Unas horas antes de empezar la quimioterapia, un hombre llamado Chris se pone frente a la cámara de su teléfono móvil con una sonrisa traviesa y describe un hito de lo más absurdo, a las 13:37 de un miércoles. «No hay momento más hermoso en la vida de un hombre…», dice con regocijo pícaro. Porque ¿cómo no reírse cuando te han invitado a congelar tu esperma antes de que la quimioterapia y la radiación te conviertan en «Godzilla», apenas cuatro días después de que te diagnosticaran leucemia mieloide aguda a los 43 años y te dieran entre un 5 y un 15 % de probabilidades de sobrevivir?
Ah, y en la clínica de fertilidad se olvidaron de enviar a alguien con un kit para recoger la muestra, y cierran en poco más de 20 minutos, así que tienes que encender el iPad para buscar rápidamente algo que te estimule visualmente y te ayude a llenar un tubo estéril. Intenta no hacer caso de todos los documentos de consentimiento legal que te rodean ni del catéter que te han insertado quirúrgicamente en la vena yugular.
Y como no hay mensajeros disponibles, tu hermana —que ha estado corriendo medias maratones para ponerse en forma— se ofrece valientemente a guardarse el tubo recién llenado en el sujetador deportivo para mantenerlo a temperatura corporal antes de recorrer corriendo los 1,6 kilómetros hasta la clínica. Te la imaginas llegando justo cuando se cierra el plazo, precipitándose hacia el mostrador y gritando «¡Nooooo!» a cámara lenta, como en las películas de acción. Entrega su preciada carga justo a tiempo y exclama triunfalmente: «¡Es de mi hermano!»
Nada de la leucemia ni de sus secuelas es normal, y Chris Lihosit ha elegido afrontarla aprendiendo todo lo que puede sobre la enfermedad y burlándose de las muchas indignidades y absurdos que conlleva. Aunque algunas personas con cáncer son reacias a compartir su experiencia porque lo consideran una señal de debilidad, él sabe que el humor y la franqueza ayudan a romper el hielo y a mantener el tema visible.
El último día de 2015, Chris recibió uno de los aproximadamente 40.000 trasplantes de sangre de cordón umbilical que se habían realizado en todo el mundo hasta entonces. La sangre del cordón contiene las llamadas células madre y células progenitoras, que pueden dar lugar a glóbulos rojos que transportan oxígeno, glóbulos blancos que combaten las infecciones y plaquetas que forman coágulos.
La sangre de cordón trasplantada puede utilizarse para tratar o curar más de 80 afecciones, desde la leucemia hasta la anemia falciforme. A partir de las investigaciones actuales sobre el autismo, las lesiones cerebrales, la parálisis cerebral, la diabetes tipo 1 y las enfermedades cardiovasculares, entre otras, es probable que la lista de posibles aplicaciones crezca. Las nuevas estrategias incluso están convirtiendo la sangre de cordón que sobra tras el nacimiento en un potente preparado que podría proporcionar tratamientos que salven vidas a las víctimas de una catástrofe nuclear.
Las células madre y progenitoras también se encuentran en la médula esponjosa de algunos huesos y en la sangre que circula por nuestro cuerpo. Pero la sangre del cordón umbilical, que antes se descartaba como residuo médico, es especialmente rica en estas células. Como están descubriendo los investigadores, también podría ofrecer otras ventajas importantes.
Sin embargo, aunque un trasplante de sangre de cordón umbilical podría salvarte la vida, pasar por el proceso y luego empezar de nuevo —que tu supervivencia dependa de un bebé anónimo— dista mucho de ser fácil.
1. Antes
Los primeros casos de leucemia se documentaron hace unos 200 años. Los primeros informes conocidos, del cirujano escocés Peter Cullen en 1811 y del cirujano francés Alfred Velpeau en 1827, describían una desconcertante dolencia marcada por el agrandamiento del bazo. Cullen describió la misteriosa transformación del suero sanguíneo de su paciente: de un amarillo pálido y transparente a un líquido «lechoso». Velpeau quedó igualmente asombrado por lo que comparó con una papilla espesa, lo que le llevó a concluir que la sangre de su paciente fallecido estaba llena de pus.
Como sabemos ahora, la médula ósea produce células llamadas «blastos», que tardan en convertirse en glóbulos blancos que combaten las infecciones. Pero la leucemia acelera la producción al máximo e inunda la sangre de blastos que no se desarrollan como deberían. Este ejército de células inmaduras desplaza a las útiles y deja al organismo muy vulnerable a hemorragias internas o a invasores externos.
Aunque los factores de riesgo de la leucemia solo se comprenden parcialmente, los científicos la han relacionado con trastornos genéticos como la anemia de Fanconi y el síndrome de Down, así como con la exposición a la radiación o a toxinas como el benceno. Sin embargo, el crecimiento descontrolado de glóbulos blancos anormales ha abierto la puerta a tratamientos farmacológicos y de radiación que eliminan selectivamente las células de crecimiento más rápido del organismo. Como último recurso, los médicos pueden destruir deliberadamente todas las células leucémicas de la sangre y la médula ósea e intentar una renovación completa con células madre formadoras de sangre de otra persona.
De agosto a septiembre de 2015
A principios de agosto de 2015, Chris Lihosit enfermó con una fiebre agotadora, deshidratante y tan intensa que le empapaba el pijama, pero que desapareció misteriosamente dos días después. Durante una revisión, el día de su 43.º cumpleaños, su médico señaló que la causa más probable era una gripe veraniega.
