  • Bill Gates analiza aquí lo que ya se está haciendo para crear una vacuna contra el coronavirus.

Una de las preguntas que más me hacen estos días es cuándo podrá el mundo volver a cómo eran las cosas en diciembre, antes de la pandemia de coronavirus. Mi respuesta siempre es la misma: cuando tengamos un medicamento casi perfecto para tratar la COVID-19 o cuando casi todas las personas del planeta estén vacunadas contra el coronavirus.

Es poco probable que lo primero ocurra pronto. Necesitaríamos un tratamiento milagroso que fuera al menos un 95 por ciento eficaz para detener el brote. La mayoría de loscandidatos a fármacosque existen actualmente están muy lejos de tener esa eficacia. Podrían salvar muchas vidas, pero no bastan para que volvamos a la normalidad.

Así que nos queda una vacuna.

La humanidad nunca ha tenido una tarea más urgente que crear una inmunidad generalizada contra el coronavirus. En términos realistas, si vamos a volver a la normalidad, tenemos que desarrollar una vacuna segura y eficaz. Debemos fabricar miles de millones de dosis, distribuirlas por todo el mundo y hacer todo esto lo más rápido posible.

Eso parece abrumador, porque lo es. Nuestra fundación es la mayor financiadora de vacunas del mundo, y este esfuerzo empequeñece todo lo que hemos hecho hasta ahora. Requerirá un esfuerzo de cooperación mundial como nunca se ha visto. Pero sé que lo lograremos. Sencillamente, no hay alternativa.

Esto es lo que debes saber sobre la carrera para crear una vacuna contra la COVID-19.

El mundo está creando esta vacuna en un plazo históricamente corto.

El Dr. Anthony Fauciha dicho que cree que desarrollar una vacuna contra el coronavirus llevará unos dieciocho meses. Estoy de acuerdo con él, aunque podría tardar tan solo 9 meses o hasta dos años.

Aunque dieciocho meses pueda parecer mucho tiempo, sería el plazo más rápido en que los científicos hayan creado una vacuna nueva. El desarrollo suele llevar unos cinco años. Una vez que se elige la enfermedad a la que se quiere apuntar, hay que crear la vacuna y probarla en animales. Después se empieza a evaluar su seguridad y eficacia en seres humanos.

La seguridad y la eficacia son los dos objetivos más importantes de toda vacuna. La seguridades exactamente lo que parece: ¿es seguro administrar la vacuna a las personas? Algunos efectos secundarios leves (como fiebre moderada o dolor en el lugar de la inyección) pueden ser aceptables, pero no se quiere inocular a las personas algo que las enferme.

La eficacia mide qué tan bien te protege la vacuna de enfermarte. Lo ideal sería que una vacuna tuviera una eficacia del 100 por ciento, pero muchas no la tienen. Por ejemplo, la vacuna contra la gripe de este año tiene una eficacia dealrededor del 45 por ciento.

Para evaluar la seguridad y la eficacia, todas las vacunas pasan por tres fases de ensayos:

  • La fase uno es el ensayo de seguridad. Se administra la vacuna candidata a un pequeño grupo de voluntarios sanos. Se prueban distintas dosis para lograr la respuesta inmunitaria más fuerte con la menor dosis eficaz y sin efectos secundarios graves.

  • Una vez definida la fórmula, se pasa a la fase dos, que indica qué tan bien funciona la vacuna en las personas a las que está destinada. Esta vez, cientos de personas reciben la vacuna. Este grupo debe incluir personas de distintas edades y con diferentes estados de salud.

  • Después, en la fase tres, se administra a miles de personas. Suele ser la fase más larga porque se lleva a cabo en lo que se denomina «condiciones naturales de enfermedad». Se administra a un grupo grande de personas que probablemente ya corren riesgo de infectarse con el patógeno objetivo y luego se espera para ver si la vacuna reduce la cantidad de personas que enferman.

Una vez que la vacuna supera las tres fases de ensayos, se empiezan a construir las fábricas para producirla y se presenta a la OMS y a distintos organismos gubernamentales para su aprobación.

Este proceso funciona bien para la mayoría de las vacunas, pero el plazo habitual de desarrollo no basta ahora. Cada día que podamos acortar este proceso marcará una gran diferencia para el mundo, tanto en vidas salvadas como en daños económicos reducidos, por valor de billones de dólares.

