La pandemia ha puesto de manifiesto muchas de las vulnerabilidades de nuestros sistemas e instituciones.
Pero también nos ofrece la oportunidad de forjar un mundo más resiliente y sostenible.
Así pueden empezar las empresas y los responsables de políticas a construir el futuro verde e inclusivo que necesitamos.
Debido a la pandemia en curso, el mundo está desequilibrado, y lo seguirá estando durante años. Lejos de asentarse en una ‘nueva normalidad’, debemos esperar un efecto dominó de la COVID-19 que desencadenará nuevas perturbaciones, tanto positivas como negativas –, durante la próxima década.
La ola de disturbios civiles que recorrió recientemente Estados Unidos y otros países puede ser un ejemplo; es probable que la pandemia haya contribuido al contexto en el que la ira y la desesperación desembocaron en indignación y disturbios tras la muerte de George Floyd. Otras posibles discontinuidades inducidas por la COVID que se avecinan van desde una crisis financiera en toda regla hasta un cambio drástico en el ritmo de la transición energética mundial: algunos analistas consideran ahora que la demanda de combustibles fósiles podría haber alcanzado su máximo en 2019, y de forma definitiva.
El virus ha puesto de relieve numerosas vulnerabilidades –en las empresas, las cadenas de suministro, las economías, los sistemas sanitarios y las instituciones políticas– que deberán abordarse en el mundo posterior a la crisis. Ha subrayado la interdependencia de nuestros sistemas naturales, sociales y económicos, y ha recordado de forma contundente la magnitud de los riesgos sistémicos que pueden acumularse cuando permitimos que las debilidades y los impactos negativos se acumulen con el tiempo.
Una recuperación inclusiva y verde es fundamental si queremos crear economías más resilientes y un mundo en el que las empresas puedan prosperar, no solo ahora, sino también en el futuro. Hay señales positivas de que, en algunos países, los rescates y los paquetes de estímulo se han diseñado teniendo en cuenta estos criterios, pero esto no es en absoluto universal. Parece inevitable que algunos gobiernos repitan los errores cometidos tras la crisis financiera de 2007-8, cuando, en muchos casos, las políticas adoptadas después de la crisis agravaron la desigualdad y consolidaron resultados insostenibles.
Una verdadera recuperación de la COVID-19 no consistirá en volver a poner las cosas como estaban: necesitamos ‘reconstruir mejor’ y ‘reiniciar’ si queremos abordar las profundas vulnerabilidades sistémicas que la pandemia ha expuesto. Para las empresas, reconstruir mejor es mucho más que la responsabilidad social corporativa: consiste en alinear de verdad los mercados con los sistemas naturales, sociales y económicos de los que dependen. Se trata de crear una resiliencia real, impulsar un crecimiento equitativo y sostenible, y reinventar el propio capitalismo.
Resiliencia
Para estar mejor preparadas ante la próxima crisis cuando llegue, las empresas deberán establecer un mejor equilibrio entre eficiencia y resiliencia en todo, desde la gestión financiera hasta la configuración de la cadena de suministro. Las cadenas de suministro complejas podrían dar paso a otras más sencillas. El «justo a tiempo» podría ser sustituido por el «por si acaso» como lema de los equipos de compras y producción.
Las empresas deberán trabajar con una amplia gama de socios para garantizar que todos los riesgos –financieros, medioambientales y sociales– se comprendan, valoren y, siempre que sea posible, mitiguen adecuadamente. Cada vez será más esencial que las empresas realicen evaluaciones de riesgo exhaustivas e integradas para cumplir sus obligaciones fiduciarias y mantener su licencia social para operar.
En última instancia, sin embargo, solo somos tan resilientes como los sistemas de los que dependemos. Las empresas deben afrontar su necesidad de –y su impacto sobre– la resiliencia sistémica. Tras la COVID-19, esto requerirá inversiones en regeneración (de economías debilitadas, comunidades sacudidas y ecosistemas naturales sobreexplotados) y adaptación (para aumentar nuestra capacidad de hacer frente a futuras perturbaciones).
Crecimiento futuro
El argumento a favor de las medidas de estímulo «verdes» es claro: es probable que generen más empleo y un crecimiento (equitativo) más elevado en el corto plazo, al tiempo que reducen los riesgos a largo plazo vinculados al cambio climático y a la pérdida de biodiversidad, crisis que, si no se abordan, provocarán una perturbación de nuestras economías y sociedades de órdenes de magnitud superior a la de la COVID-19.
Tras la Segunda Guerra Mundial, la necesidad de reconstruir físicamente las ciudades y la industria de Europa implicó que existiera una demanda abundante del capital aportado a través del Plan Marshall, que se utilizó de forma productiva. La COVID-19 no ha provocado una destrucción física, por lo que una cuestión clave para la recuperación económica es de dónde procederá la demanda, sobre todo porque probablemente pasarán años hasta que la confianza y el gasto de los consumidores vuelvan a los niveles previos a la crisis.
El reto de descarbonizar economías enteras puede ser la fuente de la demanda necesaria para impulsar la recuperación económica y crear empleos de calidad. Ahora más que nunca, integrar los objetivos climáticos en la estrategia empresarial puede ser un factor clave para el éxito a largo plazo.
Preparar el capitalismo para el futuro
La COVID-19 ha puesto al descubierto la fragilidad y los resultados negativos para la sociedad de las economías capitalistas contemporáneas. Ha reforzado el argumento a favor de avanzar hacia un modelo más sostenible e inclusivo. La pandemia ha debilitado temporalmente lo que Milton Friedman llamó ‘la tiranía del statu quo’ y ha creado un contexto en el que un cambio transformador es, al menos, posible. Es fundamental que aprovechemos esta oportunidad para corregir los incentivos y los flujos de información rotos que se encuentran en el corazón de nuestro modelo actual de capitalismo.
Los gobiernos y los reguladores deben intervenir para garantizar que las empresas responsables internalicen los costes de los daños medioambientales y sociales: los beneficios no pueden lograrse a expensas de la resiliencia social a largo plazo. Las empresas deben mejorar la calidad y la coherencia de la información que divulgan sobre riesgos, impactos y estrategias, e integrar estos factores en las estructuras de remuneración, gestión y gobernanza.
Los inversores, a su vez, deben integrar mejor la información ambiental, social y de gobernanza (ESG) exhaustiva en los análisis financieros y los modelos de valoración. El hecho de que muchos fondos ESG hayan superado a los fondos tradicionales desde comienzos de 2020 debería dar a los inversores y a las empresas el impulso necesario para acelerar el trabajo en este ámbito. Para que el capitalismo logre una recuperación sostenible e inclusiva, es fundamental que el coste de capital de las empresas refleje la calidad de su gobernanza y su impacto en la sociedad y el medio ambiente.
Si no aprovechamos esta oportunidad para reconstruir mejor –para reiniciar y reinventar en lugar de «volver a la normalidad»–, los riesgos y las vulnerabilidades sistémicas seguirán acumulándose, lo que hará que las futuras crisis sean más probables y más peligrosas. A pesar de la tragedia, debemos aprovechar la pandemia de COVID-19 y asegurarnos de que se convierta en el catalizador de una transformación profundamente positiva de la economía mundial, que nos acerque a un mundo en el que todas las personas puedan vivir bien, dentro de los límites planetarios.
Para más información, consulte Las consecuencias de la COVID-19 para la próxima década, un informe elaborado por Volans y el Consejo Empresarial Mundial para el Desarrollo Sostenible (WBCSD) como parte de una actualización de la Visión 2050 del WBCSD.

