Esta solución barata de 700 años podría cambiar miles de millones de vidas

A Sadhu or a Hindu holy man gets his eyes tested at a free eye-care camp at a makeshift shelter before heading for an annual trip to Sagar Island for the one-day festival of "Makar Sankranti", in Kolkata, India, January 10, 2019
Providing glasses is a low-cost, high-impact way to improve lives and incomes in the developing worldImage: REUTERS/Rupak De Chowdhuri
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De las principales potencias económicas del mundo, 69 son empresas y solo 31 son países. Hoy en día, las empresas marcan el ritmo del cambio tecnológico y la innovación social. Allí donde lideran las empresas, las sigue la sociedad.

Todo inversor empresarial sabe que la clave de una buena inversión reside en calcular el riesgo y la rentabilidad; un riesgo bajo suele ser señal de una rentabilidad baja. ¿Podríamos aplicar esto también a los problemas sociales más acuciantes del mundo?

Encontrar soluciones a los mayores problemas del mundo exige estar dispuesto a asumir riesgos y apoyar soluciones con un gran capital inicial, sin pruebas de que vayan a tener éxito. Aunque los beneficios en términos de progreso social, productividad y bienestar podrían ser enormes, la posibilidad de fracasar y perder dinero basta para disuadir a muchos filántropos privados, salvo a los más audaces.

He dedicado más de una década de mi carrera a abordar el problema de la mala visión. Más de 2.500 millones de personas en todo el mundo necesitan corrección visual, pero no tienen acceso a ella, lo que se traduce en enormes costos sanitarios y pérdidas de productividad que ascienden a unos 3 billones de dólares al año.

El mundo institucional de los profesionales, la industria y los responsables políticos consideraba que abordar la crisis mundial de visión era un reto insuperable que implicaba afrontar riesgos e incertidumbres. Sin embargo, encontrar y catalizar una solución tendría repercusiones drásticas en la productividad de un país y podría revolucionar la vida y el bienestar de las personas.

Al apostar por un protocolo pionero de evaluación de la visión, que puso a prueba gafas nuevas y asequibles y flexibilizó la normativa sobre quién podía realizar pruebas de visión, Ruanda se ha convertido en el primer país en desarrollo del mundo en implementar una atención oftalmológica primaria universal, con enormes beneficios para toda su población.

Reproducir el éxito de los esfuerzos exhaustivos realizados en un pequeño país mediante una iniciativa mundial que impulse el cambio plantea mayores desafíos. A los gobiernos democráticos les cuesta asumir los riesgos necesarios y ofrecer la estabilidad a largo plazo que hace falta para generar cambios y llevar los proyectos a término.

Por otro lado, las empresas son ambiciosas y se orientan al impacto. Publicada este año en Davos, la Encuesta Global de Liderazgo de la Organización de Jóvenes Presidentes reveló que los líderes empresariales consideran que el sector privado es el ámbito más adecuado para lograr un impacto social, y que el 51 % ve la regulación gubernamental como un obstáculo, en lugar de una ayuda, para hacer el bien.

Las empresas que quieren hacer el bien deberían tener presente que abordar la mala visión proporcionando corrección visual a sus trabajadores es una oportunidad fácil de aprovechar. Alrededor del 90 % de los casos de mala visión en todo el mundo podrían resolverse con un simple par de gafas que cuesta apenas 1,50 dólares: una solución que existe desde hace más de 700 años y que a menudo se da por sentada en el mundo desarrollado.

Varias empresas, entre ellas el gigante estadounidense del comercio minorista de bienes de consumo Williams Sonoma, han empezado a ofrecer pruebas de visión y gafas correctoras a los trabajadores con salarios bajos. Los beneficios son enormes. El bienestar de los trabajadores mejora drásticamente: no solo ven mejor, sino que también se previenen lesiones mortales al trabajar con maquinaria pesada o en accidentes de tráfico.

Una inversión muy modesta tiene un gran sentido empresarial, pues genera beneficios tanto para los empleadores —al mejorar la productividad de los trabajadores y la retención del personal— como para los propios trabajadores, que pueden seguir ganándose la vida durante más tiempo y mejorar su bienestar general. Es una clara situación en la que todos ganan.

Una investigación publicada en The Lancet Global Health muestra que proporcionar gafas a los recolectores de té de Assam, India, mejoró la productividad en un promedio del 22 %. Esto equivale a una jornada laboral completa por semana, un aumento de la productividad que no igualan otras intervenciones de atención primaria de salud. Más de nueve de cada diez participantes en el estudio recomendarían las gafas a otros trabajadores, y es fundamental que quienes participan hagan suyos estos programas para que las inversiones necesarias tengan éxito y sean sostenibles.

Más sorprendente aún: entre las personas mayores de 50 años, el aumento de la productividad se acercó al 32 %. La atención oftalmológica primaria y las gafas pueden tener enormes repercusiones al ayudar a los trabajadores mayores a seguir trabajando; además, contribuyen a reducir la pobreza, ayudan a los familiares más jóvenes a permanecer en la escuela y mejoran la salud y el bienestar de los integrantes mayores de la comunidad. La lista continúa.

Esto constituye una prueba asombrosa e irrefutable del poder de las gafas. Más importante aún para los líderes empresariales, demuestra que ya se han probado soluciones reales, asequibles y disponibles, y que sus riesgos se han reducido.

Ahora, la Organización Mundial de la Salud y los jefes de Gobierno de la Commonwealth se están sumando, y ya existe un grupo de trabajo dedicado dentro de la ONU, The Friends of Vision, cuyo cometido es presentar resoluciones multilaterales que conviertan esto en una acción mundial.

Tenemos que encontrar más formas de elaborar estrategias para que el sector empresarial impulse el cambio. Sin duda, este es el mejor camino a seguir, no solo para abordar la mala visión, sino también cuestiones como la educación, la igualdad de género, la contaminación y otros pilares de los Objetivos de Desarrollo Sostenible.

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