Por eso, para acelerar el proceso, los desarrolladores de vacunas están comprimiendo los plazos. Este gráfico muestra cómo:

Una vacuna es fundamental para vencer la COVID-19Image: NEJM

En el proceso tradicional, las etapas son secuenciales y sirven para abordar preguntas e incógnitas clave. Esto puede ayudar a mitigar el riesgo financiero, ya que crear una vacuna nueva es caro. Muchos candidatos fracasan, por lo que las empresas esperan a invertir en la siguiente etapa hasta saber que la anterior tuvo éxito.

En el caso de la COVID-19, financiar el desarrollo no es un problema. Los gobiernos y otras organizaciones (incluidas nuestra fundación y una alianza extraordinaria llamada la Coalición para las Innovaciones en Preparación para Epidemias) han dejado claro que apoyarán todo lo necesario para encontrar una vacuna. Así, los científicos pueden ahorrar tiempo realizando varias etapas del desarrollo a la vez. Por ejemplo, el sector privado, los gobiernos y nuestra fundación empezarán a identificar instalaciones para fabricar distintas vacunas potenciales. Si algunas de esas instalaciones finalmente no se utilizan, no pasa nada. Es un pequeño precio que pagar para adelantar la producción.

Afortunadamente, comprimir el calendario de los ensayos no es la única forma de completar en 18 meses un proceso que suele llevar cinco años. Otra manera de hacerlo es probar muchos enfoques distintos al mismo tiempo.

Hay decenas de candidatos en desarrollo.

Al 9 de abril, hay 115 candidatos distintos a vacunas contra la COVID-19en fase de desarrollo. Creo que entre ocho y diez de ellos parecen especialmente prometedores. (Nuestra fundación seguirá de cerca a todos los demás para ver si se nos pasó alguno con características positivas.)

Los candidatos más prometedores adoptan diversos enfoques para proteger al organismo contra la COVID-19. Para entender qué significa exactamente eso, conviene recordar cómo funciona el sistema inmunitario humano.

Cuando un patógeno causante de una enfermedad entra en tu organismo, el sistema inmunitario responde produciendo anticuerpos. Estos anticuerpos se adhieren a unas sustancias llamadas antígenosen la superficie del microbio, lo que envía una señal al organismo para que lo ataque. El sistema inmunitario lleva un registro de todos los microbios que ha derrotado, de modo que pueda reconocer y destruir rápidamente a los invasores antes de que te enfermen.

Las vacunas eluden todo este proceso al enseñar al organismo a derrotar un patógeno sin que llegues a enfermar. Los dos tipos más comunes —y probablemente los que más conoces— son las vacunas inactivadas y las vacunas vivas. Las vacunas inactivadas contienen patógenos que han sido eliminados. Las vacunas vivas, por su parte, están hechas de patógenos vivos que se han debilitado (o «atenuado»). Son muy eficaces, pero más propensas a causar efectos secundarios que sus equivalentes inactivadas.

Consideramos que las vacunas inactivadas y las vivas son enfoques «tradicionales». Hay varios candidatos a vacunas contra la COVID-19 de ambos tipos, y con razón: son métodos bien establecidos. Sabemos cómo probarlos y fabricarlos.

La desventaja es que lleva mucho tiempo producirlas. Cada dosis de una vacuna contiene una gran cantidad de material. La mayor parte es material biológico, lo que significa que hay que cultivarlo. Por desgracia, eso lleva tiempo.

Por eso me entusiasman especialmente dos nuevos enfoques que están adoptando algunos candidatos: las vacunas de ARN y ADN. Si alguno de estos nuevos enfoques da resultado, probablemente podremos distribuir vacunas por todo el mundo mucho más rápido. (Para simplificar, solo explicaré las vacunas de ARN. Las vacunas de ADN son similares, pero usan otro tipo de material genético y otro método de administración.)

Nuestra fundación —tanto mediante financiación propia como a través de CEPI— lleva casi una década apoyando el desarrollo de una plataforma de vacunas de ARN. Teníamos previsto usarla para crear vacunas contra enfermedades que afectan a las personas pobres, como la malaria, pero ahora parece ser una de las opciones más prometedoras contra la COVID-19. El primer candidato en iniciar ensayos en seres humanos fue una vacuna de ARN creada por una empresa llamada Moderna.

