Tras las intensas olas de calor de este verano, que dejaron al menos 110 muertos, algunas personas en Japón se han preocupado por la seguridad de los atletas durante los Juegos Olímpicos de Verano de 2020, que se celebrarán en Tokio a finales de julio y principios de agosto, la época más calurosa y húmeda del año en el país. Una de ellas es Yoshiro Mori, presidente de Tokio 2020, quien ha propuesto una solución: adoptar el horario de verano (DST, por sus siglas en inglés) para que las pruebas programadas por la mañana, como el maratón, puedan celebrarse durante las horas más frescas. ¿Se beneficiaría Japón de este cambio?
En gran parte de Occidente, el horario de verano se ha utilizado durante mucho tiempo para ahorrar energía y ampliar el tiempo que los trabajadores pueden pasar al aire libre durante los oscuros meses de invierno y los calurosos meses de verano (aunque la Unión Europea está estudiando la eliminación del horario de verano, pues considera que cuesta más de lo que ahorra y debido a sus efectos sobre los biorritmos humanos). Dada mi amplia experiencia viviendo en Nueva Inglaterra, al principio consideré que adoptar el horario de verano en Japón era una solución relativamente sencilla, y no solo para el problema de los Juegos Olímpicos. Japón depende de combustibles fósiles importados del extranjero, especialmente de Oriente Medio, por lo que tiene un incentivo especialmente fuerte para reducir al mínimo el consumo de energía.
Sin embargo, la propuesta de Mori ha encontrado una considerable oposición. Un argumento especialmente convincente es que, con las tecnologías actuales, quizá no suponga un gran ahorro de energía.
Según el Ministerio de Medio Ambiente de Japón, un ajuste de una hora en 2008 habría permitido ahorrar una cantidad estimada en 0,910 millones de kilolitros de petróleo crudo al año. En comparación con el consumo total de energía de Japón —512 millones de kL de petróleo crudo en 2016—, esta cantidad es insignificante. Si se implantara hoy el horario de verano, probablemente reduciría el consumo de energía en menos del 0,2 %. En cuanto a la reducción de emisiones, el impacto sería igualmente insignificante.
Sin duda, para un país que depende de la energía importada, cualquier ahorro es valioso. Además, los recientes hallazgos del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático han demostrado que la amenaza del calentamiento global, debido a la dependencia de los combustibles fósiles, es aún más urgente de lo que se sabía. Pero, dados los posibles inconvenientes asociados a la introducción del horario de verano, no está claro si este método concreto para reducir el consumo de energía merece la pena.
Una preocupación que ha recibido especial atención es la posibilidad de que el horario de verano haga que la gente trabaje más horas. La cultura empresarial japonesa, centrada en las exitosas kaisha (empresas), es conocida por ser muy exigente, hasta el punto de que karoshi, o muerte por exceso de trabajo o agotamiento relacionado con el empleo, no es infrecuente. Quienes critican el horario de verano temen que, si todavía hay luz al final de la jornada laboral, los gerentes sientan presión para seguir trabajando y presionen a sus empleados para que hagan lo mismo.
Los japoneses suelen aferrarse a la tradición, y a los hombres les suele costar especialmente adaptarse a los cambios. Pero, como están demostrando algunas mujeres líderes del país, la implantación del horario de verano en Japón no tiene por qué ser una propuesta de todo o nada.
Hokkaido, la isla más septentrional de Japón, tiene días de verano especialmente largos, por lo que los argumentos a favor de un ajuste estacional son particularmente sólidos. Por eso, en 2003, la gobernadora Harumi Takahashi puso en marcha un plan experimental y totalmente voluntario de ajuste de horarios que funciona de forma muy parecida al horario de verano. Las oficinas gubernamentales y las empresas pueden optar por permitir que sus empleados lleguen al trabajo y se marchen una hora antes de lo habitual durante los meses de verano.
Otro experimento estacional exitoso fue la política «Cool Biz», introducida por la gobernadora de Tokio Yuriko Koike en 2005, cuando se desempeñaba como ministra de Medio Ambiente. Los lugares de trabajo japoneses renunciaron a parte de su formalidad —permitiendo que los trabajadores llevaran mangas cortas y acudieran a la oficina sin corbata ni chaqueta— para que los edificios de oficinas y comercios pudieran reducir al mínimo el uso del aire acondicionado. Además de los cambios en la temperatura de las oficinas y los códigos de vestimenta, Cool Biz ofreció a las empresas otros consejos para ahorrar energía, como permitir que los empleados empezaran a trabajar más temprano.
En vista de esto, probablemente no sorprenda que, según se informa, Koike reconozca los posibles beneficios de introducir el horario de verano en Japón. Sin embargo, incluso ella duda de que todo el país cambie la hora dos veces al año, sobre todo si la principal motivación está relacionada con los Juegos Olímpicos de Tokio de 2020. Desde su perspectiva, parecen más convincentes las soluciones flexibles, como dar la salida al maratón más temprano.
Adopte o no Japón el horario de verano, del debate se desprende un mensaje. Cuando se trata de introducir cambios en un Japón reacio a cambiar, el ingenio de las mujeres líderes del país bien podría determinar el futuro.