Luego volvió a ocurrir lo mismo y se convirtió en un patrón inquietante: escalofríos a mitad de semana y una fiebre cada vez más alta que cedía el domingo. El lunes, Chris se encontraba bien, solo para que la secuencia se repitiera. Bromeaba sobre ello con sus colegas de T-Mobile, donde trabaja en desarrollo de software: «Bueno, ¡espero que no sea cáncer!»
De mayo a octubre, Chris se ofrecía como guardabosques en zonas agrestes fines de semana sí y fines de semana no para el Servicio Forestal de Estados Unidos, un trabajo físicamente exigente que implica patrullar los bosques de la cordillera de las Cascadas, en Washington, y recorrer senderos de gran altitud con una mochila que puede pesar hasta 32 kilogramos. Pero ahora, incluso a nivel del mar, se quedaba sin aliento al pasear a sus dos perros alrededor de la manzana. ¿Qué demonios estaba pasando?
Una consulta médica reveló un soplo cardíaco y sospechas de endocarditis, una infección del revestimiento interno del corazón. La alarma dio lugar a otra serie de pruebas que llevaron a Chris y a su marido, Bill Sechter, a la sala de urgencias 4 del Centro Médico de la Universidad de Washington.
Una lista en una pizarra documentaba la mañana del sábado: inserción de una vía intravenosa de gran calibre como posible conducto para antibióticos, una ronda de extracciones de sangre y conversaciones con el médico de urgencias. Entonces sonó el teléfono y la enfermera contestó, escuchó y respondió a varias preguntas seguidas: «Sí. Sí. Ah, vale. Vale. Sí». Se disculpó y salió de la habitación; al poco volvió con un «traje de protección integral», como lo describe Chris. Amarillo.
«Y fue entonces cuando pensamos: “Oh, mierda, esto va en serio. Algo va muy mal”».
Chris supo que sus niveles de neutrófilos, células que combaten las infecciones y que normalmente produce la médula ósea, habían caído tanto que sus defensas estaban por los suelos. También padecía una anemia grave: tenía aproximadamente la mitad de la cantidad normal de glóbulos rojos en la sangre.
No era endocarditis. Y cuando una de sus médicas hizo un frotis de sangre, vio en el portaobjetos del microscopio algo que no debería estar allí: blastos. Estas células leucémicas, detenidas en la adolescencia, anunciaban la horda que se avecinaba y que tanto había asombrado a los cirujanos del siglo XIX.
La médica le comunicó la noticia con pesar, y Chris y su hermana rompieron a llorar. En una emotiva publicación de Facebook ese mismo día, adjuntó una foto suya con bata de hospital y mascarilla rosa y escribió: «Este agnóstico declarado agradecería un poco de buena energía / pensamientos positivos, o incluso sus (¡trago saliva!) oraciones».
Más pruebas, incluida una biopsia de la médula ósea de la pelvis, dibujaron un panorama cada vez más inquietante. Tenía leucemia mieloide aguda, un cáncer de progresión rápida. La biopsia indicó que un asombroso 80 % de las células de su médula ósea eran cancerosas. Primer golpe.
Otros resultados indicaban que la quimioterapia no sería tan eficaz contra su tipo de leucemia. Segundo golpe.
Además, las pruebas genéticas lo situaron en la categoría de riesgo desfavorable al revelar que sus células cancerosas solo tenían una copia del cromosoma 21, una anomalía poco común asociada a resultados «desalentadores», según estudios recientes. Tercer golpe.
Chris tenía que empezar la quimioterapia de inmediato. Pero primero congeló su esperma. Luego, acompañado por su familia y un amigo cercano, celebró el inminente tratamiento con costilla de ternera y champán barato que habían introducido a escondidas en su habitación del hospital.
Durante tres días, recibió varias dosis de los fármacos anticancerosos cladribina, citarabina y mitoxantrona; esta última, una mezcla de color azul oscuro a la que suelen llamar «trueno azul». El medicamento tiñó su orina de un tono que describe como «verde Seahawks», en honor al equipo de fútbol americano de Seattle. A otros pacientes se les ha vuelto azul temporalmente el blanco de los ojos.
La tercera noche de la infusión de fármacos, un dolor repentino en la espalda se convirtió en una intensa presión en el pecho, como si lo estuvieran apuñalando. ¿Un infarto? En cambio, una tomografía computarizada de urgencia reveló dos coágulos sanguíneos recién formados: uno en la pierna derecha y otro en el pulmón derecho, consecuencias nada infrecuentes de la quimioterapia.
Durante los seis meses siguientes, Chris necesitaría transfusiones de plaquetas, que favorecen la coagulación, cada vez que sus niveles bajaran demasiado, e inyecciones diarias de un anticoagulante cuando subieran demasiado. Trece días después de ingresar en el hospital, publicó un mensaje más esperanzador en Facebook: «¡Por fin me voy a casa! Ahora empieza la verdadera aventura».
2. Durante
En 1988, la médica francesa Eliane Gluckman salvó a un niño de cinco años de Carolina del Norte tratándolo con lo que entonces se consideraba residuo médico. Al niño, Matthew Farrow, le habían diagnosticado anemia de Fanconi, un trastorno genético poco común que anula la capacidad de la médula ósea para producir nuevas células sanguíneas. En el Hôpital Saint-Louis de París, Gluckman utilizó sangre del cordón umbilical de la hermana menor de Matthew para un trasplante experimental. Funcionó. Matthew sobrevivió y ahora tiene un hijo.