Así funciona una vacuna de ARN: en vez de inyectar en el organismo el antígeno de un patógeno, se le proporciona el código genético necesario para que produzca ese antígeno por sí mismo. Cuando los antígenos aparecen en el exterior de las células, el sistema inmunitario los ataca y, en el proceso, aprende a derrotar a futuros invasores. En esencia, conviertes tu organismo en su propia unidad de fabricación de vacunas.

Como las vacunas de ARN hacen que el organismo realice la mayor parte del trabajo, requieren poco material. Eso permite fabricarlas mucho más rápido. Sin embargo, hay una dificultad: aún no sabemos con certeza si el ARN es una plataforma viable para las vacunas. Como la vacuna contra la COVID-19 sería la primera vacuna de ARN en desarrollarse, tenemos que demostrar tanto que la plataforma funciona como que genera inmunidad. Es un poco como construir al mismo tiempo el sistema de una computadora y su primer programa.

Aunque una vacuna de ARN siga mostrando potencial, debemos continuar explorando las demás opciones. Todavía no sabemos cómo será la vacuna contra la COVID-19. Hasta saberlo, tenemos que avanzar a toda máquina con tantos enfoques como sea posible.

Puede que todavía no sea una vacuna perfecta, y no pasa nada.

La vacuna contra la viruela es la única que ha erradicado una enfermedad de la faz de la Tierra, pero también es bastante dura de recibir. Dejaba una cicatriz en el brazo de quien se la ponía. Una de cada tres personas tenía efectos secundarios lo bastante graves como para quedarse en casa y faltar a la escuela o al trabajo. Un número reducido, aunque nada insignificante, desarrollaba reacciones más graves.

La vacuna contra la viruela distaba mucho de ser perfecta, pero cumplió su cometido. La vacuna contra la COVID-19 podría ser parecida.

Si diseñáramos la vacuna perfecta, querríamos que fuera completamente segura y tuviera una eficacia del 100 por ciento. Debería ser una sola dosis que ofreciera protección de por vida y que fuera fácil de almacenar y transportar. Espero que la vacuna contra la COVID-19 reúna todas esas cualidades, pero, dado el plazo que tenemos, puede que no sea así.

Las dos prioridades, como mencioné antes, son la seguridad y la eficacia. Como quizá no tengamos tiempo para realizar estudios de varios años, tendremos que llevar a cabo ensayos de seguridad sólidos en la fase 1 y asegurarnos de contar con buenas pruebas del mundo real de que la vacuna es completamente segura.

Tenemos algo más de margen en cuanto a la eficacia. Sospecho que una vacuna con una eficacia de al menos el 70 por ciento bastará para detener el brote. Una vacuna con una eficacia del 60 por ciento puede usarse, aunque quizá sigamos viendo algunos brotes localizados. Es poco probable que una eficacia inferior al 60 por ciento genere suficiente inmunidad colectiva para detener el virus.

El gran desafío será asegurarnos de que la vacuna funcione bien en las personas mayores. Cuanto mayor eres, menos eficaces son las vacunas. El sistema inmunitario, como el resto del cuerpo, envejece y tarda más en reconocer y atacar a los invasores. Esto es un gran problema para una vacuna contra la COVID-19, ya que las personas mayores son las más vulnerables. Tenemos que asegurarnos de que estén protegidas.

La vacuna contra el herpes zóster, que también está dirigida a las personas mayores, aborda este problema aumentando la potencia de la vacuna. Es posible que hagamos algo parecido contra la COVID-19, aunque podría conllevar más efectos secundarios. Las autoridades sanitarias también podrían pedir a las personas mayores de cierta edad que reciban una dosis adicional.

Además de la seguridad y la eficacia, hay un par de factores más que debemos tener en cuenta:

  • ¿Cuántas dosis serán? Una vacuna que solo se administra una vez es más fácil y rápida de distribuir. Pero quizá necesitemos una vacuna de varias dosis para alcanzar suficiente eficacia.

  • ¿Cuánto dura su efecto? Lo ideal sería que la vacuna te ofreciera una protección duradera. Pero quizá acabemos teniendo una que solo evite que enfermes durante un par de meses (como la vacuna contra la gripe estacional, que te protege durante unos seis meses). Si eso ocurre, podríamos usar la vacuna de corta duración mientras trabajamos en otra más duradera.

