El 12 de abril, la República Democrática del Congo (RDC) cumplirá 42 días —o dos períodos de incubación— desde que el último paciente de ébola recibió el alta hospitalaria.
Ngozi Okonjo-Iweala, presidenta de Gavi, la Alianza para las Vacunas, afirma que es importante aplicar las lecciones aprendidas en la lucha contra el ébola para superar la COVID-19.
Subraya que debemos aprovechar este tiempo para reforzar y preparar los sistemas de salud más débiles, y que el desarrollo y la distribución mundial de una vacuna deben ser nuestra máxima prioridad.
La República Democrática del Congo pronto alcanzará un hito que marcará su éxito en la lucha contra el ébola. Mientras África se prepara para la COVID-19, una lección de la RDC es que la mejor esperanza para derrotar al coronavirus no es el distanciamiento social, sino una vacuna distribuida de forma equitativa.
El 12 de abril, la República Democrática del Congo cumplirá 42 días desde que dieron de alta del hospital a la última persona que había dado positivo en la prueba del ébola.
La fecha marca un hito importante. Corresponde al doble del período máximo de incubación —21 días— del virus, plazo que la Organización Mundial de la Salud establece para declarar el fin de un brote. Si todo sale bien, será un cambio extraordinario para la RDC y un testimonio del valor y la dedicación del personal sanitario, algunas de cuyas integrantes perdieron la vida mientras atendían a los enfermos.
El éxito de la RDC en la lucha contra el ébola quedó eclipsado por el hecho de que, durante esa lucha, murió aproximadamente el doble de personas a causa de un brote prevenible de sarampión. Una lección esencial para quienes formulan políticas y afrontan la mayor crisis sanitaria mundial en un siglo es que deben hacer todo lo que esté a su alcance para evitar que los sistemas de salud sobrecargados combatan dos epidemias al mismo tiempo.
El derramamiento de sangre y los enfrentamientos durante una brutal guerra civil agravaron el desafío que afrontaba la RDC al combatir los brotes de ébola y sarampión. El país tuvo enormes dificultades para inmunizar a su población contra enfermedades totalmente prevenibles. Se encontró librando una batalla sanitaria en varios frentes justo cuando necesitaba con urgencia movilizar los recursos disponibles contra una amenaza importante.
Es posible que la COVID-19 esté menos avanzada en muchos de los países más pobres del mundo, pero no debemos engañarnos pensando que un clima más cálido o una población más joven reducirán su impacto. El potencial de muertes y trastornos es aún más pronunciado que en los países más ricos, donde el virus ha golpeado con mayor fuerza.
Y, sin embargo, hacer frente a dos amenazas sanitarias importantes al mismo tiempo nos ha mostrado cómo evitar este escenario de pesadilla.
Nuestra primera prioridad es mantener los programas de inmunización existentes. En el caso del sarampión, la polio o cualquier otra enfermedad para la que haya habitualmente una vacuna de bajo costo, es fundamental mantener la inmunidad colectiva para evitar una carga innecesaria para los escasos recursos sanitarios.
A continuación, debemos reforzar la preparación. Varias organizaciones, entre ellas Gavi, la Alianza para las Vacunas (que presido), han puesto fondos a disposición —entre 200 y 300 millones de dólares en el caso de Gavi— para ayudar a los sistemas de salud más pobres del mundo a intensificar las actividades de vigilancia, invertir en pruebas, adquirir equipos de protección y capacitar al personal sanitario. La tecnología también está contribuyendo: pese a las legítimas preocupaciones sobre la privacidad, algunos países están desplegando aplicaciones de rastreo —una forma relativamente económica y eficaz de mitigar la propagación del virus. África también está utilizando drones para distribuir vacunas, equipos de protección y otros suministros esenciales en zonas remotas.
El distanciamiento social ralentizará la propagación de la COVID-19, pero no ganará la guerra. Nuestra mejor esperanza está en encontrar una vacuna. Aunque puede haber 41 candidatas de perspectivas diversas en desarrollo, debemos aprender de los errores del pasado. Con demasiada frecuencia, los gobiernos han acaparado las vacunas en los países donde se fabricaron. Debemos garantizar que, cuando haya una vacuna eficaz, esté al alcance de todas las personas que la necesiten, y no solo de unas pocas personas ricas y afortunadas.
Hay formas de evitar una distribución desigual de las vacunas. Gavi, que compra y distribuye vacunas a precios asequibles para el 60 % de los niños del mundo, utiliza habitualmente mecanismos innovadores como el Mecanismo Financiero Internacional para la Inmunización, el Compromiso Anticipado de Mercado y el Compromiso de Compra Anticipada para fomentar la producción y la distribución de vacunas. En el caso del ébola, Gavi creó incentivos para que Merck almacenara una vacuna experimental contra el ébola, que luego se puso a disposición de la OMS, que la desplegó en la RDC. También puede incentivar la producción, la ampliación de la escala y la distribución mundial equitativa de una vacuna contra la COVID-19.
Es posible que los países más pobres de África y de otras regiones no puedan hacer frente por sí solos a las consecuencias sanitarias y económicas de esta pandemia. La iniciativa mundial que ya está en marcha es esencial, porque la COVID-19 no conoce fronteras. Ningún país está a salvo hasta que todos los países lo estén.
Aún no estamos cerca del final del principio de la crisis de la COVID-19. Debemos aprovechar el valioso tiempo que tenemos para reforzar nuestros sistemas de salud y economías más débiles. Pero reforzar nuestras defensas no basta. Debemos pasar a la ofensiva y dar máxima prioridad al desarrollo y la distribución mundial de una vacuna.

