2020 ha marcado un punto de inflexión importante en los debates sobre la raza.
El asesinato policial de George Floyd en Estados Unidos en mayo, tras otras muchas muertes e injusticias similares, provocó protestas y reavivó un debate sobre los derechos civiles y la reforma policial. Los devastadores efectos de la pandemia de COVID-19 sobre las vidas y los medios de vida han afectado de forma desproporcionada a personas de color en todo el mundo, poniendo de relieve las desigualdades económicas y sociales estructurales.
Los líderes de la sociedad civil han dado un paso al frente para abordar estas brechas. Sin embargo, siguen enfrentándose a obstáculos por parte de los donantes filantrópicos y de un sistema de financiación que con demasiada frecuencia crea un desequilibrio de poder en lugar de resolverlo. Pocos trabajadores de primera línea se atreven a hablar abiertamente de los problemas de financiación que experimentan para no ofender a los donantes, lo que agrava aún más estos problemas.
En consecuencia, las conversaciones importantes sobre equidad e inclusión quedan relegadas al olvido, lo que lleva a que los donantes benéficos perpetúen involuntariamente la desigualdad en el sector social, incluso cuando buscan acabar con ella en el mundo en general.
Luchar por las personas de color
Para Carolyn Pitt, directora ejecutiva de Film Connx, la pandemia centró su atención en el impacto desproporcionado sobre las personas de color. Basándose en su experiencia como activista, Pitt se dirigió a una comisión bipartidista del Congreso de los Estados Unidos para abogar por fondos de estímulo que apoyaran a la castigada industria cinematográfica, que proporciona empleo a numerosos afroamericanos en Georgia.
Cheryl Gordon es una activista afroamericana de 43 años que lidera un movimiento para ayudar a impulsar la reforma de la justicia penal. “Trabajo turnos de 60 horas semanales. Si tengo suerte, puedo pasar cada dos fines de semana con mis hijos.”
El coste de su activismo es demasiado familiar para los millones de mujeres negras que están en primera línea de la justicia social. Tras el asesinato de George Floyd, su trabajo recibió más atención, pero ni de lejos tanta financiación.
“Mi equipo no podía competir con las grandes organizaciones sin ánimo de lucro", dijo. "No viven ni trabajan aquí, pero aun así reciben los fondos. Yo recibí aproximadamente una décima parte en comparación con ellas, y [los donantes] dictaban cómo gastábamos cada dólar. Lo consideré insultante, pero necesitábamos el dinero.”
Este ejemplo plantea preguntas importantes para el futuro de las donaciones benéficas: al anular el criterio de quienes tienen experiencia vivida, ¿corren los donantes el riesgo de perpetuar las mismas estructuras que están obligados a combatir? Más concretamente, ¿refleja el desequilibrio de poder entre Cheryl y el financiador en cuestión el desequilibrio de poder racial que sufren las personas negras en todo el mundo cada día?
Obstáculos para el impacto
La falta de financiación es una de las mayores fuentes de estrés para los emprendedores sociales. Según un estudio reciente de la Fundación Schwab para el Emprendimiento Social, el 47 % de los emprendedores sociales afirmó que la falta de acceso constante al capital es la principal barrera para escalar su organización.
Las organizaciones dirigidas por personas de color o que sirven a los intereses de estas suelen enfrentarse a obstáculos adicionales.
Por ejemplo, los donantes tienden a optar por apoyar a organizaciones grandes y en su mayoría dirigidas por personas blancas, en lugar de a aquellas dirigidas por profesionales con experiencia vivida. Esta pauta resulta aún más preocupante cuando las grandes organizaciones subcontratan después a organizaciones negras y morenas para hacer el trabajo por una fracción de su financiación.
Otro obstáculo se denomina captura del movimiento, en la que los donantes blancos comprometen los movimientos sociales al presionarlos para que reajusten su labor a fin de reflejar las preferencias propias de los donantes. Como resultado, las comunidades soportan el coste de programas poco brillantes, mientras que los profesionales sufren tensiones en su credibilidad.
Los emprendedores sociales también se enfrentan a la presión de reducir costes y, al mismo tiempo, aumentar los resultados. Los donantes los tratan como a startups y los presionan para que sean austeros, ágiles y despiadadamente eficientes. Esto puede traducirse en cargas de trabajo excesivas, una alta rotación de personal y bajos ingresos.
“Nuestros donantes nos presionaron para reducir el personal y el presupuesto, y pagar aún menos al equipo que queda”, afirmó un líder de una organización sin ánimo de lucro (que pidió permanecer en el anonimato para no obstaculizar las oportunidades de financiación). “Te sorprendería lo poco que ganamos y lo mucho que hacemos. Es una receta para una cultura laboral tóxica.”
Al centrar la conversación en la eficiencia organizativa, es menos probable que los donantes reflexionen sobre cómo las medidas de austeridad de décadas, que han eliminado de facto los programas gubernamentales para la clase trabajadora en muchos países en desarrollo, las dejan dependientes de un sector sin ánimo de lucro cada vez más sobrecargado. Destacar la atención plena es importante, pero no es suficiente.
La normalización de los bajos ingresos en el sector social plantea la cuestión de si los donantes pueden crear sociedades realmente equitativas cuando quienes se encargan de esta labor acaban viéndose obligados a unirse también a los trabajadores pobres. Este fenómeno afecta también al mundo desarrollado, donde los profesionales a menudo se encuentran con escasos ahorros y pensión al jubilarse.
Atender a las comunidades vulnerables
La COVID-19 está provocando el ajuste de cuentas, muy largamente esperado, en un sector social marcado por el agotamiento, la desigualdad y una presión aparentemente interminable para ser austeros.
Para revertir esta cultura, una asignación adecuada de las subvenciones debería cubrir los salarios y los gastos generales, con la conciencia de que ello puede conducir a mejores resultados y a un menor agotamiento del personal. Los donantes también deberían evaluar hasta qué punto está sobrecargado el sector social y si sus exigencias de cambio organizativo podrían obstaculizar la capacidad de las organizaciones sin ánimo de lucro para llegar a los más vulnerables.
Estas reflexiones importantes pueden causar incomodidad a los donantes e incluso sacar a la luz heridas profundas que están en el centro de por qué deciden financiar el cambio social. No obstante, un proceso así solo puede conducir a una relación más sana entre los donantes y los líderes de organizaciones sin ánimo de lucro, y en beneficio de las comunidades a las que pretenden servir.
Al abordar estas preguntas críticas y directas, es menos probable que los donantes centren su financiación en un deseo existencial de encontrar sentido y reconocimiento. Además, un cambio así se basaría en el amplio conocimiento de los profesionales con experiencias vividas y proporcionaría un mejor apoyo a las comunidades oprimidas.
