La pandemia expuso la fragilidad de las cadenas de suministro mundiales.
Los cierres no programados de instalaciones de fabricación y distribución, los cuellos de botella en las fronteras y los trabajadores enfermos redujeron la oferta.
Un comportamiento imprevisto de los consumidores hizo que la demanda fuera irregular.
También se perdieron contenedores de carga en cantidades récord, con más de 3000 caídos al mar en 2020.
Glenn McGillivray, de la Universidad de Western, utiliza el ejemplo de los microchips para mostrar cómo la COVID-19 ha afectado a las cadenas de suministro mundiales.
La COVID-19 ha dejado al descubierto muchas verdades incómodas sobre la preparación general de la sociedad ante acontecimientos de baja probabilidad pero de alto impacto, especialmente los de alcance mundial. Estas van desde cuestiones relativas exclusivamente a la preparación ante pandemias (como nuestra capacidad nacional para producir equipos de protección personal, respiradores, desinfectantes y vacunas) hasta asuntos bastante menos esotéricos, como la capacidad de las cadenas de suministro mundiales para funcionar independientemente de las diversas presiones a las que se ven sometidas.
Esto último va mucho más allá del problema de suministro de papel higiénico experimentado al principio de la pandemia. Se extiende a una amplia gama de productos, como madera y otros materiales de construcción, herramientas, productos alimenticios, semillas, muebles, productos de limpieza, latas de aluminio, tarros, piscinas y equipamiento para piscinas, productos químicos, bicicletas, equipo de camping, electrodomésticos y piezas de repuesto de todo tipo.
En muchos casos, las cadenas de suministro se han visto presionadas simultáneamente por ambos extremos: la oferta y la demanda.
Interrupciones en la producción y la distribución
Si bien los cierres no programados de instalaciones de fabricación y distribución, los cuellos de botella en las fronteras y los trabajadores enfermos han provocado puntos de estrangulamiento en las líneas de suministro, el hecho de que las personas hayan permanecido confinadas en sus hogares durante meses ha incrementado la demanda de una gran variedad de productos.
Asimismo, se ha producido una escasez simultánea de mano de obra, especialmente en los oficios regulados por licencia.
A esto se suman otros factores perturbadores, como la gran tormenta invernal en Texas de febrero, el bloqueo de seis días del canal de Suez debido al buque varado Ever Given en marzo, y el cierre de seis días del oleoducto Colonial en Estados Unidos tras un ciberataque a principios de mayo.
Hay que tener también en cuenta que se están perdiendo contenedores de carga en cantidades récord por diversas razones, con más de 3000 caídos al mar en 2020 y que la cifra de 2021 ya alcanza 1000 a finales de abril.
La pandemia nos ha demostrado que las cadenas de suministro mundiales son un enorme castillo de naipes: frágiles incluso en un buen día, pero propensas a desplomarse ante la menor brisa inesperada.
Esto ha resultado especialmente evidente en la fabricación de chips informáticos.
La demanda de microchips
Antes de la COVID-19, ya existía una gran presión sobre la producción de microprocesadores, microcontroladores, placas base y similares, debido a la limitada capacidad de producción mundial y a la mayor demanda de productos. La pandemia ha añadido presión a un segmento ya tensionado, dado que los cuellos de botella en la producción y la distribución se han encontrado con una demanda incrementada por la pandemia.
Hace no mucho tiempo, las interrupciones en la producción de microchips solían afectar únicamente a la fabricación de teléfonos inteligentes, tabletas, ordenadores, discos duros externos y, más recientemente, televisores de pantalla plana.
Hoy, sin embargo, dichas interrupciones también afectan a la producción de automóviles, ya que los chips se utilizan cada vez más en los sistemas de dirección asistida y de frenado, en los sistemas de infoentretenimiento del vehículo y en otros componentes. De hecho, tanto General Motors como Ford Motor Company han paralizado varias plantas en Norteamérica debido a la escasez mundial de semiconductores. Y, como recién llegados al mercado de microprocesadores, los fabricantes de automóviles no tienen el peso que sí tienen otros compradores, por lo que a menudo quedan desatendidos cuando se agotan los suministros.
Se prevé que la situación de los fabricantes de automóviles solo empeore a medida que más bienes de consumo se vuelvan inteligentes mediante conectividad wifi o Bluetooth.
La creciente lista de artículos que requieren microchips resulta inquietante, ya que estos componentes se fabrican casi exclusivamente en algunos de los lugares más expuestos a desastres naturales del mundo: China, Japón, Taiwán, Corea del Sur, Malasia, Tailandia, Filipinas y California.
Esto tiene que cambiar. Necesitamos más instalaciones de fabricación de microchips y estas deben ubicarse en lugares con bajo riesgo de peligros naturales y de otro tipo.

Asegurar las cadenas de suministro
Pero ya se trate de microchips, virutas de madera o patatas fritas de bolsa, las empresas necesitan conocer a fondo sus cadenas de suministro si aún no lo hacen: qué reciben, con qué frecuencia, en qué cantidades, de quién, de dónde, cómo y por qué. La continuidad del negocio, los planes de contingencia y las soluciones alternativas deben establecerse con antelación para afrontar escenarios hipotéticos. Los gestores de riesgos, ya sean internos o consultores externos, deben participar en estos debates, al igual que los consejos de administración.
Los compradores corporativos de seguros y los gestores de riesgos deben comprender las diferencias entre las coberturas de seguro clave, como la interrupción de negocio estándar y la interrupción de negocio contingente, y asegurarse de que cuentan con la protección financiera adecuada.
Por último, y desde una perspectiva general, la sociedad necesita tener una mejor idea de dónde existen los puntos de estrangulamiento (tanto en los niveles de fabricación y distribución como en el mundo físico) para que puedan abordarse, aliviarse o incluso eliminarse. Además, debemos hacer más investigación para comprender cómo se comportan los consumidores ante las crisis. Los campos emergentes de la economía del comportamiento y la ciencia de la decisión tienen mucho que aportar a este debate.
Es un mundo diferente el que nos rodea, más interconectado y más peligroso. Y estamos aprendiendo por las malas que las cadenas de suministro mundiales no funcionan con el piloto automático.