Los científicos habían aprendido que, al igual que la médula ósea, la sangre del cordón umbilical es excepcionalmente rica en células madre hematopoyéticas —que pueden dar lugar a todos los tipos de células sanguíneas— y en sus descendientes más desarrollados, las células progenitoras, que tienen menos posibilidades de convertirse en otros tipos celulares.
Pero, a diferencia de la médula ósea, la sangre del cordón puede recogerse de antemano y conservarse durante décadas en nitrógeno líquido; una ventaja fundamental que hizo posible en 1992 el primer banco público de sangre de cordón umbilical del mundo, en Nueva York.
La sangre del cordón umbilical tampoco requiere un procedimiento invasivo para recogerla. «Una de las ventajas de un injerto de sangre de cordón es que es el único caso en que recoges células sin tocar al donante», afirma Mary Laughlin, directora médica del Centro de Sangre de Cordón de Cleveland, en Ohio. Cuando se pregunta a unos padres que celebran una nueva vida si donarían células que de otro modo acabarían en la basura, dice, «es una donación distinta».
En 1995, Laughlin y sus colegas realizaron el primer trasplante de sangre de cordón umbilical del mundo en un adulto: una mujer de poco más de 20 años a quien, como a Chris, le habían diagnosticado leucemia mieloide aguda. El equipo recurrió a la sangre de cordón tras no encontrar un donante de médula ósea compatible con los marcadores identificativos excepcionalmente poco comunes de las células de la mujer.
Para ayudar al sistema inmunitario a distinguir a los amigos de los enemigos, casi todas las células del organismo tienen marcadores proteicos en su superficie que las identifican como «propias». Heredamos la mitad de estos marcadores de cada progenitor, lo que significa que dos hermanos biológicos tienen una posibilidad entre cuatro de que todos sus marcadores coincidan. Pero estas proteínas —conocidas como antígenos leucocitarios humanos o HLA— pueden variar enormemente entre dos personas sin parentesco.
En el caso de la médula ósea y otros tejidos trasplantados, la probabilidad de encontrar una compatibilidad HLA fuera del círculo familiar inmediato puede caer drásticamente entre personas con ascendencias de mayor diversidad genética. En Estados Unidos, el Programa Nacional de Donantes de Médula Ósea gestiona el registro Be The Match, que busca en una base de datos mundial a posibles donantes adultos, más de 29 millones. Un estudio de 2014 indicó que los pacientes blancos de ascendencia europea tenían aproximadamente tres posibilidades entre cuatro de encontrar una compatibilidad óptima a través del registro, mientras que la probabilidad bajaba a menos de una entre cinco en el caso de las personas negras de ascendencia afroestadounidense, africana, caribeña o sudamericana o centroamericana. Como la paciente de Laughlin era mitad nativa americana y mitad afroestadounidense, no pudo encontrar ninguna compatibilidad adecuada.
Sin embargo, Laughlin y sus colegas predijeron acertadamente que un trasplante de sangre de cordón podría funcionar, en parte gracias a una peculiaridad del sistema inmunitario de los recién nacidos llamada tolerancia inmunitaria neonatal. Al distinguir lo propio de lo ajeno, las células de la sangre de cordón son mucho más tolerantes que las células adultas de la médula ósea. La posibilidad de utilizar sangre de cordón ha ampliado notablemente las opciones de los pacientes, y ahora los adultos negros de Estados Unidos tienen al menos cuatro posibilidades entre cinco de encontrar un donante adecuado.
Sin embargo, una de las mayores limitaciones de los trasplantes de sangre de cordón podría ser la cantidad: los médicos pueden extraer aproximadamente diez veces más células madre formadoras de sangre y células precursoras de una donación de médula ósea que de un cordón umbilical separado.
Los estudios empezaron a indicar que un trasplante de sangre de cordón quizá no bastara para reconstruir la médula ósea de un adulto, o que esta tardara más en funcionar, lo que dejaría al receptor peligrosamente expuesto a infecciones oportunistas o hemorragias durante ese intervalo. «Cuantas menos células se administran, mayor es el riesgo de muerte», afirma John Wagner, director del Programa de Trasplante de Sangre y Médula Ósea de la Universidad de Minnesota.
Wagner y otros investigadores pronto se dieron cuenta de que el trasplante de sangre de cordón sería inútil si no lograban mantener vivos a sus pacientes el tiempo suficiente para que se manifestaran sus beneficios.
De septiembre a diciembre de 2015
Por la clasificación de su leucemia, Chris se preparaba para varias rondas de quimioterapia. Él y su marido se alegraron muchísimo cuando una segunda biopsia de médula ósea indicó que la leucemia ya no se detectaba tras una sola ronda. Sin embargo, debido a su clasificación de alto riesgo, los médicos de Chris dijeron que era probable que el cáncer reapareciera si no se sometía a un trasplante de médula ósea.
Pero, como la paciente de Laughlin, Chris descubrió que había heredado un conjunto extremadamente poco común de marcadores HLA que identifican las células. En el registro mundial solo había un donante de médula ósea compatible con sus marcadores genéticos, y esa persona no podía donar. Chris y sus médicos coincidieron en que un trasplante de sangre de cordón era su mejor esperanza.
Primero, tendría que pasar otros cinco días en el hospital para recibir una ronda estándar de quimioterapia de seguimiento y eliminar cualquier célula cancerosa oculta. Chris conmemoró la ocasión con una publicación en Facebook en la que aparecía con un casco vikingo gris de fieltro y trenzas postizas. «¡Ronda 2… Y A LUCHAR!» Esta vez, la quimioterapia transcurrió sin contratiempos.
