Muchas de las niñas, madres y abuelas que llegan al hospital del Dr. Denis Mukwege, en el este del Congo, han sufrido una violencia sexual tan extrema que apenas pueden caminar.
El Dr. Mukwege habla de Sarah, quien fue tomada como rehén, atada desnuda a un árbol y violada en grupo hasta perder el conocimiento. Llegó al hospital sin poder mantenerse en pie, con graves lesiones internas en el intestino, la vejiga y el aparato digestivo.
Ella es solo una de las más de 80.000 mujeres que han llegado al centro de tratamiento del Dr. Mukwege desde que abrió sus puertas en 1999, ofreciendo atención médica gratuita a las víctimas de violación atrapadas en los continuos enfrentamientos entre milicias rivales en la República Democrática del Congo.
Muchas de ellas deberán someterse a operaciones largas y complejas, pero algunas sufrirán incontinencia e infertilidad el resto de sus vidas.
Quizá peor aún: entre el 40 y el 60 % de estas mujeres nunca podrá regresar a sus comunidades de origen. A veces se debe a la gravedad de sus lesiones. Pero, en la mayoría de los casos, se debe al profundo estigma que rodea su situación.
En muchas sociedades, la violación es motivo de profunda vergüenza y puede dejar a las víctimas aisladas, rechazadas o incluso expuestas al riesgo de ser asesinadas.
Pero guardar silencio sobre la violencia sexual ha otorgado impunidad a los agresores y ha propiciado la proliferación de las violaciones.
«Lo que mantiene la violación en nuestra sociedad es el silencio. El silencio [de las mujeres] es una herramienta muy poderosa para los violadores, que así pueden seguir destruyendo a niñas y mujeres», dijo el Dr. Mukwege en la Reunión Anual del Foro Económico Mundial en Davos.
«Si ella sigue en silencio, pueden violarla una y otra vez. Y no podrá proteger a otras personas».
Profundo daño psicológico
Tras ganar el Premio Nobel de la Paz en 2018, el Dr. Mukwege ha dedicado su vida a combatir tanto la violación como el estigma que la rodea.
Hay muchas Sarah, afirma el Dr. Mukwege, en muchos otros países asolados por conflictos; cita, entre otros, Bosnia, Myanmar, Irak, Colombia y la República Centroafricana.
Una de las consecuencias del silencio sobre estas atrocidades sexuales, sin embargo, es que hay muy pocos datos para evaluar o siquiera estimar la magnitud del problema. Es un crimen de guerra que apenas está documentado.

Otra consecuencia importante del silencio es que los agresores nunca son llevados ante la justicia, lo que causa un profundo daño psicológico a las víctimas, que a veces deben seguir viviendo junto a quienes abusaron de ellas.
Según el Dr. Mukwege, incluso cuando los agresores han huido, una reparación verdadera exige que la comunidad reconozca lo ocurrido. Gestos que parecen pequeños —como una placa o un pequeño monumento conmemorativo en el pueblo— pueden cambiar la percepción de que estos crímenes nunca deben volver a mencionarse, explica.
Una guerra contra la indiferencia
El silencio que rodea la violación como arma de guerra también se perpetúa, en cierta medida, tanto a escala internacional como local.
«Hago un llamamiento al mundo para que sea testigo y les insto a sumarse a fin de poner término a este sufrimiento que avergüenza a nuestra humanidad común», dijo el Dr. Mukwege al recibir el Premio Nobel de la Paz.
«Hacer la vista gorda ante esta tragedia es ser cómplice», dijo. «Si hay una guerra que librar, es la guerra contra la indiferencia que está corroyendo nuestras sociedades».
La violación y el acoso, aunque a menor escala, también han permanecido a menudo en secreto en el mundo desarrollado, y algunos de estos delitos están saliendo ahora a la luz décadas después.
Mientras continúa la lucha por la igualdad de género, puesta de relieve por el Día Internacional de la Mujer, el Dr. Mukwege hace campaña para sensibilizar sobre los muchos miles de mujeres que han sufrido actos inimaginables de violencia sexual y una vida de rechazo como consecuencia de la guerra.
Sueña con el día en que las mujeres puedan hablar libremente de lo que les ha ocurrido y los agresores sean quienes sientan vergüenza durante toda la vida. Y quiere que todo el mundo diga «no» a la indiferencia.
«Todos tenemos el poder de cambiar el curso de la historia cuando las convicciones por las que luchamos son justas», afirma el Dr. Mukwege.


