Los posibles beneficios de un programa de pruebas universales superan con creces cualquier inconveniente.
Los obstáculos, como la falta de consenso entre los expertos y los costes que conlleva, pueden superarse.
Mediante la implementación de pruebas universales, podemos evitar una tercera ola y las devastadoras consecuencias que resultarían de ella.
Muchos expertos han reconocido los méritos de las pruebas universales para la COVID-19, y sostienen que los beneficios superan con gran margen a los costes. Por citar algunos, Paul Romer, premio Nobel de Economía, Michael Mina, epidemiólogo de la Universidad de Harvard, el Centro Safra de Ética de la Universidad de Harvard, nuestro propio documento de trabajo del FMI paper, y muchos comentaristas han defendido una política de pruebas universales y aislamiento (TIP, por sus siglas en inglés) para vencer la pandemia y reabrir las economías de forma segura.
Se ha demostrado de manera inequívoca que las pruebas continuas a la población a un ritmo relativamente alto, entre el 10 % y el 20 % de la población cada día, frenarían la propagación del virus e impedirían cualquier resurgimiento. Una TIP contra la COVID-19 ayudaría a identificar a tiempo los focos de infección y a hacerles frente de forma selectiva y económica. Este enfoque evitaría imponer numerosas restricciones a las actividades económicas y sociales, que son extremadamente costosas.
Las pruebas universales costarían alrededor del 3 % (a 5 dólares por prueba y con una tasa de pruebas del 15 % de la población) del 3 billones de dólares de apoyo fiscal proporcionado por Estados Unidos en 2020, y menos del 1 % de las pérdidas económicas y sociales (16 billones de dólares) ocasionadas durante la pandemia. En otras palabras, seguiría mereciendo la pena implementar pruebas universales aunque la probabilidad de éxito fuera inferior al 1 %.
Una gran dificultad para abordar el desafío de las pruebas universales es que se sitúa en la confluencia de muchos campos de especialización, como la epidemiología, la medicina, la economía, la salud pública y los sistemas industriales. Como resultado, todavía no hay consenso entre los expertos. Los argumentos en contra de las pruebas universales incluyen posibles ineficacias debidas a numerosos falsos negativos y a personas que se saltan la cuarentena, la inviabilidad de producir tantas pruebas, la necesidad de aprobación regulatoria de las pruebas no diagnósticas y los posibles costes derivados de la producción y distribución de pruebas y cuarentenas basadas en falsos positivos. Otros sostienen que proporcionarían una falsa sensación de seguridad al anular otras intervenciones no farmacéuticas (INF), como el uso de mascarillas y el distanciamiento social, o que, si fracasan, pondrían en peligro la confianza del público en otras INF, como los confinamientos.
Estos obstáculos podrían superarse y no deben impedir la experimentación con pruebas universales, dado que resultan económicamente rentables incluso con una probabilidad de éxito del 1 %. Los inconvenientes de los falsos negativos o de la evitación de la cuarentena pueden compensarse con una mayor tasa de pruebas. Las pruebas de antígenos rápidas desarrolladas recientemente son baratas, escalables y precisas, lo que da lugar a un número mucho menor de falsos negativos y falsos positivos. Aunque estas pruebas son menos precisas que otras utilizadas para diagnosticar la enfermedad, las pruebas universales no sirven para diagnosticar a los pacientes, sino para identificar a los infectados (lo que denominamos pruebas epidemiológicas). Además, si bien otras INF siguen siendo importantes en un período de transición, una vez aplanada la curva, las pruebas universales permitirían levantar todas las demás INF y ayudar a reabrir amplias partes de la economía mientras se espera la vacuna.
Poner fin a esta pugna entre expertos y experimentar con una estrategia de pruebas universales como cobertura frente a la pandemia exige una determinación al estilo de Roosevelt. Esto implica renunciar a un enfoque de 'laissez-faire' en la producción e implementar una política industrial para aumentar rápidamente la producción de pruebas. La intervención estatal es necesaria para abordar los fallos de mercado derivados de la incertidumbre de la demanda, las limitaciones de capacidad, los fallos de coordinación, las externalidades y el poder de mercado. Hay que eliminar todos los cuellos de botella en el camino, incluida la aprobación regulatoria y la participación del sector privado en la producción. Este desafío parece insignificante comparado con el objetivo que el presidente Roosevelt planteó a la nación en 1940, cuando anunció que Estados Unidos necesitaba producir más aviones de combate en el año siguiente de los que había producido acumulativamente desde el primer vuelo de los hermanos Wright en 1903. Tres años después, Estados Unidos producía más de 50.000 aviones de combate al año, un aumento de 30 veces respecto al nivel de 1940.
Dado el alto rendimiento económico esperado de las pruebas universales, depender por completo de una vacuna contra el virus para poner fin a la pandemia representa una 'certeza increíble' e ignora el enfoque basado en el riesgo. No es nada seguro cuándo estará disponible en todo el mundo una vacuna segura y eficaz; aún peor, una mutación del virus podría dejar obsoleta la vacuna recién desarrollada. Incluso si el mundo tuviera que esperar solo unos meses más, seguiría estando económicamente justificado experimentar con pruebas universales.
Los responsables políticos deberían reconocer primero que experimentar con una solución de cobertura es necesario mientras se espera la vacuna. Es aún más primordial en los países en desarrollo, ya que las vacunas podrían llegar a ellos mucho más tarde que a los países avanzados. Además, la ampliación de las pruebas universales debería seguir a la experimentación por fases, similares al desarrollo de una vacuna. La primera fase consistiría en realizar ensayos en barrios y pequeñas localidades y estudiar las experiencias existentes para seleccionar un conjunto de tecnologías de pruebas que ampliar. Los campus de las universidades MIT y Georgetown en Estados Unidos han reabierto con éxito, manteniendo a raya los brotes, al realizar pruebas a estudiantes y personal dos veces por semana. La segunda fase implicaría que las ciudades seleccionadas aprendieran de otras sobre la logística de las pruebas y el aislamiento a gran escala. De hecho, China lo ha hecho en las ciudades de Wuhan y Qingdao y ha logrado contener los brotes con éxito. Eslovaquia ha emprendido la realización de pruebas a la mayor parte de sus 4,5 millones de ciudadanos en pocas semanas, mientras que Liverpool es la ciudad piloto de la estrategia de pruebas universales Operación Luna del Reino Unido. La tercera fase la ampliaría a nivel nacional para convertir las pruebas en una práctica habitual.
Ahora necesitamos más determinación al estilo de Roosevelt para experimentar con las pruebas y su eventual ampliación a nivel nacional y mundial, así como una colaboración internacional para compartir experiencias. Los responsables políticos, junto con el sector privado, pueden aportar los recursos necesarios para hacer realidad las pruebas universales y evitar la próxima ola de la pandemia con sus incalculables consecuencias.
La serie de televisión de ciencia ficción de 2017 Counterpart, en la que un mundo paralelo idéntico es azotado por una pandemia, anticipa de forma inquietante nuestra situación actual de distanciamiento social, uso de mascarillas y carteles que instan a los ciudadanos a lavarse las manos. La economía deprimida de forma persistente de ese mundo paralelo podría convertirse en nuestro futuro si no nos protegemos plenamente de esta pandemia ahora.
Las opiniones expresadas en este blog son las de los autores y no representan necesariamente las opiniones del FMI, de su Consejo Ejecutivo o de la dirección del FMI.


