• El caso de la COVID-19 ha generado una enorme incertidumbre en los flujos mundiales de capital.
• Puede ser prudente que los gobiernos introduzcan protecciones a corto plazo, pero no deben pecar de cautela.
• Los ganadores tras la crisis serán quienes abran pronto sus puertas a la inversión extranjera.
Hace poco más de un año, InvestChile —la Agencia de Promoción de la Inversión Extranjera Directa del país sudamericano— recibió en Santiago a 300 inversores extranjeros de 21 nacionalidades. Durante un evento de dos días, asistieron a sesiones plenarias, talleres y más de 200 reuniones, incluida una con el presidente, y promovieron proyectos potenciales por más de 7.000 millones de dólares.
Si avanzamos hasta hoy, la situación en Chile no podría haber cambiado de forma más radical.
Las giras de promoción de la IED en Santiago y en todas las demás capitales son cosa del pasado. El trabajo de InvestChile cambió casi de la noche a la mañana. Al hacer frente a la emergencia del coronavirus, cambiaron las prioridades: de atraer IED en el extranjero a desplegar un esfuerzo nacional crucial para ayudar a las empresas internacionales a garantizar la continuidad de sus operaciones en Chile y mantener así la economía en marcha.
Aguas desconocidas
Este no es un caso aislado. En todo el mundo, los inversores extranjeros navegan por aguas desconocidas. La pandemia de COVID-19 no solo deja desolación por las vidas que se pierden, sino también muchas preguntas sobre la economía poscoronavirus, como qué ocurrirá con los flujos mundiales de inversión cuando pase la emergencia.
Entre todos los asuntos que importan ahora mismo, no debemos olvidar la IED: históricamente ha sido un barómetro de la salud de las empresas internacionales y de su capacidad para impulsar el crecimiento mundial. Con la actual congelación de las inversiones extranjeras, se vislumbra en el horizonte, una vez que remita la emergencia sanitaria, un desafío: afrontar una recesión económica más profunda.
Puede haber un lado positivo: los inversores atraídos por las buenas oportunidades podrían poner en marcha un «círculo virtuoso», en el que el capital nuevo en un sector beneficie al siguiente, tan pronto como las economías vuelvan a abrirse. Al fin y al cabo, nunca hay que desperdiciar una buena crisis.
Lo peor aún está por llegar
Pero las noticias inmediatas son malas. El organismo de la ONU encargado del comercio y el desarrollo (UNCTAD) revisó recientemente sus previsiones sobre los efectos de la COVID-19 en los flujos mundiales de IED: de una caída moderada del -5 al -15 %, a una contracción pronunciada del -30 al -40 %. Incluso sin nuevas revisiones a la baja, esas pérdidas podrían ser más dramáticas que en cualquier otro momento de la historia moderna.
El punto de referencia, por supuesto, es la crisis financiera de 2007-08. Inmediatamente después, los flujos de IED cayeron un 37 % en 2009, hasta situarse en 1,1 billones de dólares, y se afianzó la Gran Recesión. Hoy, al comienzo de la pandemia, el virus ya ha borrado unos 500.000 millones de dólares de inversión extranjera, y es muy probable que lo peor esté por llegar. Eso no augura nada bueno para lo que viene.
Consideremos también un segundo indicador: el proteccionismo. La crisis de la COVID-19 ya está golpeando en el punto álgido de una de las guerras comerciales más feroces que se recuerdan, posiblemente desde la Ley Arancelaria Smoot-Hawley de 1930 —aprobada tras la Gran Depresión—, que provocó una caída del 61 % de las exportaciones estadounidenses para 1933. Si sirve de indicio un estudio de la Universidad de St. Gallen sobre las nuevas y amplias restricciones a la exportación de suministros médicos —que hoy cuestan vidas directamente—, la crisis dará lugar a aún más restricciones.

Cuidado con los depredadores
En cierto sentido, protegerse tiene todo el sentido: la crisis de la COVID-19 ya ha borrado billones de dólares de las valoraciones de las empresas. Puede que a un país le convenga imponer barreras temporales a la inversión como medida de protección. Al perder tanto valor las empresas, podrían presentarse ofertas de adquisición extranjera a precios de saldo por industrias clave que deben permanecer en manos nacionales.
Una primera señal llegó de Australia, cuando el país anunció un endurecimiento temporal de las condiciones de entrada de la inversión extranjera, con un proceso de revisión reforzado que duraría entre 30 días y seis meses. El objetivo estaba claro: «No queremos un comportamiento depredador», declaró el tesorero Josh Frydenberg.
Aunque estas medidas tienen sentido a corto plazo, lo difícil es evitar que se mantengan una vez que remita la emergencia sanitaria. Si la economía mundial estuviera en un dilema del prisionero, el resultado óptimo sería colaborar y abrir las fronteras lo antes posible. Pero también está claro que quien levante primero las restricciones podría salir perdiendo si los demás no corresponden a su apertura inicial.
Lados positivos
En los próximos meses sabremos cuánto están afectando estas medidas y la perspectiva de desglobalización a la libre circulación de la IED, y si las restricciones que vemos hoy son solo la punta del iceberg. Por ahora, y hasta que comprendamos el impacto a largo plazo de la pandemia en la inversión extranjera, la única opción —tanto para los países receptores como para los inversores— es seguir navegando la tormenta.
¿Qué está haciendo el Foro Económico Mundial para facilitar el comercio?
En cuanto a InvestChile, su próxima conferencia para inversores se celebrará de forma virtual, algo que probablemente se convierta en la nueva normalidad. Aunque hoy los gobiernos deben, ante todo, colaborar con los inversores ya establecidos para mantener sus proyectos a flote, el lado positivo para Chile y para los mercados emergentes podría estar en adelantarse para atraer inversión extranjera —con oportunidades, incentivos y organismos de promoción preparados para actuar— a medida que remita la emergencia.
En esta nueva normalidad, los ganadores serán los gobiernos que exploren nuevas formas de ayudar a los inversores, en un mundo donde la prosperidad sigue dependiendo de unas fronteras económicas abiertas.