Tras la pandemia, la Gran Renuncia y las renuncias masivas en EE. UU. podrían ser síntoma de una preocupación mucho más amplia: el estado de la salud mental de los estadounidenses.
Investigadores que compararon el número de suicidios durante la pandemia de gripe de 1918-1920 y la COVID-19 encontraron patrones similares: las tasas descendieron durante el primer año de cada acontecimiento y luego aumentaron bruscamente al año siguiente.
Según los investigadores, los trabajadores que no han podido renunciar a sus empleos durante la pandemia —por razones socioeconómicas y financieras— corren mayor riesgo de sufrir angustia psicológica.
Abordar el agotamiento, mediante herramientas como la telesalud y políticas de estímulo financiero, es fundamental para ayudar a evitar que empeore la crisis de salud mental.
De repente, EE. UU. se ha convertido en una nación de renunciantes. Desde trabajadores sanitarios exhaustos hasta directores ejecutivos que deciden pasar más tiempo con sus familias, los trabajadores estadounidenses han estado renunciando a sus empleos a un ritmo récord. En 2021, se estima que 47 millones de ellos dejaron sus empleos: muchos para cambiar de carrera y algunos simplemente para tomarse un descanso.
Ni las innovadoras prestaciones para empleados —la zanahoria— ni la perspectiva de perder el seguro médico —el palo— han servido para frenar mucho el éxodo. Los trabajadores han dado diversas razones para renunciar, como los salarios bajos, la falta de respeto en el lugar de trabajo, los problemas con el cuidado infantil y la sobrecarga laboral.
Los expertos en el ámbito laboral han bautizado este fenómeno como la Gran Renuncia y han buscado formas de abordarlo como una crisis de retención del talento. Pero ¿y si no lo fuera? ¿Y si las renuncias masivas fueran un síntoma y una advertencia que debemos atender, no tanto sobre el lugar de trabajo como sobre el estado de la salud mental de los estadounidenses? Millones de personas han tenido la oportunidad de renunciar a sus empleos, pero muchas no lo han hecho y están igual de exhaustas, con sus recursos psicológicos agotándose rápidamente. La pandemia ha agravado y hecho más visible una crisis de bienestar que bien podría durar años, con consecuencias potencialmente dramáticas.
La crisis de salud mental de 1920
No podemos predecir el futuro, pero sí observar patrones del comportamiento humano ante el trauma. Para comprender el impacto de la COVID-19 en la salud mental, puede ser útil mirar la última vez que la humanidad afrontó una situación similar: la pandemia de gripe de 1918-1920.
Hasta 1920, EE. UU. no contaba con una clasificación estandarizada de enfermedades para fines de seguimiento ni recopilaba datos sobre salud mental. Sin embargo, sí registraba las muertes por suicidio, que pueden tomarse como un indicador indirecto del bienestar mental —o de su ausencia—. Un examen de los datos de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) muestra un aumento de los suicidios justo después de aquella pandemia.
Las tasas descendieron entre 1918 y 1920, al pasar de 14,7 muertes por cada 100.000 habitantes en 1917 a 11,3 en 2020, pero luego volvieron a subir con fuerza, hasta 13,9 en 1921.
Los datos disponibles hasta ahora sobre la pandemia de COVID-19 son similares. Las tasas de suicidio descendieron durante el primer año, de 13,9 (47.511 muertes) en 2019 a 13,5 (45.855 muertes) en 2020. Las estimaciones sitúan la tasa de suicidio de EE. UU. en 2021 en 15,1. Esto coincide con la literatura sobre los efectos de las crisis a gran escala en la salud mental, como el desastre de Fukushima o el 11-S. El peor impacto suele sentirse alrededor de un año después del desastre, afirma Aki Nikolaidis, científico del Child Mind Institute, quien ha estado investigando los efectos de los factores de estrés de la COVID-19 en la salud mental.
Por supuesto, hay diferencias entre las dos pandemias. Para empezar, la gripe infectó a 500 millones de personas y mató a 50 millones, muchas más que la COVID-19 hasta ahora.