Sin embargo, ya era una cara conocida en el centro médico y tuvo que ingresar otras tres veces: dos por bacteriemia, una infección bacteriana de la sangre que provoca fiebre alta, y una para que los médicos controlaran una reacción alérgica a una transfusión de plaquetas, que siempre le recordaban a Chris al caldo de pollo.
La víspera de Navidad tuvo que volver a armarse de valor para recibir «la artillería pesada»: dos días de quimioterapia de acondicionamiento, cuyo principal fármaco era un derivado del gas mostaza. Se llama ciclofosfamida y actúa saboteando la maquinaria que copia el ADN en las células que se dividen rápidamente. Al hacerlo, se descompone y forma sustancias químicas tóxicas, entre ellas una de olor penetrante llamada acroleína, que puede destruir el revestimiento de la vejiga. Para neutralizar sus efectos, los pacientes deben tomar otro fármaco, llamado mesna, y beber mucha agua.
Tras un día de descanso, Chris empezó un tratamiento de radioterapia tan intenso que lo habría matado si se hubiera administrado en una sola dosis. En su lugar, los radiólogos utilizaron un acelerador de partículas para dirigirle rayos X en múltiples ráfagas durante sesiones matutinas y vespertinas a lo largo de cuatro días.
«Básicamente, te metes en una cabina de bronceado hecha de plexiglás transparente», dice. Con solo una bata de papel, Chris debía permanecer completamente inmóvil detrás de dos bloques metálicos de blindaje, cada uno del tamaño de un ladrillo, colocados para proteger sus pulmones de las cicatrices irreversibles causadas por la radiación. Dice que sí se bronceó un poco y que la piel dañada todavía parece papel crepé. Hay otro absurdo que aún le hace reír: aunque pidió música punk rock para una de las sesiones, le pusieron a todo volumen «Erotic City», de Prince.
Cuando terminó la última sesión de irradiación corporal total, el 30 de diciembre, el equipo de radiología se reunió para rendirle un último homenaje y dejó que Chris golpeara un pequeño gong ceremonial.
A principios de la década de 2000, los trasplantes de sangre de cordón en adultos, que todavía eran una opción de último recurso, estuvieron a punto de abandonarse por el dilema de cómo mantener vivos a los pacientes hasta que empezaran a funcionar las nuevas células de la médula ósea. Algunos investigadores razonaron que podían aumentar el volumen del trasplante administrando a los adultos dos unidades de sangre de cordón en vez de una. Wagner y sus colegas de la Universidad de Minnesota realizaron el primer trasplante doble en 2000, con células de dos donantes lactantes.
La estrategia redujo drásticamente la tasa de rechazo del injerto, en el que el organismo del receptor rechaza las nuevas células. Pero apenas cambió el tiempo necesario para regenerar la médula ósea, y algunos críticos han cuestionado si un trasplante doble de sangre de cordón aporta beneficios significativos. Wagner afirma que su investigación indicó que trasplantar una cantidad suficiente de células formadoras de sangre era necesario —pero probablemente no suficiente— para obtener mejores resultados. De hecho, la mejora de la supervivencia de los pacientes parecía depender más de modificar la combinación de fármacos administrados antes del trasplante.
Para sorpresa de los investigadores, también descubrieron que los donantes de un trasplante doble de sangre de cordón parecían luchar por la supremacía, en un curioso fenómeno de «injerto contra injerto» que casi siempre termina con el vencedor dominando las nuevas células de la médula ósea y la sangre del receptor. Filippo Milano, director asociado del Programa de Sangre de Cordón del Centro de Investigación del Cáncer Fred Hutchinson de Seattle, lo compara con una escena crucial de la película de 1986 Los inmortales, en la que el antagonista exclama: «¡Solo puede quedar uno!»
Una mañana soleada, casi un año después del trasplante de Chris, nos reunimos con el médico de origen italiano en su laboratorio para que saludara a uno de sus pacientes estrella y explicara la ciencia detrás del tratamiento que le salvó la vida. A Milano le apasionan el fútbol y la cocina. En sus ratos libres, bromea, investiga los trasplantes de sangre de cordón. Cuando llegó a «The Hutch» en 2009, Milano se asoció con Colleen Delaney, fundadora y directora del Programa de Sangre de Cordón, para probar y perfeccionar una estrategia de tratamiento que quizá acabe siendo una opción mejor que el trasplante de médula ósea para las personas con leucemia y alto riesgo de recaída.
A partir de colaboraciones y conversaciones con otros expertos del campo, Delaney fue pionera en un método para minimizar el riesgo de infección y hemorragia tras un trasplante de sangre de cordón, reduciendo el tiempo que tardan en funcionar las nuevas células sanguíneas. La estrategia se basa en lo que ella y Milano llaman una unidad de sangre «ampliada». A partir de una cantidad adicional de sangre de cordón, separan la diminuta fracción de células madre formadoras de sangre y sus primeros descendientes, y multiplican esa población en el laboratorio. Los cientos de millones —e incluso miles de millones— de células madre y progenitoras resultantes pueden poner en marcha la generación de células sanguíneas protectoras en el receptor. Si se infunden junto con un trasplante más tradicional, pueden actuar como un puente temporal hasta que la médula ósea de reemplazo tome el relevo. «La ventaja neta fue que se evitaron esos periodos de recuperación tan prolongados», afirma Wagner.
