¿Qué son los adyuvantes? Todo lo que necesitas saber sobre los héroes anónimos de las vacunas

Bottles of adjuvants for use with the Pandemrix H1N1 flu vaccine are seen lined up during a vaccination programme
The concept emerged in 1925.Image: REUTERS/Jerry Lampen/Files
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  • Los adyuvantes se añaden a las vacunas para ayudar a inducir una respuesta inmunitaria más potente frente a la enfermedad y hacerlas más eficaces.

  • Las sales de aluminio son un adyuvante de uso muy extendido, que se añade a muchas vacunas autorizadas, como las de la difteria, el tétanos, la hepatitis y otras.

  • Anita Milicic, de la Universidad de Oxford, explica cómo funcionan y por qué, frente a los patógenos existentes y nuevos, necesitamos que el público los conozca mejor.

Pasando de una vaga familiaridad a ocupar el centro de atención como la única vía para salir de la pandemia, las vacunas se han convertido en un tema de conversación cotidiano. La mayoría de nosotros entiende ya el principio de la vacunación: nuestro sistema inmunitario recibe una parte de un patógeno y se le indica que genere una respuesta inmunitaria duradera frente a él, lo que nos protege de futuras infecciones. Pero pocas personas conocen los componentes de las vacunas que pueden ser esenciales para inducir una respuesta inmunitaria potente: los adyuvantes.

Denominados a partir del latín “adiuvare”, que significa “ayudar”, los adyuvantes llevan muchas décadas prestando su ayuda a los vacunólogos. Sin embargo, la falta de una comprensión clara de su funcionamiento ha empañado su reputación, dando lugar a calificativos como “alquimia” y “el secreto sucio del inmunólogo”.

El concepto surgió en 1925 cuando Gaston Ramon, un veterinario francés, descubrió que los caballos vacunados contra la difteria presentaban una respuesta inmunitaria más intensa si se producía inflamación en el lugar de la inyección. Ramon se propuso entonces probar una serie de materiales y alimentos comunes para comprobar su capacidad de provocar irritación e inflamación como aditivos de las vacunas.

Se creía que, si eran seguras para comerlas, también lo eran para inyectarlas; diversas sustancias, desde el pan rallado y el aceite hasta el agar y el jabón, demostraron mejorar las respuestas de anticuerpos en animales vacunados. Quizá sorprendentemente, algunos de los adyuvantes actuales siguen basándose en sustancias afines, solo que fabricadas con métodos más controlados y regulados.

Un descubrimiento igualmente fortuito se produjo un año después, cuando Alexander Glenny, un inmunólogo británico, utilizó sales de aluminio para purificar la proteína de la difteria. Esta preparación también dio lugar a respuestas de anticuerpos superiores en comparación con las vacunas anteriores contra la difteria y allanó el camino para que las sales de aluminio se convirtieran en el adyuvante más utilizado hasta la fecha.

Durante los 60 años siguientes, las sales de aluminio se añadieron a muchas vacunas autorizadas basadas en proteínas, incluidas las de la difteria, el tétanos, la tos ferina, la hepatitis, las enfermedades neumocócicas y las meningocócicas.

Mala fama

Sin embargo, la fama trajo consigo la mala fama. En la década de 1970 surgieron afirmaciones falsas según las cuales las sales de aluminio presentes en las vacunas pediátricas podían provocar la acumulación de aluminio metálico en el cerebro y causar daños. Se llevaron a cabo varios estudios de gran envergadura, pero no se encontró ningún efecto de este tipo. Aunque todavía no comprendemos del todo su funcionamiento, y de vez en cuando siguen apareciendo informes de efectos secundarios, las sales de aluminio siguen siendo un adyuvante de confianza y de uso generalizado. De hecho, la vacuna china Sinopharm contra la COVID contiene coronavirus inactivado combinado con una sal de aluminio.