Además, la gente vivió la epidemia de gripe como una tragedia personal, sin ser consciente de una narrativa global como la que ha acompañado a la COVID-19 desde sus inicios. En aquel entonces, una proporción mayor de la población vivía en zonas rurales y la mayoría no recibía noticias sobre brotes de gripe que no le afectaran directamente. Esto era especialmente cierto en Europa, donde la gente a menudo afrontaba oleadas de gripe sin darse cuenta de que se trataba de una pandemia, afirma John Eicher, profesor de historia europea moderna que investiga un corpus de unas 1.000 cartas escritas por supervivientes de la pandemia de 1918-1920.
Quizá lo más importante sea que la pandemia llegó al final de la Primera Guerra Mundial, que ya había matado a 20 millones de personas en todo el mundo y herido a otros tantos. A diferencia de la pandemia, la guerra se había vivido como una tragedia colectiva, afirma Eicher, y el trauma seguía haciendo sentir sus efectos. Aunque estudios anteriores han demostrado que existe una relación entre la pandemia de gripe y el aumento de los suicidios en EE. UU., independientemente de las secuelas prolongadas de la guerra, la influencia de esta última aún dificulta un tanto comparar la situación de EE. UU. tras la COVID-19 con la que vivió después de la pandemia de gripe.
A menos que miremos a Noruega. Este país escandinavo, que ya destacaba por la recopilación de datos a principios del siglo XX, ofrece información valiosa sobre los efectos de la pandemia en la salud mental, porque no participó en la Primera Guerra Mundial.
Lo que revelan los datos de Noruega
Los datos noruegos sobre suicidios siguen un patrón similar al de EE. UU. Sin embargo, es poco probable que la guerra afectara de forma tan significativa a la salud mental de los noruegos en la década de 1920.
El país siguió siendo un supuesto «aliado neutral»: las presiones externas lo llevaron a simpatizar con el Reino Unido, pero el reino no llegó a implicarse militarmente de forma activa. Aunque los submarinos alemanes hundieron unos 400 barcos y causaron alrededor de 1.000 muertes, el impacto directo de la guerra en la población fue mínimo en comparación con el resto de Europa.
El país sufrió pérdidas mucho mayores a causa de la pandemia de gripe, que mató a entre 13.000 y 15.000 personas de una población de 2,65 millones, principalmente durante la primera ola de 1918. Después, Noruega también experimentó un aumento de los suicidios.
«Los datos se mantienen bastante estables desde 1910 hasta 1913, con un promedio de unos 150 suicidios al año. Pero en 1914 la cifra superó ampliamente los 200 y, al año siguiente, llegó a unos 240. Luego siguió aumentando y, para 1920, superaba los 400», afirma Carla Hughes, investigadora del Centro de Investigación sobre Pandemias y Sociedad de OsloMet. Esto equivale a una tasa de suicidio de alrededor de 15 muertes por cada 100.000 personas, superior a la de EE. UU. en esa época.
La magnitud de la crisis de salud mental en Noruega, según indican las cifras de suicidios, podría ser incluso mayor de lo que se ha informado, afirma Hughes. Gran parte de los datos sobre las muertes de la época procedía de parroquias e iglesias, que quizá no llevaban registros precisos de los suicidios, estigmatizados y considerados pecados.
Los suicidios no son el único indicador. Svenn-Erik Mamelund, profesor de demografía y presidente de la Sociedad Noruega de Demografía, recopiló datos sobre hospitalizaciones en instituciones psiquiátricas en los años posteriores a la pandemia y descubrió que las hospitalizaciones por primera vez aumentaron 7,2 veces en promedio (PDF) durante los seis años posteriores a la pandemia.