Delaney descubrió que un componente crucial es una proteína llamada ligando Notch. Cuando se añade a las células madre formadoras de sangre, el ligando Notch les permite dividirse rápidamente en el laboratorio, pero detiene temporalmente su desarrollo e impide que maduren hasta convertirse en la gama normal de tipos celulares. Y, algo fundamental, nunca dan lugar a linfocitos T ni B, que buscarían y destruirían cualquier amenaza percibida que careciera de los marcadores de identidad «propios» adecuados.
Según Delaney, introducir los linfocitos T de un donante en un receptor incompatible desencadenaría una enfermedad mortal de injerto contra huésped. «Esa es la clave: eliminamos todas las partes nocivas del sistema inmunitario que deben ser compatibles; de lo contrario, pueden matarte».
El «puente de recuperación» dura solo un tiempo antes de que los contingentes completos de otras células del donante empiecen a atacarlo y desmantelarlo. Pero, como al principio no hay células que comprueben las identificaciones, las primeras células madre formadoras de sangre no tienen que ser compatibles en absoluto con el receptor. Eso significa que la unidad «ampliada» de sangre de cordón podría prepararse con mucha antelación y utilizarse cuando se necesitara, como un donante universal.
Otros investigadores trabajan en estrategias con el mismo objetivo, y Mary Laughlin describe el progreso general como «muy emocionante». El trabajo de Delaney, afirma, «es muy importante: salva vidas y mejora la tolerabilidad y el éxito de estos trasplantes».
Diciembre de 2015
Es la mañana de Nochevieja y Chris escribe en Facebook: «¡Estoy tan nervioso como un futuro padre!». Una hora y media después, celebra su «cumpleaños cero» con una pequeña tarta de chocolate y una vela decorativa con el número «0»: el día en que sus propias células de médula ósea, eliminadas por la radiación y la quimioterapia, serán reemplazadas por unas cuatro cucharadas de un elixir que da vida, procedente de la sangre de cordón de dos bebés.
Chris y Bill han apodado a las donantes Amelia y Olivia por sus grupos sanguíneos: A negativo y O positivo. En una publicación posterior, Chris se maravilla ante las recién llegadas que vuelven a poblar su médula ósea: «Uso más crema sabor vainilla para el café que el volumen de células que está reconstruyendo todo mi sistema sanguíneo e inmunitario».
Cuatro horas después de las infusiones iniciales, recibirá el puente protector de células madre formadoras de sangre, recogidas y multiplicadas a partir de la sangre de cordón de un tercer bebé, un niño al que él y Bill han apodado Eddie. En un vídeo de celebración, ponen la versión de Kay Starr del clásico de Peggy Lee de 1946, «It’s a Good Day»:
Esta mañana me desperté y no quería salir de la cama. Pero llamé al hombre del tiempo y esto fue lo que me dijo:
3. Después
Los resultados preliminares sugerían que la estrategia de Delaney y Milano de añadir puentes temporales como Eddie a los trasplantes de sangre de cordón umbilical podría acortar considerablemente el tiempo necesario para reactivar la población de neutrófilos del receptor, los glóbulos blancos que digieren microbios.
A partir de sus primeros éxitos, los investigadores han puesto en marcha un ensayo aleatorizado de mayor escala con 160 pacientes. Ochenta reciben una o dos unidades de sangre de cordón umbilical intacta. Los otros 80, incluido Chris, también reciben la unidad experimental de células madre hematopoyéticas expandidas. Cuando Milano reclutó a Chris para el estudio, remató su explicación con un mensaje sencillo: «Lo único que quiero que tengas presente es que la sangre de cordón umbilical no es basura».
Chris se convirtió en el paciente número 69, un detalle que todavía le hace reír. Los investigadores creen que, en su organismo, las células de Eddie brindaron un apoyo inicial fundamental a la médula ósea hasta que las células de Amelia o de Olivia pudieron hacerse cargo.
Incluso antes de la nueva estrategia, una revisión de los trasplantes de doble cordón umbilical realizada por John Wagner y sus colegas indicó que los receptores corrían un riesgo de recaída significativamente menor que quienes recibían trasplantes de médula ósea. El beneficio parecía especialmente claro en las personas cuyas células leucémicas no habían sido erradicadas por completo con quimioterapia y radiación.
Desde entonces, Delaney, Milano, Wagner y otros han planteado una pregunta que antes era anatema entre los médicos: ¿y si la inesperada capacidad de la sangre de cordón umbilical para combatir el cáncer está, en realidad, vinculada a que exista una incompatibilidad parcial entre donante y receptor?
Milano explica el razonamiento: «Algo diferente luchará», dice. También por eso un gemelo idéntico es una mala elección como donante: si la médula ósea de reemplazo se parece demasiado a la original defectuosa, afirma Delaney, no hará nada nuevo para evitar que el cáncer reaparezca. «Es como si tus células dijeran: “¡Oye, hace tiempo que no te veo! Pasa, ¡vamos a celebrar!”», dice. De hecho, varios centros de trasplantes recomiendan ahora para pacientes de alto riesgo lo contrario de la estrategia que antes parecía intuitiva: usar sangre de cordón umbilical deliberadamente incompatible para reducir al mínimo el riesgo de recaída.
Aunque probablemente falte uno o dos años para completar y analizar el ensayo clínico, Milano dice que a Chris le ha ido excepcionalmente bien, incluso en comparación con quienes recibieron unidades expandidas de sangre de cordón umbilical. El investigador bromea diciendo que Chris recibió el modelo Tesla 2.0 de los trasplantes, aunque la variabilidad de los resultados también plantea la cuestión de si algunas unidades de donantes simplemente funcionan mejor que otras.
