La epidemia de COVID-19 está creciendo de forma exponencial.
Su impacto económico ya es más grave que el del SARS o el MERS.
Las consecuencias políticas son más difíciles de predecir, pero podrían ser importantes y duraderas.
Lo que comenzó como un brote en China hacia finales de 2019 se ha extendido ahora por todo el mundo. La semana pasada, por primera vez desde que comenzó la epidemia de COVID-19, el número de nuevos casos fuera de China superó al registrado dentro del país. Al 1 de marzo, el total de casos confirmados de COVID-19 en China era de 80,565 (3,015 muertes) y en el resto del mundo, de 14,768 (267 muertes).
Los datos de muchos países no son fiables debido a la falta de capacidad para realizar pruebas, a consideraciones políticas y a las características clínicas de la enfermedad; destaca, en particular, un largo período de incubación de hasta 12 días, durante el cual las personas infectadas pueden ser asintomáticas. Sin embargo, está claro que esta epidemia está creciendo de forma exponencial.
China ha hecho un gran trabajo para controlar la COVID-19 y, al hacerlo, ha dado al resto del mundo tiempo para prepararse y contener el virus en zonas geográficamente aisladas, evitando hasta ahora una pandemia. La respuesta de la Organización Mundial de la Salud también ha sido extraordinaria, pero requiere el apoyo del sector privado, en tres ámbitos concretos:
1. Mantener abiertas las cadenas de suministro y la logística para que haya medicamentos, vacunas y mascarillas disponibles para hacer frente al aumento de la demanda.
2. Proporcionar al personal un flujo de información fiable. Las empresas deben ser lo más honestas, transparentes e informadas posible.
3. Participar en investigaciones cruciales en sectores específicos de la salud y la industria farmacéutica. Esto incluye pruebas diagnósticas, investigación en salud pública y prevención, así como el desarrollo de nuevos medicamentos y vacunas, tratamientos y fármacos para pacientes que ya han contraído la COVID-19.
Es importante contener los brotes y prepararse para mitigar los que puedan producirse, especialmente en países cuyos sistemas de salud tienen dificultades o carecen de recursos suficientes. Debemos trabajar colectivamente para apoyar a estos países con nuevos medicamentos y vacunas, y no debemos dejar a nadie atrás. ¿Por qué? Por un interés propio bien entendido en prevenir y controlar las infecciones y la propagación en curso, y también para adoptar un enfoque equitativo de la salud mundial.
Consecuencias económicas
El brote de SARS de 2003, que infectó a unas 8,000 personas y causó 774 muertes, le costó a la economía mundial unos US$50 mil millones, según las estimaciones. Por su parte, el brote de MERS de 2015 en Corea del Sur infectó a 200 personas y causó 38 muertes, pero generó costos estimados de US$8.5 mil millones.
La epidemia de coronavirus ya ha tenido un efecto económico mayor que cualquiera de esos dos brotes anteriores. Wall Street se ha sumado a una ola de ventas mundial; el índice S&P 500 de empresas estadounidenses cayó un 11.5% en la semana que comenzó el 24 de febrero, la peor desde la crisis de 2008. China ha estado, en la práctica, paralizada económicamente durante un mes desde el Año Nuevo chino, y el efecto en cadena para la manufactura mundial ya se ha hecho sentir. Es razonable tomar precauciones para evitar la propagación, pero a las empresas y a los políticos les resulta demasiado fácil entrar en pánico. Sin embargo, las consecuencias para las cadenas de suministro son reales y afectan más a algunos sectores y activos que a otros, desde materias primas como el petróleo hasta las cadenas de suministro vulnerables a interrupciones como las que causan problemas a la fabricación de automóviles justo a tiempo.
La fragilidad de la economía mundial, con sus elevados niveles de endeudamiento y burbujas de activos, es un legado de la forma en que se gestionó la crisis crediticia mundial de 2008 en lugar de resolverse. Como señala el Informe de riesgos globales 2020, hay varios puntos de inflexión en el sistema económico, y es probable que la consecuencia económica de una perturbación del sistema mundial sea una corrección.
Geopolítica
Aunque los desafíos sanitarios y las consecuencias económicas podrían ser devastadores, las consecuencias políticas son más difíciles de prever, pero quizá sean las más duraderas. En Japón, la gestión de un brote de COVID-19 en un crucero provocó la transmisión del virus a la población japonesa e incluso podría dar lugar a la cancelación de los Juegos Olímpicos de Tokio. En otros países, como Irán, la respuesta negligente del sistema de salud del país hizo que se perdiera el control de la epidemia, que ahora se está propagando al resto de Oriente Medio. Es probable que el confinamiento de localidades del norte de Italia haya llegado demasiado tarde, pues el virus ya se está propagando desde Italia por toda Europa. Es posible que los votantes no sean indulgentes con los políticos que incumplan su deber básico de proteger a la ciudadanía.
Debemos ser honestos sobre la magnitud de los desafíos que tenemos por delante. Si todo sale bien, quizá se realicen las primeras pruebas de una vacuna en personas en las próximas semanas, pero ese plazo es muy optimista. Aún faltan muchos meses o años para disponer de vacunas fabricadas que sean seguras y eficaces: 2021 o más adelante. Se necesita una respuesta integrada, es decir, una respuesta de salud pública que incluya medicamentos y tratamientos, y no solo el desarrollo de vacunas; así lo señaló también Richard Hatchett, de la Coalición para la Innovación en Preparación para Epidemias (CEPI), en un artículo premonitorio de 2019.
A finales de febrero, la composición genética del virus en China no había cambiado, lo que es una buena señal para las posibilidades de crear una vacuna eficaz que podría estar disponible en el plazo de un año. Mientras tanto, debemos mantenernos alerta y estar preparados para controlar la propagación. La COVID-19 puede propagarse ampliamente, pero es posible contenerla, al menos, como sugiere la situación actual en China. En África, la OMS ha ayudado a poner en marcha 40 laboratorios en 35 países para realizar pruebas (frente a ninguno antes del brote), lo que ayudará a detectar y controlar la enfermedad de forma temprana.