«Se informó que los supervivientes de la gripe española tuvieron problemas para dormir, depresión, distracciones mentales, presión arterial baja y mareos, así como dificultades para desenvolverse en el trabajo y en la vida cotidiana durante semanas, meses o incluso años después de 1918-1919», escribe Mamelund. También es probable que estas cifras sean inferiores a las reales porque, escribe, «es probable que las personas afectadas por una melancolía posgripal más leve o pasajera no acudieran a un psiquiatra».
También se notificaron síntomas similares en otros lugares. «La gripe dejó a los supervivientes con diversos síntomas mentales; muchos médicos y medios de comunicación los describían con términos similares a los utilizados para hablar de quienes sufrían neurosis de guerra tras la Gran Guerra», escribe Susan Kent, profesora de historia en la Universidad de Colorado en Boulder y autora de La pandemia mundial de gripe de 1918-1920. En 1919, escribe, la revista médica The Lancet señaló que «la depresión que sigue a la gripe es tan constante que debería considerarse parte de la enfermedad». Otras publicaciones científicas informaron de hallazgos similares.
Parte de la angustia mental parecía estar causada por la propia enfermedad, pero otra parte se debía al aislamiento o a ver morir a seres queridos. En una de las cartas que analizó Eicher, una mujer entró en estado catatónico tras presenciar la muerte de su hermana y del resto de su familia. Hughes también cree que algunas causas de la angustia podrían no residir en la exposición directa a la enfermedad y la muerte, sino en la experiencia del aislamiento seguida de momentos de socialización intensa.
El riesgo para quienes no pueden renunciar
Los síntomas de salud mental notificados por los supervivientes de la gripe parecen similares a los problemas que están llevando a los trabajadores exhaustos a renunciar a sus empleos. De hecho, renunciar a un empleo en el contexto de una pandemia puede verse como un mecanismo para afrontar la pérdida de control, afirma George Kohlrieser, psicólogo organizacional y profesor del Instituto Internacional para el Desarrollo de la Gestión en Lausana, Suiza. Hacer cambios en nuestra vida, dice, ayuda a procesar el duelo y, desde esta perspectiva, dejar un empleo podría ser una forma eficaz de sanar tras la experiencia traumática de la COVID-19.
Pero por cada trabajador administrativo agotado que decide tomarse un descanso de la rutina frenética, hay muchos más trabajadores pagados por hora, empleados con salarios bajos y progenitores solteros que no pueden permitirse perder sus ingresos o su seguro médico.
Un estudio sobre el impacto de la pandemia durante los primeros meses de la COVID-19 en trabajadores esenciales latinos fuera del sector sanitario mostró que su salud mental era incluso peor que la de los trabajadores de la salud, quienes corrían un mayor riesgo personal de exposición a la enfermedad, afirma Dana Garfin, profesora de salud pública en la Facultad de Enfermería de la Universidad de California, Irvine. Las causas solían ser socioeconómicas y financieras, como la pérdida de ingresos o la falta de opciones para el cuidado infantil.
Los trabajadores esenciales también corrían mayor riesgo de exposición a la COVID-19. Según una investigación de la Universidad de California en San Francisco, los trabajadores del transporte, la logística y el mantenimiento, seguidos por los de la agricultura y la manufactura, registraron tasas de mortalidad más altas que los empleados de otros sectores, por lo general mejor pagados. El mismo estudio encontró que los trabajadores latinos y negros de esos sectores experimentaron la mayor mortalidad excedente per cápita, lo que los expone a un mayor riesgo de sufrir traumas asociados a la pandemia.
La investigación de Nikolaidis y su equipo encontró que quienes sufren las consecuencias directas de un trauma colectivo —por ejemplo, ver morir a un ser querido— afrontan mayores amenazas para su bienestar mental. Sin embargo, estos no son los trabajadores que están renunciando en masa: los datos de la Oficina de Estadísticas Laborales sobre quienes dejaron sus empleos muestran que los trabajadores del transporte y la manufactura renunciaron a un ritmo menor que quienes trabajaban en servicios profesionales y empresariales, y por debajo del promedio general del sector privado. Entre los sectores con salarios más bajos, la hostelería sí registró muchas renuncias y cambios de empleo, aunque suele tener una rotación muy elevada (de hasta entre el 70 % y el 80 % anual).
