La propagación de la COVID-19 se ha acelerado y agravado por la agresión prolongada de la humanidad contra el mundo natural.
La pandemia debería servir de llamada de atención: nuestro impacto en el medio ambiente no se limita a las emisiones de carbono.
Ha llegado el momento de empezar a abordar los riesgos relacionados con la naturaleza que causan las actividades humanas.
¿Empezarán los bancos, las aseguradoras y los inversores a reconocer esta crisis sanitaria por lo que es: un síntoma de un comercio de degradación ambiental y delitos contra la fauna silvestre que mueve un billón de dólares al año?
Para quienes llevamos años intentando convencer al sector financiero de que evalúe y mitigue el impacto de sus actividades en el mundo natural, esta es ahora una gran pregunta. La COVID-19 demuestra que ha llegado el momento de que todo el sector financiero piense «más allá del carbono» e incorpore plenamente a su mapa de riesgos los impactos y las dependencias relacionados con la naturaleza. He aquí por qué.
Los economistas calculan que las repercusiones económicas de la pandemia de COVID-19podrían acercarse a los 10 billones de dólares—alrededor de una octava parte del PIB mundial—. Para evitar que esta crisis se repita, debemos centrar menos la atención en la salud humana y más en la ceguera colectiva de los reguladores y del sector financiero a la hora de reconocer la enorme dependencia de la economía mundial respecto de la biodiversidad, así como los devastadores efectos para todos cuando nuestro impacto sobre estos vínculos se vuelve cada vez más insostenible.
Entonces, ¿demuestra la ciencia el vínculo entre la destrucción de la naturaleza y la aparición de nuevas enfermedades como el coronavirus? En los últimos meses, varios laboratorios han investigado el genoma del coronavirus en seres humanos. Las secuencias de ácido nucleico tomadas de virus animales hallados en murciélagos de herradura presentan una buena coincidencia; una cepa de una cueva de la provincia china de Yunnancoincide en un 96 %. Esto sugiere que los murciélagos son probablemente el reservorio, pero algunas diferencias respecto de la versión del coronavirus presente en los seres humanos apuntan a una modificación a través de otro animal. Es muy posible que ese intermediario fuera un pangolín, porque la versión del coronavirus de esa especie tiene una capacidad especialmente buena para unirse a las células humanas, que no posee la versión de los murciélagos. Esos intermediarios podrían haber permitido que el virus diera el salto a los seres humanos.
La cepa anterior del SARS, que también se originó en murciélagos, coincidía en un 99,8 % con una hallada en civetas, otra especie que,al igual que los pangolines, se vende ilegalmente en los mercados chinos. Solo una combinación antinatural que reúna todos estos elementos de la fauna silvestre junto con los seres humanos puede acelerar enormemente las condiciones necesarias para que se produzcan múltiples mutaciones y surja una que finalmente burle nuestras defensas inmunitarias, haciendo que el virus se propague de forma explosiva.
Puede que los seres humanos no hayamos creado el coronavirus, pero hemos generado las condiciones antinaturales necesarias para que la naturaleza lance contra nuestra economía una bomba de relojería de 10 billones de dólares. Por fin, China ha actuado para cerrar los mercados de fauna silvestre de todo el país, aunque con 15 años de retraso. Sin embargo, aparentemente se trata de una medida temporal. En cualquier caso, China no es ni mucho menos el único país donde existen esos mercados.Una carta enviada esta semana a la Organización Mundial de la Salud, firmada por casi 250 organizaciones medioambientales, pide una ofensiva a gran escala contra los mercados de comercio de fauna silvestre en todo el mundo.

Pero la degradación de la naturaleza y la magnitud de los delitos medioambientales, junto con el blanqueo de sus ganancias, superan con creces el comercio de fauna silvestre por sí solo. El Fondo Mundial para la Naturaleza calcula que el comercio ilegal de fauna silvestre asciendea entre 15.000 y 23.000 millones de dólares al año, lo que lo convierte en el cuarto mayor comercio ilegal, después de las drogas. Por su parte, Europol estima que los delitos medioambientales directos, incluidos la tala, la pesca y la minería, podrían alcanzar un valor de hasta 213.000 millones de dólares anuales. Y el Banco Mundial calcula que el coste total de los delitos medioambientales, incluida la pérdida de servicios ecosistémicos de los que depende la economía, se sitúaentre 1 y 2 billones de dólaresal año en todo el mundo.
El coronavirus es un recordatorio contundente de las consecuencias que afrontará el sector financiero si la humanidad sigue interfiriendo con la naturaleza. Debería ser una llamada de atención para bancos, aseguradoras, inversores y empresas: la evaluación del impacto ambiental de sus actividades no debe limitarse a las emisiones de carbono.
Los gobiernos también deben redoblar sus esfuerzos. Se está preparando un Grupo de Trabajo sobre Divulgación Financiera Relacionada con la Naturaleza (TNFD), equivalente algrupo de trabajo sobre el climaimpulsado por Mark Carney y Michael Bloomberg en 2017, pero ahora debe avanzar rápidamente. Esto permitiría a los mercados financieros comprender mejor los riesgos y las oportunidades relacionados con la naturaleza.
Para los gobiernos y las empresas, ha llegado el momento de actuar. Los riesgos relacionados con la naturaleza afectan a muchos sectores, pueden ser mayores que los riesgos relacionados con el carbono y pueden golpear nuestra economía más rápido que el cambio climático. Es hora de solucionarlos.
