La pandemia de COVID-19 llegó a América Latina cuando aún no se habían resuelto las deficiencias económicas y sociales estructurales de la región.
Es necesario encontrar soluciones resilientes e inclusivas para abordar las crisis causadas o agravadas por la pandemia y hacer frente a los riesgos potenciales identificados en el Informe de riesgos globales 2022.
Hay que dejar de lado las divisiones internas, la polarización, las diferencias ideológicas o las fricciones y rivalidades históricas de la región para aunar esfuerzos y aprovechar su enorme potencial.
A principios de 2022, la COVID-19 y sus consecuencias económicas y sociales siguen amenazando al mundo. La pandemia ha dejado un legado de muertes, desempleo, mayor desigualdad y pobreza. Los gobiernos han afrontado el reto de mantener un equilibrio entre su obligación primordial de preservar vidas y la necesidad de proteger sus economías. También ha puesto a prueba su resiliencia, pues han tenido que ajustar diligentemente sus estrategias y medidas para responder a la dinámica de unas circunstancias cambiantes e inciertas.
En el caso de América Latina y la pandemia, es importante subrayar las diferencias entre países: la diversidad de las condiciones económicas y sociales; los distintos enfoques y políticas con que cada país ha afrontado la crisis, incluida la capacidad y eficacia de sus programas de vacunación.
En términos generales, la pandemia llegó a América Latina en un contexto regional complejo, en el que no se habían resuelto las deficiencias económicas y sociales estructurales. Algunos países de la región ya registraban bajos niveles de confianza en las instituciones públicas, insatisfacción ciudadana con la calidad y cobertura de los servicios públicos, altos niveles de desigualdad e informalidad laboral, protestas sociales y una marcada polarización, agravada aún más a través de las redes sociales.
Además, aunque a finales de 2021 había indicios de recuperación económica, la inflación, la depreciación de las monedas locales y los déficits fiscales harán más compleja la recuperación. Según los datos del Fondo Monetario Internacional, se estima que el PIB repuntó y creció un promedio del 6,3% en 2021. Para 2022 se estima un crecimiento más moderado, del 3%, que no alcanzará los niveles anteriores a la pandemia.
Perspectivas económicas para América Latina
El Foro Económico Mundial Informe de riesgos globales 2022señala que el 16% de los expertos y líderes de todo el mundo encuestados son optimistas sobre las perspectivas mundiales y que apenas el 11% cree que habrá una recuperación acelerada tras la pandemia. La gran mayoría de las personas encuestadas considera que persistirá cierto grado de incertidumbre, volatilidad y divergencia. En cuanto a América Latina, según la encuesta de opinión ejecutiva realizada en 18 países de la región, los mayores efectos de la COVID-19 en el ámbito social son el desempleo, las crisis de medios de vida y un evidente deterioro de la cohesión social.
En materia ambiental, los fenómenos meteorológicos extremos y el retroceso de la acción climática (junto con la pérdida de biodiversidad) se clasifican entre los riesgos potencialmente más graves para la región durante la próxima década. En el ámbito económico, las personas encuestadas expresan preocupación por la prolongada paralización económica, las crisis de deuda, la inflación, la volatilidad de los precios de las materias primas y el colapso de los sistemas de seguridad social. Los paquetes de estímulo de los gobiernos fueron esenciales para proteger los ingresos de las personas, garantizar sus medios de vida, preservar los empleos y mantener a flote las empresas, pero la carga de la deuda pública ha aumentado. Los presupuestos públicos seguirán siendo ajustados después de la pandemia, lo que deja claro que es fundamental una mayor colaboración entre los sectores público y privado.
En cuanto a la conectividad, la desigualdad digital se considera una amenaza inminente para el mundo, ya que más de 3.000 millones de personas siguen sin conexión. Si no se aborda, la brecha podría ampliarse considerablemente no solo entre las economías desarrolladas y en desarrollo, sino también dentro de los países. Sin embargo, también hay que reconocer que muchos países e industrias pudieron acceder rápidamente a nuevas formas de interacción digital y de trabajo a distancia y adaptarse a ellas sin dificultades, prácticas que probablemente perdurarán.
Este salto digital y la mayor dependencia de los sistemas digitales también aumentan la vulnerabilidad; por ello, hay que prever planes rigurosos de ciberseguridad. Por último, en la encuesta también surgieron como motivos de gran preocupación el «colapso del Estado», la proliferación de actividades económicas ilícitas, los enfrentamientos geoeconómicos y la ge politización de los recursos estratégicos, así como el deterioro de las democracias y el fenómeno persistente de las migraciones.
Aunque los urgentes desafíos internos requieren atención inmediata, la pandemia y sus consecuencias socioeconómicas han demostrado una vez más que los riesgos globales no respetan las fronteras ni las divergencias políticas, y que las amenazas compartidas requieren una respuesta global coordinada. No se puede concebir a América Latina aislada de los hechos y las tendencias que prevalecen en el resto del mundo. Al contrario, es evidente la necesidad de que nos integremos más en el contexto global, donde la región ha ido perdiendo protagonismo.
Sin embargo, también han surgido algunos motivos de esperanza y oportunidades importantes. Así como el creciente reconocimiento de las innovadoras empresas emergentes y unicornios latinoamericanos ha atraído recientemente importantes flujos de inversión, nuestra región, dotada de vastos recursos naturales y valioso capital humano, debería estar a la vanguardia de las oportunidades emergentes en materia de transición energética, mercados y empleos verdes, infraestructura moderna y preparación de las nuevas generaciones con las capacidades tecnológicas y las competencias acordes con las oportunidades laborales del futuro.
Ignorar los posibles riesgos descritos no impedirá que se materialicen; debemos responder a ellos con responsabilidad e impulsar la integración de nuestra región, dejando de lado las divisiones ideológicas y coordinándonos mejor para avanzar en soluciones innovadoras que aborden los problemas estructurales. Debemos promover una mayor productividad con una visión a largo plazo que aporte certidumbre a nivel nacional y, ojalá, también regional, mediante una fórmula que integre los indicadores socioeconómicos tradicionales con soluciones en materia de resiliencia e inclusión, así como respuestas a los desafíos ambientales.
En gran medida, la capacidad de América Latina para lograr una mejor recuperación depende de saber aplicar las lecciones aprendidas y de la participación de líderes de todos los sectores. Ojalá las heridas y las cicatrices sociales y económicas que dejó la pandemia sirvan de recordatorio para dejar de lado las divisiones internas, las diferencias ideológicas o las fricciones y rivalidades históricas, y nos permitan trazar una agenda pragmática que garantice que la próxima década no sea otra década perdida.


