Los genes de tus padres influyen en quién eres más de lo que imaginas

A father plays with his son on a beach facing the Adriatic sea, near the city of Durres, some 40 km (25 miles) from Tirana April 28, 2013. REUTERS/Arben Celi (ALBANIA - Tags: SOCIETY)
A parents genetic framework affects how they raise their children.Image: REUTERS/Arben Celi
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Es un debate muy antiguo: ¿hasta qué punto nuestros genes determinan cómo crecemos y aprendemos, y cuánto depende del entorno? Un nuevo estudio de Kong y sus colegas muestra que los genes de los padres, incluso los que no transmiten a sus hijos, tienen efectos importantes en la salud y el nivel educativo de estos.

Aunque algunos han calificado este descubrimiento de «desconcertante», a mí no me sorprende demasiado.

Ya sabemos que los padres aportan genes que influyen directamente en el desarrollo, y que el entorno del niño determina cómo ejercen esos genes su efecto.

Pero una parte fundamental de ese entorno son los padres. A mi juicio, este nuevo estudio destaca la importancia de los genes parentales en la manera en que nos crían.

Los genes y el desarrollo humano

Sabemos por numerosos estudios que la composición genética del niño influye considerablemente en la mayoría de los aspectos del crecimiento y el desarrollo humanos. Por ejemplo, la comparación entre gemelos idénticos y no idénticos muestra una importante influencia genética en diferencias físicas como la estatura y el peso, así como en muchos comportamientos, incluida la capacidad de aprendizaje.

Pero también sabemos que el entorno influye mucho en todos estos rasgos. Por ejemplo, una nutrición deficiente puede frenar el crecimiento, y la pobreza puede limitar la capacidad de aprendizaje.

Cientos —probablemente miles— de nuestros 20 000 genes contribuyen a estas características. Cada gen puede tener distintas variantes (llamadas «alelos») que producen diferencias, grandes o pequeñas, en el desarrollo de los niños.

Para identificar estos genes, se compara la composición genética de muchas personas y se observa qué alelos se correlacionan —es decir, muestran una asociación estadísticamente significativa— con determinados rasgos. Antes era difícil hacerlo, cuando se estudiaba un gen a la vez y se recurría a métodos engorrosos para identificar alelos por su secuencia de ADN o por las proteínas que producen.

Ahora que la secuenciación del ADN es barata, los científicos pueden analizar el genoma completo de miles de niños y sus padres, e identificar diferencias de secuencia en todo el genoma. Esta técnica, llamada estudio de asociación del genoma completo (GWAS, por sus siglas en inglés), ha permitido identificar muchos genes humanos implicados en el desarrollo normal y las enfermedades humanas.

Por ejemplo, un estudio de 100 000 personas mostró que 74 regiones del genoma están asociadas con el «nivel educativo» (el número de años de estudio).

Efectos genéticos a distancia

Un niño recibe una copia (alelo) de cada gen a través de un óvulo de la madre y otro alelo de cada gen a través de un espermatozoide del padre. Como es probable que la mayoría de los genes de madres y padres presenten ligeras diferencias de secuencia, es fácil —para un ordenador, claro— identificar en cada gen qué alelo procede de la madre y cuál del padre.

También es fácil hacer lo contrario: determinar cuál de los dos alelos de la madre o del padre se transmitió al niño y cuál no llegó a formar parte de ese óvulo o espermatozoide concreto.

La mayoría de los estudios GWAS analizan únicamente los alelos parentales transmitidos al niño. El nuevo estudio examina deliberadamente los alelos parentales que no se transmitieron.

El estudio rastreó los genes de 21 637 hombres y mujeres de Islandia, donde se dispone de datos genómicos de toda la población. Analizaron a uno o ambos progenitores para determinar qué alelos de los genes se habían transmitido a cada participante y cuáles no.

A continuación, relacionaron los alelos parentales no transmitidos con aspectos de la educación y la salud de sus hijos. En conjunto, observaron que esos alelos tenían un efecto importante en el nivel educativo del niño, equivalente a casi un tercio del efecto directo de los propios genes de los hijos. El efecto de los alelos no transmitidos en el nivel educativo era el mismo tanto si procedían de la madre como del padre.

Se observó algo similar en aspectos del crecimiento y la salud: estatura, peso, índice de masa corporal, uso de glucosa y metabolismo de las grasas en el organismo, e incluso el número de cigarrillos fumados. Una vez más, se encontró que los alelos parentales no transmitidos —especialmente los de la madre— tenían un efecto importante, aunque no acabaran en los hijos.

La naturaleza de la crianza

Entonces, ¿por qué no me sorprende este nuevo hallazgo?

Hace mucho que sabemos que la composición genética de la madre puede influir considerablemente en el desarrollo de su descendencia. Los «genes de efecto materno» se han estudiado durante décadas en animales domésticos, e incluso en peces y moscas de la fruta.

En los seres humanos y otros mamíferos, estos genes influyen en la salud y el estado nutricional de la madre durante el embarazo, así como en la cantidad y composición de su leche. Esto afecta mucho al crecimiento y desarrollo del feto y del lactante. Por eso no sorprende que, en este estudio, los alelos no transmitidos de las madres tuvieran un efecto mayor en la salud de sus hijos que los del padre.

Pero ¿cómo actuarían los genes no transmitidos del padre? ¿Y cómo afectarían los genes parentales al nivel educativo que alcanzará su hijo?

La influencia debe transmitirse a través de la conducta de crianza de los padres, que está determinada en parte por la genética. Los genes moldean las prioridades que los padres dan a la lectura, el deporte y el consumo de alcohol y cigarrillos, y estas crean un entorno doméstico que influye en los niños para bien o para mal.

Este trabajo subraya que los padres son componentes fundamentales del entorno de sus hijos. Contribuyen al bienestar de estos no solo directamente, mediante los alelos que les transmiten, sino también indirectamente, a través de su propia composición genética, que influye en quiénes son y en cómo crían a sus hijos.

Kong llama a esto «crianza genética». Pero me pregunto si su trabajo ha empezado, sin proponérselo, a identificar genes que contribuyen a una «buena crianza».

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