Cómo demuestra la COVID-19 que estamos desperdiciando la revolución de la movilidad

Passengers wearing face masks ride a subway train on the first day the city's subway services resumed following the novel coronavirus disease (COVID-19) outbreak, in Wuhan of Hubei province, the epicentre of China's coronavirus outbreak, March 28, 2020. REUTERS/Aly Song - RC2SSF9A3QMB
Passengers wearing face masks ride a subway train in Wuhan of Hubei province, the epicentre of China's coronavirus outbreak, 28 March 2020.Image: REUTERS/Aly Song
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  • La COVID-19 ha demostrado lo inaccesibles que son las opciones de transporte público para la población más vulnerable.

  • Debemos mejorar la recopilación de datos y aumentar la digitalización.

  • Todas las respuestas políticas deben incluir una reforma importante de la infraestructura.

La pandemia de COVID-19 nos ha ofrecido una imagen contundente —aunque dolorosa— de cuánto hemos dejado atrás a nuestras poblaciones más vulnerables. El lunes 23 de marzo, en un esfuerzo por distribuir 650.000 pruebas, el Gobierno español descubrió la realidad que se ocultaba tras la muerte de muchos de sus residentes de edad avanzada: abandono y trato inhumano.

Aunque la COVID-19 plantea y pone al descubierto nuevos desafíos sanitarios, el aislamiento y el abandono de las poblaciones vulnerables han sido un problema durante muchos años. Ya en 2014, las Naciones Unidas publicaron un estudio que relacionaba el 75 % de la mortalidad infantil con deficiencias sistémicas en la infraestructura de transporte. Más recientemente, en 2017, un estudio de AARP mostró que el aislamiento social supone para Medicare un gasto presupuestario comparable al de enfermedades crónicas como la artritis y la hipertensión. El estudio de AARP también mostró que, entre las personas encuestadas, quienes sufrían aislamiento social murieron en una proporción un 50 % mayor que quienes mantenían vínculos con otras personas, en un plazo de seis años.

Lamentablemente, ninguno de los dos informes propició un cambio real. Tampoco lo hizo la multitud de nuevas tecnologías basadas en datos que ofrecen conocimientos potencialmente revolucionarios sobre el acceso efectivo de las personas a servicios esenciales como tiendas de comestibles, escuelas, empleos, entrevistas de trabajo y citas médicas. Durante el último siglo, hemos dependido en exceso del transporte público para sostener el crecimiento socioeconómico y el acceso generalizado a la atención sanitaria.

Al reducir la seguridad del uso de las opciones de transporte público, la COVID-19 demuestra que hemos desperdiciado la revolución tecnológica al ofrecer nuevas opciones de movilidad a quienes ya cuentan con los servicios de transporte tradicionales, en lugar de llegar a las personas vulnerables.

Entonces, ¿cómo podemos mejorar el transporte para las poblaciones vulnerables? La respuesta está en los nuevos datos y las nuevas tecnologías.

Las opciones de transporte actuales se basan en demasiadas suposiciones

De hecho, las soluciones de movilidad actuales disponibles para las poblaciones vulnerables no solo son insuficientes, sino que también han permanecido en gran medida al margen de la Cuarta Revolución Industrial. En cambio, las decisiones sobre su gestión y despliegue siguen basándose en suposiciones y en procesos obsoletos de recopilación de datos que dejan puntos ciegos cruciales.

Suponemos, por ejemplo, que un supermercado es accesible para una comunidad de personas mayores si estas tienen que caminar 30 minutos para llegar allí o hasta la parada de autobús más cercana. Creemos que estos mismos autobuses pueden utilizarse durante todo el año, incluso sin marquesina y aun en medio de tormentas de nieve. También suponemos que los numerosos desiertos de movilidad que quedan —zonas geográficas a más de 30 minutos de cualquier medio de transporte, salvo los automóviles de propiedad individual— no tendrán un gran impacto en la economía, la sociedad o la salud pública.