Bill se une a nosotros durante la visita y abraza a Milano. Hablan de los planes para una reunión muy esperada: en una reciente recaudación de fondos para el centro oncológico, Chris y Bill ganaron una cena que cocinará Milano.
Bajamos al sótano y miramos por la ventana de una sala de procesamiento celular sometida a controles rigurosos. Allí, los técnicos llevan gorros desechables, mascarillas, batas, guantes, polainas y cubrebotas para evitar que se contaminen las células madre destinadas al uso clínico. Luego cultivan las células durante unas dos semanas con el ligando Notch, que dirige su destino. Después de que otro laboratorio analiza cada cultivo para descartar los lotes contaminados, las unidades individuales de células expandidas de Eddie y otros donantes podrían almacenarse indefinidamente.
De enero a julio de 2016
Incluso con parte de la mejor ayuda que puede ofrecer la medicina, los receptores de trasplantes afrontan unas semanas angustiosas sin una médula ósea funcional, durante las cuales casi cualquier cosa puede matarlos.
El tercer episodio febril de bacteriemia de Chris apareció el cuarto día después del trasplante. Cada infección, atribuida a distintas cepas de E. coli que de algún modo habían pasado del intestino al torrente sanguíneo, encontraba nuevas formas de eludir los potentes antibióticos que le administraban sus médicos. Su estado empeoró durante cuatro días y culminó en un delirio febril que describe como una mezcla distópica de las películas Blade Runner y Speed Racer, con un gótico afroamericano como ángel de la guarda. Cuando por fin despertó, ya no tenía fiebre.
Tras el susto de la infección, Chris quedó confinado en su habitación para reducir al mínimo el riesgo de contagiar a otros pacientes la bacteriemia resistente a los medicamentos. Pero, dentro de él, Amelia y Olivia competían por convertirse en su ángel de la guarda interno y pronto dejaron atrás a Eddie.
Los receptores superan el primer gran hito después del trasplante —el prendimiento— cuando las nuevas células precursoras de la sangre empiezan a crecer rápidamente y a convertirse en los componentes adecuados dentro de la médula ósea. Los análisis de sangre diarios permiten seguir el progreso de las nuevas células: primero se recuperan los glóbulos blancos, como los neutrófilos, y luego los glóbulos rojos y las plaquetas.
Menos de tres semanas después del trasplante, los neutrófilos de Chris habían prendido por completo y las pruebas genéticas indicaban que Amelia había ganado decisivamente la batalla por formar su nueva sangre y médula ósea. De hecho, avanzó tan rápido que tuvo que quedarse dos días más en el hospital después de estar en condiciones de irse, para que Bill pudiera terminar de preparar el apartamento.
28 de enero: día del alta. Mientras su familia recogía sus cosas de la habitación del hospital, Chris se estaba duchando cuando lo invadió una oleada de agotamiento. Ya no podía mantenerse en pie ni siquiera secarse, y se quedó sentado, empapado, en el banco de la ducha hasta que Bill oyó sus gritos pidiendo ayuda.
Había sobrevivido, pero su vida había cambiado por completo.
En casa, había que desinfectar a diario todas las superficies con una solución de lejía. Al principio, Chris no podía recorrer los 100 pies del pasillo del apartamento sin apoyarse en su hermano. Hasta alcanzar los 100 días después del trasplante, cuando terminaba el período de mayor vulnerabilidad para los receptores, volvía cada dos días a la Seattle Cancer Care Alliance para hacerse análisis de sangre y revisiones.
En el día 97, Chris y su familia celebraron una victoria muy reñida cuando lo declararon oficialmente libre de cáncer: superviviente de leucemia.
Su «interminable desfile de medicamentos» exigía celebraciones de otro tipo todos los domingos para repartir casi 60 pastillas diarias en bolsas de plástico etiquetadas con la hora. También le fallaba a menudo la memoria, que antes era fotográfica: uno de los efectos secundarios persistentes de la quimioterapia, conocido como «quimio-cerebro». Además, solía sentir frío y hormigueo, o una sensación cálida y punzante de neuropatía en las manos y los brazos. Junto con los temblores en las manos, esto hacía que a menudo le costara sostener un bolígrafo o una cuchara con firmeza. Con el tiempo, estos síntomas disminuyeron, aunque de vez en cuando el hormigueo vuelve a aparecer por la noche en los pies.
Tuvo dos reactivaciones de una dolorosa infección vírica que se alojaba en los riñones y las vías urinarias y solía anunciar su presencia de forma dramática, con grandes coágulos de sangre en la orina. Descubrió que el remedio para aliviar el dolor tiñe de naranja brillante todo lo que toca, incluidos los fluidos corporales.
Como miembro entusiasta del Seattle Men’s Chorus, una enfermera le advirtió a Chris que no cantara ni tarareara durante meses, hasta que se recuperaran sus plaquetas, para evitar que se dañara permanentemente las cuerdas vocales. Tampoco debía tener relaciones sexuales ni masturbarse hasta que su cuerpo pudiera recuperarse, para evitar el dolor insoportable y el riesgo de desgarrarse el revestimiento de la uretra, romper un vaso sanguíneo y sufrir «moratones en lugares incómodos y raros», como dice Chris. La amenaza de otra E. coli también interfirió en su vida sexual (el sexo anal podía aumentar el riesgo de bacteriemia), al igual que el deterioro de la imagen que tenía de sí mismo. «Simplemente no te sientes cómodo en tu propia piel, y eso te quita un poco de confianza», dice.
