¿Qué hará falta para reconstruir la confianza en 2022?

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  • La transición del mundo en 2022 y más allá dependerá de si podemos reconstruir —y de cómo hacerlo— ese fundamento esencial de la vida moderna: la confianza.

  • En enero de 2021, el Barómetro de Confianza de Edelman constató que, en general, los gobiernos inspiraban menos confianza que las empresas y las ONG en todo el mundo.

  • Matthew Bishop, editor de negocios y economía, escribe que reconstruir la confianza debería ocupar un lugar prioritario en la agenda de todos en 2022.

El año nuevo comenzó con la variante ómicron aparentemente en todas partes. Aun así, hay buenas razones para esperar que en 2022 gran parte del mundo avance con decisión hacia una etapa pospandémica. De ser así, cabe esperar una «nueva normalidad», distinta de la antigua que dejamos atrás a principios de 2020. ¿Cuánto cambiará exactamente? Mucho dependerá de si podemos reconstruir —y de qué manera— ese fundamento esencial de la vida moderna: la confianza.

«Nacimos para confiar, pero solo en unos pocos. A lo largo de los siglos, hemos desarrollado los instintos, las herramientas y las instituciones para ampliar nuestro círculo de confianza a millones de personas», escribe el economista Benjamin Ho en su oportuno libro nuevo, «Why Trust Matters». En él sostiene que esta larga expansión de la confianza ha sido crucial para nuestra creciente prosperidad y el progreso humano. La COVID-19 sometió a una prueba de resistencia mundial sin precedentes esos instintos, herramientas e instituciones que supuestamente fomentan la confianza. Lamentablemente, la crisis reveló que muchos dejaban mucho que desear: desde nuestros gobiernos y sus dirigentes, y los contratos sociales entre los ricos y el resto de nosotros, hasta los medios de comunicación y las redes sociales, así como las redes de expertos que deberían orientar la opinión pública en temas que van de la ciencia médica a la economía.

La pandemia también puso en cuestión la forma en que veíamos incluso a esos pocos seres humanos en quienes nacimos confiando: nuestras familias y vecinos, médicos, docentes, compañeros de trabajo y otras personas, cuyos abrazos o apretones de manos se convirtieron de repente en una posible sentencia de muerte. Sin embargo, la mayoría confiamos en las burbujas y grupos reducidos de personas cercanas para recibir apoyo y superar la dura prueba física y mental de los últimos dos años. Comprender cómo se han profundizado a la vez la confianza en nuestros círculos inmediatos y la desconfianza en quienes quedan fuera de ellos será, sin duda, un tema central de la vida pospandémica.

¿Qué hará falta para reconstruir la confianza o, mejor aún, dado que su deterioro es un problema muy anterior a la pandemia, para recuperarla y hacerlo mejor? Ese es el tema central de esta primera recopilación de ensayos del nuevo Edelman Trust Institute. Sobre temas que van del gobierno y el trabajo a la inclusión racial y el cambio climático, nuestros autores describen los importantes desafíos que tenemos por delante y proponen ideas prácticas para construir confianza en 2022. También dejan claro que no hacer lo correcto podría tener consecuencias muy negativas para nuestro mundo.

Hacia gobiernos dignos de confianza

Al comienzo de la pandemia, la actualización de primavera de 2020 del Barómetro de Confianza de Edelman, «Trust and the COVID-19 Pandemic», informó de un aumento de la confianza en el gobierno. Como predije entonces, resultó ser una «burbuja de confianza» pasajera, probablemente debida más a la desesperada esperanza de que los gobiernos respondieran que a una confianza real en que lo harían. De hecho, en la mayoría de los países esa esperanza se desvaneció rápidamente a medida que aumentaba el número de muertes. En enero de 2021, el Barómetro de Confianza de Edelman constató que, en general, los gobiernos inspiraban menos confianza que las empresas y las ONG en todo el mundo, aunque seguían inspirando algo más de confianza que los medios de comunicación (véase «2021 in Review: Edelman Trust Barometer»). La mayoría de las personas encuestadas creía que el gobierno no era ni ético ni competente (mientras que, según también creían, las empresas eran las únicas que reunían ambas cualidades).