En general, los trabajadores por hora o con salarios bajos no pueden permitirse renunciar sin tener un plan alternativo. «Si quieres tomarte siquiera un turno libre para cuidarte, tienes que decidir si estás dispuesto a perder tus ingresos para hacerlo», afirma Sarah Qadri, gerente de hostelería y eventos en Chicago.
Muchos siguen funcionando sin energía y sin la oportunidad de recuperarse, mientras la angustia psicológica no deja de acumularse con el tiempo. «Se palpa en el ambiente: todo el mundo hace lo que puede, pero están todos agotados», afirma Kristina Oak, gerente de una pequeña cafetería en Saint Paul, Minnesota.
La investigación de Nikolaidis muestra que algunos de los factores externos más determinantes del empeoramiento del estado de ánimo tras la COVID-19 eran las circunstancias sociales, como los ingresos o las dificultades económicas, así como las condiciones mentales y socioeconómicas de la persona antes de la pandemia. Las personas que trabajan en empleos por hora y con salarios bajos llevan mucho tiempo manifestando un estrés significativo relacionado con el trabajo, y podría decirse que su epidemia de agotamiento es anterior a la COVID-19.
El agotamiento como problema social, no individual
Si el agotamiento es más un problema social que individual, no puede resolverse únicamente con cambios en el lugar de trabajo. Adaptar los horarios para que sean más flexibles, ofrecer mejores prestaciones y permitir más autonomía podría ayudar a algunos trabajadores, por lo general más privilegiados. Pero no contribuirá a resolver una crisis de salud mental latente que ya estaba surgiendo antes de la pandemia, con tasas de suicidio que aumentaron más del 35 % entre 1999 y 2018.
Como sociedad, hay formas de abordar este problema. La telesalud facilita el acceso al apoyo para la salud mental y, durante la pandemia, cambiaron las políticas de reembolso, de modo que los seguros suelen cubrirlo.
Oak cuenta que recibir apoyo financiero directo, como los cheques de estímulo que el Gobierno de EE. UU. envió a la mayoría de los estadounidenses, le reportó beneficios considerables. «Las políticas financieras que se pusieron en marcha durante el primer año de la pandemia mejoraron tanto la situación económica de mi pareja y la mía que pude dejar mi segundo empleo», afirma Oak, quien gracias a estas medidas pudo dejar de trabajar en dos empleos de hostelería durante el segundo año de la pandemia. «Llevo 10 años trabajando en el sector de los servicios y viviendo al día; tengo que pagar 800 dólares al mes en préstamos estudiantiles y, gracias al estímulo, pude poner muchas cosas en orden», dice.
El Gobierno de EE. UU. parece consciente de la crisis que se avecina y ha propuesto una estrategia de salud mental con un presupuesto total de unos 1.000 millones de dólares para 2023, destinada a ofrecer servicios de salud mental, contratar personal especializado, apoyar a los trabajadores sanitarios de primera línea y reforzar el papel de las clínicas comunitarias de salud conductual.
Sin embargo, se han retirado del paquete de medidas de emergencia contra la pandemia algunas medidas que aliviarían la situación de muchas familias —como el crédito fiscal por hijos, las licencias parentales y médicas remuneradas, el apoyo para el cuidado infantil y las pruebas y el tratamiento de la COVID-19 gratuitos y de fácil acceso para pacientes sin seguro—, o estas tienen dificultades para avanzar en el proceso legislativo.
Algunas de las consecuencias más dramáticas de los dos últimos años de aislamiento y trauma, como la cifra récord de muertes por sobredosis, ya se han hecho visibles. El número de adultos que afirman sufrir problemas de salud mental se acerca ahora a los 60 millones, y la tasa de suicidio proyectada va camino de alcanzar un récord en este siglo. La historia sugiere que quizá esto no sea más que el comienzo.

