Los trabajadores poco cualificados de América Latina y el Caribe han sido los más afectados por la pandemia, y el impacto podría prolongarse hasta por una década.
Esta situación se agrava por la falta de programas nacionales de asistencia y de seguro de desempleo, según escriben dos expertos del Banco Mundial.
Comprender los efectos de crisis anteriores puede ayudar a los responsables de políticas a tomar decisiones informadas para reducir los efectos perjudiciales de futuras crisis.
En los países estables, las crisis son poco frecuentes. Y cuando se producen, sus efectos se disipan rápidamente. Esto no ocurre en América Latina y el Caribe (ALC).
Como muestran algunas de las mayores crisis que han sacudido la región en las últimas décadas, las consecuencias de las crisis en nuestros países son a largo plazo y dejan profundas cicatrices en el empleo . En promedio, tras tres años, una gran crisis regional puede provocar una pérdida neta de 1,5 millones de empleos, con una contracción del 3 % del trabajo formal y una expansión del sector informal del 2 %, lo que solo amortigua parcialmente el impacto.
Por supuesto, los trabajadores poco cualificados tienden a sufrir más, lo que agrava las desigualdades persistentes en la región. Para ellos, las cicatrices de las crisis pueden perdurar hasta por una década, con pérdida de ingresos y mayor vulnerabilidad, ya que dos tercios de los países de ALC no cuentan con programas nacionales de asistencia ni de seguro de desempleo. Pero toda la estructura del empleo se ve afectada por las crisis, y es sobre todo en el sector formal de la economía donde desaparecen las nuevas oportunidades y las consecuencias son más duraderas y, en ocasiones, permanentes.
Es fundamental tener esto en cuenta en un momento en que la región de ALC atraviesa un shock severo como consecuencia de la pandemia. Su impacto recesivo podría provocar una contracción aún mayor del empleo formal que las crisis anteriores, de hasta un 4 %. Si no se aplican medidas adecuadas para recuperar los empleos perdidos y crear nuevas oportunidades, estas pérdidas podrían ser de largo plazo.
El espejo de las crisis pasadas debería ayudarnos a evitar repetir errores o aspirar a volver a la situación anterior a la pandemia . Debemos construir mejor. Ese es el objetivo del estudio del Banco Mundial “Employment in Crisis: The Path to Better Jobs in a Post-COVID-19 Latin America”, que examina los profundos impactos que las grandes crisis han tenido en el mercado laboral regional y propone políticas destinadas a mitigar y revertir sus efectos a la luz de experiencias pasadas.
Por ejemplo, los datos de empleo anteriores y posteriores a la crisis de deuda brasileña de 1992, los efectos de la crisis financiera asiática en Chile y el impacto de la crisis mundial de 2008-2009 en México desmienten el mito de una recuperación rápida. En los tres casos, la curva del empleo sufrió desviaciones fuertemente negativas como resultado de estas crisis, que, lejos de revertirse, se acentuaron con el tiempo.
Incluso crisis más leves que estas fueron seguidas por largos períodos de bajas tasas de crecimiento del empleo. Los líderes regionales se enfrentan a este dilema al hacer frente a los efectos de la pandemia actual. No siempre es fácil, pero las respuestas deben aprender de estas experiencias para obtener mejores resultados.
¿Qué significa esto? En sus recomendaciones, el informe del Banco Mundial enumera una serie de políticas que facilitarían la recuperación del empleo en el contexto de una reconstrucción sostenible de las economías, con el fin de amortiguar nuevos shocks .
El primer paso clave es establecer marcos macroeconómicos sólidos y prudentes, así como estabilizadores automáticos, para proteger los mercados laborales frente a posibles crisis. Unas políticas fiscales y monetarias sólidas pueden preservar la estabilidad macroeconómica y evitar tensiones financieras generalizadas ante un shock. Las reformas fiscales, que incluyen una tributación menos distorsionadora, un gasto público más eficiente, programas de pensiones financieramente sostenibles y normas fiscales claras, constituyen la primera línea de defensa frente a las crisis .
Los programas de apoyo a la renta anticíclicos, como el seguro de desempleo y otras transferencias a los hogares durante las recesiones, limitan el daño causado por las contracciones y ayudan a las economías a recuperarse más rápidamente. Sin embargo, uno de los desafíos de la región es que amplios sectores de la fuerza laboral son informales y, por tanto, no pueden ser alcanzados por el seguro de desempleo tradicional.
Asimismo, es crucial aumentar la capacidad de las políticas de protección social y laboral de la región, integrando estas políticas en sistemas que brinden apoyo a los ingresos y preparen a los trabajadores para nuevos empleos mediante la recualificación y la asistencia para la reinserción laboral. La rápida reacción de los gobiernos para ampliar algunos programas de protección social y laborales tras la pandemia puede llevar a avances en la construcción de registros sociales mejores e más integrados. Esto es viable a corto plazo y puede marcar la diferencia en el alcance de estos programas.
Sin embargo, los estabilizadores macroeconómicos más sólidos y las reformas de los sistemas de protección social y laborales no son suficientes. También es necesario impulsar la recuperación del empleo mediante el apoyo a una creación de empleo vigorosa. Esto requiere abordar cuestiones estructurales. Las políticas de competencia, las políticas regionales y la normativa laboral son ámbitos políticos clave en los que cambios importantes pueden garantizar que la recuperación y la rápida creación de empleo vayan de la mano. Estas transformaciones son posibles y no deberían retrasarse.