«Asegúrese de que lo que dice y lo que hace estén siempre en consonancia», afirma Dan Schulman, presidente y director ejecutivo de PayPal, en su entrevista con Rik Kirkland. Sin duda, esa es la primera regla para generar confianza. La hipocresía destruye la confianza, y quienes gestionaron la respuesta del gobierno británico a la COVID-19 fueron un ejemplo mundial: cometieron una serie de vergonzosos incumplimientos de sus propias normas, desde conducir largas distancias sin necesidad y mantener relaciones amorosas fuera de los grupos de contacto autorizados, hasta celebrar una «fiesta de Navidad» en una oficina de Downing Street durante un confinamiento nacional. Sin embargo, Boris Johnson y su equipo no son, ni mucho menos, los únicos; incluso Sanna Marin, la primera ministra de Finlandia, normalmente tan prudente, fue sorprendida en una discoteca cuando debería haber estado en cuarentena.

La incompetencia también destruye la confianza. Aunque es probable que durante años continúe el debate sobre el desempeño de los distintos gobiernos durante la pandemia —y en sus diferentes etapas—, dos años después incluso los que empezaron haciéndolo bien están perdiendo lustre. Por ejemplo, la popularidad de Jacinda Ardern, primera ministra de Nueva Zelanda, ha caído últimamente, pese a la ínfima tasa de mortalidad por COVID-19 del país, mientras la frustración por los confinamientos coincide con el peor brote desde el inicio de la pandemia

Quizá sea sencillamente demasiado difícil para cualquier gobierno acertar de forma constante al abordar un desafío tan tremendamente complejo como una pandemia, que exige encontrar el equilibrio adecuado entre demandas públicas que a menudo compiten entre sí: una atención sanitaria eficaz, prosperidad económica y libertades personales. Puede que haya llegado el momento, como sostiene Juha Leppanen, de tener gobiernos más «humildes». En vez de afirmar —y de que se espere de ellos— que tienen todas las respuestas, los responsables de formular políticas deberían, según propone, reconocer con honestidad sus limitaciones y dar prioridad a la colaboración con otros, incluidos sus adversarios políticos, para resolver los problemas más graves.

También harán falta parte de esa humildad y ese espíritu de colaboración para que las instituciones multilaterales de gobernanza del mundo sean dignas de confianza. La rápida propagación del virus de la COVID-19 fue, en parte, consecuencia directa de haber confiado demasiado antes en el sistema internacional: permitimos que se derribaran las barreras entre nosotros sin establecer mecanismos de detección ni otras protecciones que podrían haber impedido que el crisol de la globalización se convirtiera en un sistema hipereficiente de transmisión de enfermedades mortales. La Organización Mundial de la Salud ha tenido dificultades para cumplir su función, y no ayudaron ni la hostilidad (temporal) de Estados Unidos ni la falta de transparencia de China cuando se propagó la pandemia.

Será necesario un gran esfuerzo para crear un sistema internacional de alto rendimiento, capaz de afrontar mejor no solo posibles pandemias futuras, sino también otros desastres mundiales inminentes, desde el cambio climático hasta las crecientes tensiones geopolíticas, como las que existen entre Estados Unidos y China. La incapacidad de los países más ricos para suministrar suficientes vacunas y apoyo financiero a los países más pobres del mundo, devastados por la crisis, redujo aún más la confianza de estos en la justicia del sistema internacional. Esto dificultará todavía más alcanzar consensos sobre reformas mundiales cruciales, como quedó dolorosamente claro en las recientes negociaciones sobre el cambio climático de la COP26. Empezar a reconstruir pronto esta confianza entre las naciones debería ser una prioridad máxima en 2022, sobre todo para los gobiernos de los países ricos.

El difícil regreso a la oficina

Para muchos de nosotros, el acto más significativo de nueva normalización en 2022 será volver a la oficina. Como sostiene Kevin Delaney, es muy probable que los empleadores gestionen mal esta transición, sobre todo si no conceden flexibilidad y autonomía a los trabajadores que sienten que ahora merecen la confianza de sus jefes, después de haber trabajado con tanta dedicación a distancia durante la pandemia. Puede que ahora padezcamos fatiga de Zoom, pero pocos queremos volver a la monotonía del antiguo horario de cinco días, con reuniones durante el desayuno, horas punta y demás. Según el Barómetro de Confianza de Edelman de 2021, actualmente los trabajadores confían en «mi empleador» más que en cualquier otra institución. Pero eso podría cambiar rápidamente si los empleadores no corresponden a esa confianza y, en cambio, intentan imponer una política inflexible de «ven a la oficina o estás despedido». Es mucho mejor que los jefes actúen con inteligencia emocional y se impliquen de verdad con sus empleados para encontrar el equilibrio adecuado entre el trabajo remoto y el presencial.

