En un típico día caluroso y húmedo de julio en Stonetown, la capital de Zanzíbar, un grupo de niños, adolescentes y algún que otro padre observaba cómo despegaba nuestro pequeño dron. Mis colegas Makame Makame, Khamis Haji y yo por fin habíamos encontrado el lugar perfecto para despegar.
Con un zumbido agudo, el dron se elevó en el aire. Sonaba como un mosquito grande, algo apropiado, ya que estábamos probando el uso de drones para cartografiar hábitats acuáticos de la malaria. En estas masas de agua poco profundas y soleadas abundan las larvas de mosquito. En cuestión de días, las larvas se convertirán en mosquitos adultos en busca de sangre. Si uno de esos mosquitos pica a una persona infectada con malaria, se convertirá en vector de la enfermedad y continuará su ciclo mortal de transmisión.
Zanzíbar es un archipiélago tanzano frente a la costa de África Oriental. Tanto allí como en la Tanzania continental se ha librado una larga lucha contra la malaria, bien documentada. A escala mundial, la enfermedad infecta a más de 200 millones de personas cada año y es responsable de aproximadamente 500.000 muertes anuales.

Los Objetivos de Desarrollo del Milenio dieron lugar a numerosas campañas a gran escala en el África subsahariana para combatir la malaria. Se distribuyeron millones de mosquiteros. Se proporcionó insecticida para fumigar las viviendas de las comunidades. El objetivo era evitar que la gente sufriera picaduras e interrumpir el ciclo de transmisión.
Ha sido una verdadera historia de éxito y ha provocado una disminución notable de la prevalencia de la enfermedad. En algunas zonas de Zanzíbar se ha observado que los niveles de prevalencia han bajado del 40 % de la población con malaria a menos del 1 %.
Ahora, los epidemiólogos y los responsables de salud pública buscan complementar los mosquiteros y las fumigaciones en interiores con soluciones para exteriores. En la práctica, están llevando la lucha hasta los mosquitos. Y los drones son una parte fundamental de su arsenal. Uno de los principales retos para los responsables de combatir la enfermedad es encontrar las pequeñas masas de agua que los mosquitos utilizan para reproducirse. Aquí es donde entran en juego los drones: por primera vez, se pueden captar imágenes aéreas con drones de grandes extensiones y utilizarlas para crear mapas precisos y exactos de posibles hábitats.
Seguimiento de los mosquitos
Sabemos que una vez que un mosquito adulto se ha alimentado y ha descansado, normalmente sale en busca de pareja. Después se desplaza a un lugar adecuado —un hábitat acuático, como las orillas de los cauces de los ríos, las alcantarillas de las carreteras y los arrozales irrigados— para poner sus huevos.
Las autoridades de salud pública deben poder localizar y cartografiar estas masas de agua para tratarlas con un larvicida como el DDT. Este proceso se conoce como gestión de las fuentes larvarias y se utilizó con éxito en Brasil e Italia hace muchas décadas. Allí, el DDT mataba las larvas de mosquito, pero también podía ser devastador para la ecología local y tener efectos adversos en la salud humana.
Hoy se han desarrollado alternativas mucho más seguras y de baja toxicidad. El problema es que tienen un costo. También se necesitan recursos para distribuir el larvicida y localizar las masas de agua que albergan los huevos y las larvas de mosquito. Algunos de estos escondites son difíciles de encontrar a pie, y si las masas de agua no se cartografían con precisión, una campaña con larvicidas podría acabar siendo una pérdida de tiempo.
Mi institución, la Universidad de Aberystwyth en Gales, trabaja con el Programa de Eliminación de la Malaria de Zanzíbar para sobrevolar con drones zonas conocidas de alta incidencia de malaria.
En 20 minutos, un solo dron puede inspeccionar un arrozal de 30 hectáreas. Las imágenes pueden procesarse y analizarse esa misma tarde para localizar y cartografiar masas de agua. Esto ha demostrado ser muy preciso y eficiente. Para ello se utiliza uno de los drones comerciales más populares, el Phantom 3, fabricado por DJI. Tiene aproximadamente el tamaño de una caja de zapatos, pesa un poco más que una bolsa de azúcar (1,2 kg) y se utiliza en todo el mundo para fotografía recreativa y comercial.
Empezamos trabajando en lugares de prueba por todo Zanzíbar, pero ahora, con el apoyo del Consorcio Innovador para el Control de Vectores —una asociación sin fines de lucro que busca crear soluciones novedosas para prevenir la transmisión de enfermedades—, estamos ampliando nuestro alcance para explorar cómo puede incorporarse esta tecnología a las actividades operativas de eliminación de la malaria.
Y esto no acaba aquí. Tenemos previsto integrar las imágenes de los drones en la tecnología de los teléfonos inteligentes para ayudar a guiar a los equipos de fumigación con larvicidas hasta las masas de agua sobre el terreno, así como hacer un seguimiento de sus avances y cobertura. También se está impulsando de forma prometedora la distribución automática de larvicidas desde los propios drones.
Implicar a la población
A pesar de estos avances prometedores, los operadores deben tener presentes los aspectos negativos de los drones: la invasión de la privacidad, las colisiones con aeronaves y aves, y su asociación con la guerra. Son preocupaciones muy reales para la población.
En Zanzíbar, colaboramos con los ancianos de las aldeas para mostrarles los drones y explicarles exactamente para qué pensábamos utilizarlos. También animamos a la gente a reunirse cuando observábamos imágenes en directo de la cámara instalada a bordo del dron.
Así, la población pudo conocer nuestro trabajo y ver cómo los drones y otras tecnologías similares, junto con las intervenciones tradicionales en interiores, pueden contribuir de verdad a hacer realidad la eliminación de la malaria en su comunidad.

