En 2018, 258 millones de niños en edad de cursar la educación primaria y secundaria estaban fuera de la escuela. Ahora, debido a la pandemia de COVID-19 en curso, 1,2 mil millones de niños se encuentran fuera de la escuela, al menos de forma presencial.
Tanto en el mundo desarrollado como en el mundo en desarrollo, las escuelas han sido algo más que lugares de aprendizaje; los diseños de políticas las han convertido en redes de seguridad para los niños. Sin embargo, la pandemia actual ha desgarrado esas estructuras y ha revelado desigualdades profundas. Y ahora, con la necesidad de mantener el distanciamiento físico, las escuelas están cerradas en 146 países. Para muchos niños, esta red de seguridad vital ha desaparecido.
Pérdidas de aprendizaje
El impacto más evidente del cierre de las escuelas se ha producido en el aprendizaje de los estudiantes. Lamentablemente, incluso antes de esta crisis de salud pública, el mundo en desarrollo ya atravesaba una crisis de aprendizaje. El 53 % de los niños de países de ingreso bajo y mediano no son capaces de leer y comprender un texto básico a los 10 años. Ahora, a medida que el aprendizaje se traslada a plataformas remotas, es probable que esta crisis no solo se agrave, sino que también profundice las brechas entre quienes tienen ventajas para acceder a ellas y quienes no pueden hacerlo.
Alrededor del 65 % de los países de ingreso mediano bajo y menos del 25 % de los países de ingreso bajo han podido establecer plataformas de aprendizaje a distancia. Además, solo el 36 % de los habitantes de países de ingreso mediano bajo tiene acceso a internet, lo que suscita nuevas preocupaciones sobre el alcance del aprendizaje a distancia. Incluso entre quienes sí pueden acceder a estas plataformas, sabemos poco sobre su eficacia o su capacidad para atender las necesidades de los alumnos con capacidades diferentes, sobre todo en estos tiempos de presión.

Comidas escolares perdidas
En 2019, el Programa Mundial de Alimentos estimó que al menos 310 millones de niños de países de ingreso bajo y mediano recibían comidas en la escuela. Las comidas del mediodía han impulsado la matriculación (especialmente entre las niñas), mejorado el perfil nutricional de los niños, y aliviado la presión financiera sobre las familias pobres. Con las escuelas ahora cerradas y un aumento del riesgo de privación de alimentos y cadenas de suministro interrumpidas en el mundo en desarrollo, estos niños se enfrentan ahora a una mayor desnutrición y hambre. Junto con las comidas del mediodía, los niños también se ven privados de la compañía de sus amigos, algo esencial para su bienestar mental.
Presiones de la crianza
Durante este tiempo, los padres se han convertido, inevitablemente, en los principales responsables de atender las necesidades de sus hijos. Pero ¿qué tan preparados están? En el mejor de los casos, compaginan trabajos a tiempo completo con la educación en casa de sus hijos. Pero, en su mayoría, luchan por llegar a fin de mes. Una gran parte de la población de los países de ingreso bajo y mediano bajo trabaja en el sector informal, y se estima que sus ingresos han sufrido una caída del 82 % solo en el primer mes de la crisis. Sin redes de seguridad o con muy pocas, se han visto obligados a realizar desgarradores viajes desde las ciudades hasta sus hogares rurales, a menudo con sus hijos a cuestas. Estos padres tienen preocupaciones más apremiantes que la continuidad de la educación de sus hijos, y con razón.
Riesgos de la reapertura
Aunque algunos países han empezado a reabrir las escuelas, lamentablemente, esta podría no ser la mejor manera de responder a las necesidades de estos niños. Al reabrir las escuelas, existe el riesgo de romper los márgenes seguros del distanciamiento físico y de aumentar la transmisión de la infección. Si bien se sabe que la enfermedad afecta sobre todo a la población de mayor edad, las pruebas sobre la inmunidad de los niños frente a ella son poco claras.
La pandemia se está acelerando en el mundo en desarrollo y hay motivos para preocuparse de que los niños de estos países puedan ser más susceptibles a esta enfermedad debido a sus niveles de inmunidad potencialmente más bajos, que van asociados a una mayor prevalencia de la desnutrición. Y, aunque los niños estuvieran a salvo de contraer la enfermedad, seguiría existiendo el riesgo de que la transmitieran a sus profesores, al resto del personal escolar y a miembros de su propia familia, algunos de los cuales podrían incluso ser personas mayores, ya que los hogares multigeneracionales son bastante comunes en los países en desarrollo.
Soluciones a corto plazo
Aunque el aprendizaje tradicional en la escuela se ha visto interrumpido, sigue siendo fundamental que el aprendizaje continúe. Los estudiantes de países en desarrollo son propensos al abandono escolar, y los periodos prolongados de cierre de escuelas pueden hacer que algunos de ellos caigan en el olvido. El aprendizaje a distancia, por muy eficaz que sea, permite que los niños sigan aprendiendo, sobre todo cuando estas plataformas en línea son de acceso gratuito. Algunos gobiernos también han encontrado formas de seguir proporcionando comidas del mediodía a los niños. La protección social también debería extenderse a las poblaciones vulnerables como forma de garantizar que los padres puedan mantener a sus hijos.
Consecuencias duraderas
Las consecuencias de una crisis continúan manifestándose mucho después de que haya pasado. Las autoridades deben realizar esfuerzos enérgicos para volver a matricular a los niños y estar atentas a las tasas de abandono una vez que las escuelas reabran. Sin duda, la economía habrá sufrido un golpe tras esta crisis y muchos hogares habrán caído aún más en la pobreza. Esto también puede sacar a los niños de las escuelas y empujarlos al trabajo infantil. Quienes regresen a la escuela, por su parte, pueden haber tenido dificultades para seguir el ritmo de las clases.
La desmotivación y el estigma de quedarse atrás frente a sus compañeros también pueden llevarlos al abandono escolar. Por ello, es esencial ofrecer clases de refuerzo para que los niños alcancen los niveles básicos de aprendizaje esperados. Los gobiernos también deben seguir brindando asistencia financiera a los padres mientras intentan reiniciar sus carreras profesionales y cuidar de sus hijos. Asimismo, deben prepararse para la posibilidad de una segunda ola de la pandemia.
Crisis como esta pueden ampliar las brechas de oportunidades que perpetúan los ciclos intergeneracionales de pobreza y de baja creación de capital humano. La desigualdad educativa derivada de esta crisis seguirá afectando a la desigualdad de ingresos. Por ello, es aún más esencial que reestructuremos nuestros sistemas educativos para que sean más resilientes y sensibles a las diversas necesidades de los niños de todo el mundo.