Chris no es el único. Un estudio danés reciente con nueve pacientes descubrió que muchos aún tenían dificultades para recuperar su sexualidad un año entero después de un trasplante de médula ósea o de sangre de cordón umbilical, debido a una imagen corporal negativa, limitaciones fisiológicas y otras preocupaciones. Un hombre de 49 años describió su temor a desmayarse o desplomarse durante una sesión inesperadamente agotadora:
«Y en ese preciso momento, creías que ibas a morir porque simplemente… te faltaba el aire; querías terminar, aunque luchabas por respirar, porque no es justo para la otra persona parar. Así que pensé: “Si me desmayo, pues eso es lo que haré”, porque te exiges al máximo y luego tienes que quedarte quieto durante 10–15 minutos».
A pesar de todo esto, se recordaba Chris, las cosas podían ser mucho peores.
4. Ahora
A pesar de las decenas de estudios que documentan sus propiedades curativas, la sangre de cordón umbilical solo se conserva después del 5 por ciento de todos los nacimientos en EE. UU. El resto simplemente se desecha. Michael Boo, director de estrategia del National Marrow Donor Program, calcula que solo una de cada diez unidades conservadas supera las pruebas de selección exigidas y tiene volumen suficiente para justificar su almacenamiento a largo plazo.
La sangre de cordón umbilical también es notoriamente cara: cuesta entre 22.000 y 45.000 dólares por unidad. Debido a la demanda relativamente baja de los médicos, afirma Boo, los bancos públicos —al menos en EE. UU.— recogen todo lo que pueden permitirse conservar. Por tanto, además de convencer a los futuros padres para que donen, reducir el costo de los trasplantes de sangre de cordón umbilical puede depender de convencer a más médicos para que usen estas células y a más aseguradoras para que las cubran.
Las unidades que nunca llegan a almacenarse a largo plazo suelen destinarse a laboratorios de investigación como el de Milano o a la nueva empresa derivada del centro oncológico de Delaney, Nohla Therapeutics. La empresa emergente, con Delaney como directora médica, espera desarrollar un producto precursor de la sangre listo para usar —esencialmente, un fármaco biológico— que no requiera compatibilidad entre las etiquetas HLA que distinguen lo propio de lo ajeno (de ahí el nombre, derivado de «no HLA»). Si la empresa logra crear un donante universal a partir de células madre de sangre de cordón umbilical, los organismos de salud pública podrían, en teoría, reunir y almacenar en reservas las unidades.
Un posible uso ha despertado el vivo interés de la Biomedical Advanced Research and Development Authority, que forma parte del Departamento de Salud y Servicios Humanos de EE. UU. Como parte del Project BioShield, la agencia federal ha estado buscando intervenciones médicas para tratar el síndrome agudo por radiación tras la explosión de una bomba sucia o un desastre nuclear.
Al igual que la radioterapia que destruyó la médula ósea de Chris antes del trasplante, la radiación nuclear puede causar estragos en una médula sana. Y, así como Eddie proporcionó las defensas iniciales hasta que Amelia pudo hacerse cargo, una dosis oportuna de células madre hematopoyéticas podría ofrecer un período crítico de protección a las personas expuestas a la radiación, hasta que su propia médula ósea se recupere.
«Tenemos células madre increíblemente resistentes, así que quizá hagan falta dos meses, pero la mayoría de las personas, si logran vivir ese tiempo, finalmente volverán a producir sus propias células sanguíneas», dice Delaney.
Sin embargo, no todos están convencidos, y algunos críticos cuestionan la viabilidad y aplicabilidad de la intervención tras un desastre. No obstante, dice Delaney, el mismo producto temporal podría administrarse a cualquier paciente en riesgo con niveles bajos de glóbulos rojos, glóbulos blancos o plaquetas. «¿Tienes septicemia? ¿Acabas de recibir quimioterapia? ¿Te van a hacer un trasplante? ¿Ha explotado una bomba nuclear?»
Un lote reducido de células madre hematopoyéticas también podría ayudar a introducir una versión más económica de lo que Milano llama la estrategia Tesla 3.0: si los médicos pudieran obtener los mismos resultados de trasplante o mejores con una sola unidad completa de sangre de cordón umbilical más una unidad expandida lista para usar, podrían reducir considerablemente los costos.
En su nuevo laboratorio de Seattle, cuyas salas de reuniones llevan los nombres de pacientes anteriores, Delaney usa un pequeño dispositivo de descongelación para mostrar la sencillez que, según cree, podría ampliar enormemente la utilidad de su producto final y hacerlo más accesible para otras personas en el futuro. Una enfermera podría introducir una pequeña jeringa con células congeladas en un dispositivo junto a la cama, pulsar un botón para descongelar la solución e inyectársela al paciente. «No puede ser más complicado», dice Delaney, «porque, de lo contrario, no todos podrían recibirlo».
Julio de 2016 en adelante
Esta es la nueva normalidad de Chris, al menos por ahora: su cabello, antes completamente liso, está un poco rizado, más suave y más oscuro (¡ya no tiene canas!). Antes su grupo sanguíneo era A positivo; ahora es A negativo: la sangre de Amelia. Con su sangre y sus células inmunitarias, técnicamente es una quimera.
Los trasplantes de sangre de cordón umbilical pueden aumentar la incidencia de la enfermedad aguda de injerto contra huésped, en la que las células recibidas atacan a sus nuevos vecinos. Chris ha tenido que defenderse de ataques ocasionales contra sus propias células, entre ellos una erupción reticulada que le cubrió la espalda y los hombros. En una publicación de agosto de 2016 documentó otro episodio que afectó a su intestino: «¡Amelia, eso no está bien, no está bien!»