En 2022, los jefes también tendrán mucho trabajo para generar confianza con los empleados y clientes de grupos minoritarios en materia de inclusión laboral, y con todos nosotros respecto de sus compromisos para combatir el cambio climático. June Sarpong expone seis prioridades prácticas para quienes aspiran a liderar de forma inclusiva, mientras que Natasha Landell-Mills sostiene que todo el entusiasmo reciente de los directivos por prometer que sus empresas alcanzarán las emisiones «netas cero» de carbono no servirá de nada si esos compromisos no van acompañados de un plan de acción y unas cuentas que reflejen de verdad las implicaciones financieras de combatir el cambio climático, que este año podría sustituir a la pandemia como el desafío mundial más apremiante para muchas personas.

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Poner fin a la infodemia

Hasta Bill Gates, el optimista más famoso del mundo, teme que en 2022 «la disminución de la confianza en las instituciones podría ser el mayor obstáculo que se interponga en nuestro camino». Atribuye gran parte de la culpa a la creciente polarización, impulsada, entre otras cosas, por las redes sociales, que «han desempeñado un papel enorme en la difusión de información errónea que hace que la gente desconfíe de sus gobiernos». Y los gobiernos no son los únicos afectados por esta llamada «infodemia». El propio Gates ha sido el centro de una descabellada teoría conspirativa popular entre los antivacunas, que difunden información errónea sobre la ciencia médica. La creación y rápida distribución de vacunas contra la COVID-19 es un logro verdaderamente extraordinario, por lo que la negativa de tantas personas de todo el mundo a vacunarse es quizá el indicador más claro que tenemos de la gravedad de la actual crisis de confianza.

Los ataques con información errónea también han debilitado la confianza en los medios de comunicación tradicionales, aunque Sharon Moshavi propone buenas ideas para que las organizaciones periodísticas puedan contraatacar. Lo mismo ha ocurrido con las ONG: Lysa John y Mandeep Tiwana creen que deberían haber ganado confianza gracias a su labor heroica durante la pandemia, pero las mentiras difundidas por políticos populistas que quieren debilitar la sociedad civil las han perjudicado. Instan a las organizaciones de la sociedad civil a utilizar más las redes sociales y otras herramientas de comunicación para generar confianza.

Por desgracia, hoy parece mucho más fácil generar confianza en un grupo socavándola en otro que hacerlo de forma inclusiva para acercar a todos, aunque esto último es lo que el mundo necesita en 2022. Tampoco está claro qué hacer ante la tendencia de las redes sociales a aislar a las personas en burbujas informativas que refuerzan sus propios sesgos y prejuicios y aumentan su exceso de confianza en tener razón. Sobre esto, incluso Gates admite, quizá por primera vez en su vida: «La verdad es que no tengo las respuestas».

Nadie dijo que reconstruir la confianza fuera fácil. Pero debería ocupar un lugar prioritario en la agenda de todos en 2022. Quizá algunas innovaciones ayuden. Puede que la cadena de bloques empiece a cumplir su promesa teórica como «motor de confianza». También podrían cobrar nueva relevancia ideas antiguas. En su libro, Ho propone recurrir más a las disculpas para generar confianza, sobre todo a las sinceras que conllevan algún coste personal. En última instancia, la confianza se gana siendo digno de ella. Schulman, de PayPal, tiene razón: lo fundamental es que nuestras palabras y acciones estén en consonancia.

Esperamos que estos ensayos impulsen nuevas conversaciones sobre cómo reconstruir la confianza este año e incluso aporten alguna idea práctica para sus propios esfuerzos por generarla.

Este artículo se publicó originalmente como parte de una serie especial del Edelman Trust Institute.

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