En parte por las controversias, pero sobre todo porque las sales de aluminio no estimulan de forma eficaz el brazo celular del sistema inmunitario —los linfocitos T—, los científicos siguieron trabajando en nuevos tipos de adyuvantes, con el objetivo de lograr una gran potencia con efectos secundarios mínimos. En las últimas décadas se han desarrollado numerosas formulaciones nuevas, basadas en sustancias antiguas y nuevas: aceites y grasas, saponinas (compuestos de origen vegetal), polímeros, pero también combinaciones de componentes activos, guiadas por nuestra creciente comprensión del sistema inmunitario.

Ha surgido una nueva clase de adyuvantes, basada en moléculas comunes presentes en virus y bacterias que estimulan nuestro sistema inmunitario innato, la primera línea de defensa del sistema inmunitario. Basta con un puñado de receptores en nuestras células inmunitarias para detectar rasgos genéricos de una amplísima variedad de patógenos, desde moléculas de superficie hasta ARN o ADN. Este reconocimiento activa la segunda mitad de nuestro sistema de defensa, conocida como inmunidad adaptativa, que se encarga de reconocer y neutralizar un patógeno invasor concreto. Los adyuvantes que imitan moléculas comunes a muchos patógenos pueden utilizarse para poner en marcha nuestra respuesta inmunitaria a la vacuna.

En las últimas décadas, los organismos reguladores han aprobado solo unos pocos adyuvantes distintos de las sales de aluminio. El MF59 de Novartis, una emulsión que contiene aceite de escualeno de origen natural y agua, ha sido autorizado como parte de la vacuna estacional contra la gripe. Y tres sistemas adyuvantes de GlaxoSmithKline (GSK) están aprobados como parte de vacunas contra el herpes zóster, la gripe pandémica y el VPH.

Otro adyuvante potente y seguro es un compuesto llamado complejo inmunoestimulante (Iscom). Los Iscoms son nanoesferas en forma de jaula que se forman cuando la saponina se mezcla con dos tipos de grasas. Un ejemplo es Matrix M, incluido en la vacuna contra la COVID, fabricada por la empresa de biotecnología estadounidense Novavax.

Las vacunas de ARNm autorizadas contra la COVID, fabricadas por Pfizer y Moderna, también contienen un adyuvante. El ARN mensajero (ARNm) es un conjunto de instrucciones genéticas para que nuestras células fabriquen la proteína espicular, que se encuentra en la superficie del coronavirus. Los adyuvantes de las vacunas de ARNm son nanopartículas a base de lípidos o polímeros que protegen y estabilizan el frágil ARNm y mejoran su captación por nuestras células inmunitarias.

Se han administrado más de 550 millones de vacunas contra la COVID-19 en todo el mundo.Image: Our World in Data

No es un truco de una sola jugada

Los adyuvantes son versátiles. Pueden hacer que las vacunas sean más eficaces en determinados grupos de edad, como los bebés o los adultos mayores, en los que es más difícil inducir una respuesta inmunitaria sólida. Un ejemplo destacado es la vacuna Shingrix de GSK, que contiene una combinación de adyuvantes, AS01. Shingrix ha demostrado una eficacia notablemente buena frente al herpes zóster, que suele afectar a las personas mayores, un grupo notoriamente difícil de proteger porque la inmunidad disminuye con la edad.

Los adyuvantes también pueden modificar y ampliar la respuesta inmunitaria. Esto puede ser importante para patógenos que necesitan muchos componentes del sistema inmunitario para ser derrotados, como ocurre con la COVID-19 y enfermedades complejas como la malaria, o para patógenos que mutan mucho, como la gripe y el VIH. Los adyuvantes incluso pueden permitir utilizar media dosis de vacuna, una consideración importante en una pandemia en la que deben fabricarse y administrarse enormes cantidades de dosis en un plazo breve.

Ante los patógenos existentes y emergentes, y la demanda de vacunas altamente protectoras y seguras, los vacunólogos necesitarán toda la ayuda posible. Por fin podríamos disipar las dudas que aún quedan sobre los adyuvantes, que ahora se están convirtiendo en una herramienta habitual en el desarrollo de vacunas.

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