Este virus, que afecta principalmente a las poblaciones vulnerables —entre ellas, las personas mayores y quienes tienen el sistema inmunitario debilitado—, ha paralizado al mundo entero. Hemos ensalzado una revolución tecnológica destinada a transformar las expectativas sobre la calidad de vida, pero la COVID-19 es una poderosa imagen que sugiere que, en realidad, la estamos desperdiciando en clientes a quienes se bombardea con ofertas, en lugar de garantizar la viabilidad de nuestro mundo.

Modernizar las soluciones de transporte

Ahora que la COVID-19 nos ha mostrado lo inaccesibles que son las opciones de transporte público para la población más vulnerable, ¿cómo podemos solucionarlo? El primer paso son los buenos datos.

El primer paso que debemos dar es recopilar datos. Si combináramos los conjuntos de datos de todos los proveedores públicos y privados de movilidad, obtendríamos una imagen completa de cómo se desplazan las personas y de cómo necesitan desplazarse. Así podríamos cartografiar los puntos ciegos del mundo y replantear el modelo de negocio de la Cuarta Revolución Industrial.

Este paso, que parece sencillo, es engañoso. Requiere una auténtica colaboración entre múltiples partes interesadas, alineación en torno a procesos de intercambio de datos entre los sectores público y privado, como el que puso en marcha la Open Mobility Foundation, y un marco para la creación de valor en empresas conjuntas público-privadas. También implica abordar cuestiones como la viabilidad y la sostenibilidad de nuestros sistemas actuales de transporte público si queremos implementar soluciones de alta ocupación para alcanzar nuestros ambiciosos objetivos de lucha contra el cambio climático.

Implica integrar soluciones de movilidad diversas y digitalizar la infraestructura actual para dar respuestas más ágiles ante situaciones de emergencia. Por último, aunque no por ello menos importante, exige valentía y honestidad para reconocer nuestras interdependencias y las deficiencias sistémicas que hemos permitido que persistan y pongan en peligro a nuestras poblaciones vulnerables.

El siguiente paso es contar con buenas políticas. Sea cual sea su magnitud, los rescates financieros no bastan. Todas las respuestas políticas deben incluir una reforma importante de la infraestructura. Los rescates no ofrecerán a las personas vulnerables opciones para acceder a servicios esenciales sin exponerse a enfermedades ni exponer al mundo a otra crisis de salud pública. Tampoco garantizarán el acceso al trabajo, las escuelas y los supermercados, donde puedan gastar ese dinero y hacer que rinda. Deben ir acompañados de iniciativas público-privadas sólidas capaces de convertir las respuestas de emergencia en una transformación sostenible.

Por suerte, el ecosistema de la movilidad se beneficia de una ola histórica de innovación: desde la conectividad 5G hasta modos de transporte cada vez más ingeniosos, que se adaptan rápidamente a un mundo en constante cambio. Por ejemplo, proveedores de movilidad como Revel y Via han puesto en marcha iniciativas para ofrecer al personal sanitario acceso gratuito a sus ciclomotores eléctricos y lanzaderas, de modo que pueda llegar al trabajo de forma más segura y fiable, desde Berlín hasta Queens y Brooklyn. La COVID-19 sometió a nuestro sistema de movilidad a una prueba de resistencia. Depende de nosotros convertirla en el inicio de un proceso de recuperación transnacional.

En enero de 2020, en Davos, Suiza, el Foro Económico Mundial anunció el proyecto Inclusivity Quotientprecisamente con ese fin. Para que crisis como la COVID-19 se afronten de manera muy distinta, y también para que podamos empezar a implementar modelos de despliegue tecnológico que sean más sostenibles a largo plazo, tanto desde el punto de vista financiero como social, para poblaciones vulnerables como las personas mayores, las comunidades de bajos ingresos y las comunidades rurales. Son precisamente estas comunidades las que ahora se preguntan cómo sobrevivirán a la cuarentena, y cuyo destino ha demostrado de forma magistral que es interdependiente con el del mundo.

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