La COVID-19 ha puesto a prueba a los gobiernos de todo el mundo – esto es lo que significa para la transición energética

Workers walk between photovoltaic panels at the Benban plant in Aswan, Egypt, November 17, 2019. Picture taken November 17, 2019. REUTERS/Amr Abdallah Dalsh - RC24XD9HVF1F
The COVID-19 pandemic has tested governments – and shown the importance of resilience in navigating the energy transition.Image: REUTERS/Amr Abdallah Dalsh
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  • La COVID-19 ha puesto a prueba la capacidad de los gobiernos para gestionar el riesgo y el cambio: un aspecto importante tanto en una pandemia como en la transición energética.

  • El ETI muestra que solo 14 de 115 países han logrado avances constantes y medibles en la transición energética en los últimos seis años.

  • La crisis recuerda que los gobiernos deben priorizar la resiliencia, la flexibilidad, la buena gobernanza y la equidad en la planificación, el diseño y las decisiones.

Mientras el mundo se encuentra inmerso en una crisis sanitaria mundial debido a la rápida propagación del virus COVID-19, así como en la crisis económica relacionada y el desplome del mercado petrolero, el camino hacia un futuro bajo en carbono se ha vuelto más incierto.

Es más importante que nunca analizar la preparación de los países para la transición energética. Existen muchos caminos hacia sistemas energéticos bajos en carbono y muchas transiciones energéticas en curso. Si bien las generalizaciones son difíciles, existen ciertos principios para el diseño y la aplicación de políticas que pueden orientar a los países. Existen también numerosas interdependencias y áreas de interconexión entre países y regiones que deben fortalecerse.

Para complicar aún más este panorama, la pandemia ha puesto de manifiesto claramente las cuestiones de equidad. Abordar los aspectos socioeconómicos de estas transiciones energéticas es igual de importante que los aspectos técnicos. Las cuestiones distributivas deben pasar a primer plano en el diseño de la política energética.

El funcionamiento de las instituciones y las cuestiones de gobernanza asociadas constituyen otro aspecto fundamental para salir de una crisis y avanzar hacia un futuro más sostenible. El Índice de Transición Energética (ETI, por sus siglas en inglés) del Foro Económico Mundial –que evalúa a los países tanto por el rendimiento actual de su sistema energético como por su preparación para la transición energética– presenta, en general, una buena correlación con varias métricas de gobernanza, tal como analizamos hace unos años.

La pandemia ha demostrado ser un shock enorme, que ha puesto a prueba la capacidad de los gobiernos para gestionar tareas complejas, basadas en la ciencia pero políticamente difíciles. Esto es importante porque muchos gobiernos han tenido un mal desempeño y porque una alta confianza en el gobierno, junto con una alta capacidad, son esenciales para afrontar los retos de la resiliencia energética y de la descarbonización profunda. Debemos pensar en estos retos menos como cuestiones de optimización tecnológica y más como pruebas de capacidad institucional y de compromiso político.

Un hallazgo clave del nuevo informe, Fomentar una transición energética eficaz 2020, trata sobre el ritmo y la estabilidad del cambio. Mantener un progreso constante en la transición energética es un desafío para todos los países. De los 115, solo 14 han logrado avances constantes y medibles en su transición energética en los últimos seis años. El ritmo del cambio puede afectar la capacidad de los países para gestionar las piezas interrelacionadas del rompecabezas; avanzar demasiado rápido o demasiado lento tiene implicaciones para la política interna así como para la geopolítica.

El índice de preparación para la transición energética del ETI –la medición orientada al futuro– mejoró, en general, en la mayoría de los países el año pasado. Las cifras del próximo año procedentes de serán aún más informativas. Este es el tipo de métrica más estrechamente asociado con la forma en que los países pueden gestionar eficazmente el riesgo y el cambio hacia sistemas sostenibles y resilientes.

El subíndice de preparación para la transición abarca el entorno empresarial innovador, el capital humano y la participación de los consumidores, las instituciones y la gobernanza, la regulación y el compromiso político, la estructura del sistema, y el capital y la inversión. Tiende a seguir la tendencia general del ETI, pero también ha mostrado un progreso constante a lo largo de los años.

El progreso no es el mismo en las seis áreas del subíndice de preparación. La solidez del marco institucional y de la estructura del sistema exige cambios estructurales enormes y, como resultado, tiende a avanzar con mayor lentitud. Un fuerte repunte del capital humano y de la participación de los consumidores en los últimos años es motivo de optimismo. Asimismo, existe un buen impulso en el ámbito del capital y la inversión y de la regulación y el compromiso político, que aumentaron un 12% y un 6%, respectivamente, en los últimos seis años, gracias a las mejoras tecnológicas y a la participación pública, aprovechando la expansión económica hasta 2019.

Si bien este índice ofrece una imagen útil del sector energético y de sus transiciones, los drásticos cambios de principios de 2020 han alterado muchos aspectos de la sociedad, posiblemente durante mucho tiempo. Las prioridades de los responsables políticos y de los inversores también se han desplazado, al menos a corto plazo. Cómo y cuándo podrán volver a centrarse en las transiciones energéticas sigue sin estar claro.

El ETI compara países; los mercados aparecen en los indicadores. Como uno de nosotros señaló recientemente, “El cambio más interesante en el orden jerárquico probablemente se dé entre el Estado y los mercados. Durante cinco décadas… los mercados han ido en aumento. Cuando los Estados demuestran que pueden ser confiables, es probable que el Estado acabe por imponerse.”

Es muy probable que estas disrupciones actuales se agraven aún más por factores como los fenómenos meteorológicos extremos, lo que creará una tormenta perfecta de disrupciones compuestas que afectará a todos los rincones del planeta. La era de las disrupciones compuestas es una prueba decisiva para la transición energética, que subraya la importancia de los dos objetivos gemelos de solidez y resiliencia.

El marco para optimizar los sistemas en la planificación o mediante políticas probablemente haya cambiado de forma permanente. Es decir, centrarse únicamente en las perspectivas de menor coste resulta insuficiente. Ahora, existe una necesidad clara de incorporar no solo consideraciones medioambientales, sino también de dar prioridad a la resiliencia, la flexibilidad, la buena gobernanza y la equidad en la planificación, el diseño y las decisiones.

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