Sin embargo, en comparación con los trasplantes de médula ósea, la enfermedad crónica de injerto contra huésped podría dejar de aparecer antes tras los trasplantes de sangre de cordón umbilical; algunos receptores de sangre de cordón umbilical han podido dejar todos los fármacos inmunosupresores al cabo de solo un año.
Hasta ahora, la sangre de cordón umbilical de Amelia no ha traído consigo otro bagaje genético no deseado, aunque algunos receptores de trasplantes sí han adquirido nuevas afecciones genéticas, lo que plantea la cuestión ética de si los médicos también deberían informar de esos hallazgos a los padres del donante.
Chris siempre lleva un termómetro y en febrero de 2017 tuvo que empezar de nuevo todas las vacunas de su infancia, con ocho dosis de refuerzo combinadas en seis inyecciones dolorosas. Él y su familia también se han vacunado contra la gripe, pero sigue alerta para evitar a cualquiera que esté resfriado. Le encantan los niños, pero ahora le ponen nervioso, y las personas que no vacunan a sus hijos representan una amenaza muy real.
La fiebre del heno y sus alergias al polen de pino y a los perros de pelo graso han desaparecido, aunque podrían ser reemplazadas por otras. Para prevenir las que pueda, está reintroduciendo poco a poco posibles alérgenos, como la mantequilla de cacahuete.
Sus opciones de comida se han reducido tanto que varios amigos asistieron a clases de cocina para personas inmunodeprimidas para aprender a prepararle comidas. Todo debe mantenerse congelado o muy caliente. La mayoría de los mariscos y las ensaladas están descartados, al igual que las verduras crudas y los frutos secos. También lo están todas las frutas que no pueda pelar o frotar, los huevos poco hechos, muchos productos lácteos y el bistec poco hecho. «¿Quién en su sano juicio quiere un bistec bien hecho?», dice Chris.
En cuanto a los alimentos que aún puede comer, los efectos persistentes de la radiación habían alterado tanto su sentido del gusto que empezó a llevar una lista de las especias y sabores que lograba distinguir. La pimienta le sentaba mal al estómago. Y más de uno de sus antiguos alimentos favoritos se había vuelto prácticamente incomible. El chocolate —¡el chocolate!— sabía a engrudo. De pronto, el kétchup le daba asco.
Su cuerpo ha cambiado de otras maneras. Sigue padeciendo daños por la radiación en la piel, el cristalino de los ojos y otros tejidos. Su médico le dijo que necesitará operarse de cataratas en los próximos diez años. Y como las quemaduras solares podrían desencadenar una reacción grave de injerto contra huésped, ahora el sol es su enemigo.
La inactividad forzada y los efectos secundarios de la quimioterapia y otros fármacos le hicieron perder una cantidad alarmante de masa muscular magra. Cuando Chris empezó a entrenar con un preparador físico, no podía hacer ni una sola flexión.
Con un costo de 1,25 millones de dólares hasta la fecha —cubierto por el seguro, salvo por el deducible anual—, Chris ha renacido. Pero ¿quién es ahora?A veces se lo pregunta, y tuvo que atravesar una crisis existencial cuando comprendió que una parte esencial de él —su sangre vital— había desaparecido para siempre.
Una encuesta reciente a más de 400 supervivientes adultos de otro cáncer de la sangre, el linfoma, reveló que muchos seguían lidiando con el duelo, la culpa y preocupaciones existenciales años después del diagnóstico inicial. Más de la mitad habían perdido la sensación de seguridad, mientras que aproximadamente uno de cada cuatro había perdido el sentido de su propia identidad. Quienes se habían sometido a un trasplante de células madre eran los más propensos a expresar malestar respecto de su identidad y seguridad. Para Chris, el cálculo emocional ha implicado aprender a aceptar una nueva coexistencia con las células de una desconocida. Ahora, cada vez que le extraen sangre, Amelia está ahí.
Pero ella también existe por separado: es una niña pequeña que empieza su propia vida en algún lugar del mundo. En Nochevieja, Chris le dio las gracias por haberle permitido renacer, dondequiera que estuviera. Y el 26 de julio —la fecha que figura en la unidad de sangre de cordón umbilical— Chris y su familia la recordaron con una tarjeta. «En algún lugar de Estados Unidos, una niña de tres años celebró su cumpleaños sin saber que, en realidad, tiene dos vidas que celebrar», escribió en una publicación que acompañaba una tarjeta de su madre que decía: «Gracias por salvar a Chris. ¡Eres una niña de tres años muy especial y te queremos!»
Chris se ha reincorporado al coro comunitario que tanto quiere, ya no se queda sin aliento al pasear a sus dos perros habaneros y ha empezado a plantearse viajes más ambiciosos con Bill y volver a sus tareas de guardabosques. Para su alivio, también ha vuelto a pensar en proyectos de aficionado a la tecnología que le gustaría hacer, como pulir la lente de un telescopio o diseñar un minisatélite. «Física y mentalmente, supe que iba a estar bien cuando volví a interesarme por mis aficiones», dice.
Después de la heroica carrera de su hermana con su muestra de esperma, la clínica de fertilidad le dio a Chris algo más en qué pensar: la posibilidad de ser padre mediante fecundación in vitro si él y Bill así lo desean. Chris se alegra de que esa opción siga abierta, pese a las incertidumbres de su recuperación, la ocupada carrera de su marido y sus otras preocupaciones sobre el futuro.
Si alguna vez llega a hacerse realidad, ya ha elegido los nombres. Si es niño, Adam; si es niña, Amelia: siempre le ha gustado ese nombre.