  • ¿Cómo se almacena?Muchas vacunas comunes se conservan a 4 grados C. Esa temperatura es parecida a la de un refrigerador normal, por lo que almacenarlas y transportarlas es fácil. Pero las vacunas de ARN deben conservarse a temperaturas mucho más bajas, de hasta -80 grados C, lo que dificultará su distribución en algunas zonas del mundo.

Espero que la vacuna que tengamos dentro de 18 meses sea lo más «perfecta» posible. Aunque no lo sea, seguiremos trabajando para mejorarla. Después, sospecho que la vacuna contra la COVID-19 pasará a formar parte del calendario habitual de vacunación de recién nacidos.

Sin embargo, una vez que tengamos una vacuna, aún tendremos enormes problemas que resolver. Y es que…

Tenemos que fabricar y distribuir al menos 7.000 millones de dosis de la vacuna.

Para detener la pandemia, tenemos que poner la vacuna a disposición de casi todas las personas del planeta. Nunca antes hemos distribuido algo hasta todos los rincones del mundo. Y, como mencioné antes, las vacunas son especialmente difíciles de fabricar y almacenar.

Hay muchas cosas sobre la fabricación y distribución de la vacuna que no podremos resolver hasta saber exactamente con qué contamos. Por ejemplo, ¿podremos usar las fábricas de vacunas existentes para producir la vacuna contra la COVID-19?

Lo que podemos hacer ahora es construir distintos tipos de fábricas de vacunas para prepararnos. Cada tipo de vacuna requiere una fábrica distinta. Tenemos que disponer de instalaciones capaces de fabricar cada tipo para poder empezar a producir la vacuna o las vacunas definitivas lo antes posible. Esto costará miles de millones de dólares. Los gobiernos deben encontrar rápidamente un mecanismo para poner estos fondos a disposición. Nuestra fundación está trabajando actualmente con CEPI, la OMS y los gobiernos para definir la financiación.

Parte de esas conversaciones se centra en quién recibirá la vacuna y cuándo. La realidad es que no todo el mundo podrá recibirla al mismo tiempo. Fabricar 7.000 millones de dosis (o quizá 14.000 millones, si se trata de una vacuna de varias dosis) llevará meses o incluso años, y deberíamos empezar a distribuirlas en cuanto esté listo el primer lote.

La mayoría coincide en que los trabajadores sanitarios deberían recibir la vacuna primero. Pero ¿quién la recibirá después? ¿Las personas mayores? ¿Los docentes? ¿Los trabajadores de empleos esenciales?

Creo que algunos de los primeros países en recibirla deberían ser los de ingresos bajos, porque allí las personas correrán un riesgo mucho mayor de morir. La COVID-19 se propagará mucho más rápido en los países pobres porque es más difícil aplicar medidas como el distanciamiento físico. Más personas tienen problemas de salud subyacentes que las hacen más vulnerables a las complicaciones, y la debilidad de los sistemas sanitarios dificultará que reciban la atención que necesitan. Distribuir la vacuna en países de ingresos bajos podría salvar millones de vidas. La buena noticia es que ya contamos con una organización experta en cómo hacerlo: Gavi, la Alianza para las Vacunas.

Con la mayoría de las vacunas, los fabricantes llegan a un acuerdo con el país donde están sus fábricas, de modo que ese país tiene prioridad para recibirlas. No está claro si aquí ocurrirá lo mismo. Espero que encontremos una manera de distribuirla de forma equitativa por todo el mundo. Una vez que entendamos mejor con qué contamos, la OMS y las autoridades sanitarias nacionales tendrán que elaborar un plan de distribución.

Con el tiempo, ampliaremos la producción para que la vacuna esté disponible para todo el mundo. Y entonces podremos volver a la normalidad y, con suerte, tomar decisiones que eviten que volvamos a encontrarnos en esta situación.

Puede que ahora cueste verlo, pero hay una luz al final del túnel. Estamos haciendo lo correcto para conseguir una vacuna lo antes posible. Mientras tanto, te insto a que sigas las pautas establecidas por las autoridades locales. Nuestra capacidad para superar este brote dependerá de que todos pongamos de nuestra parte para mantenernos a salvo.

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