Los países han adoptado distintas estrategias para mitigar el impacto económico de la crisis de la COVID-19.
Dos expertos han estudiado qué ha funcionado —y qué no— en Grecia.
Fue eficaz para mitigar la posibilidad de un desempleo a gran escala mediante un enfoque de conservación del empleo.
Sin embargo, los efectos del confinamiento se hicieron sentir de otras maneras, como una fuerte caída en la creación de empleo.
La crisis de la COVID-19 ha afectado profundamente al empleo en todas partes. Ya se dispone de datos sobre los efectos observados durante los primeros meses de la pandemia (OIT 2020). En algunos países, como Estados Unidos y Canadá, el desempleo se disparó rápidamente hasta niveles nunca vistos en la memoria reciente. En otros, incluidos varios países europeos, la respuesta del mercado laboral fue muy distinta, con pocos despidos y trabajadores que conservaron su vínculo con sus empleadores (aunque trabajaran poco o nada). Diversos factores explican estas diferencias en el ajuste de los mercados laborales. Por ejemplo, la gravedad de la pandemia, la estructura de la economía y el contrato social implícito entre empleadores y empleados desempeñaron un papel importante a la hora de determinar el efecto de la pandemia en los mercados laborales.
Otro factor clave —y quizá el más importante— han sido las distintas decisiones de política que los países han tomado para mitigar los costes económicos del virus y los confinamientos, y proteger a los trabajadores (por ejemplo, Juranek et al. 2020). En términos generales, los países han seguido dos modelos: uno que hace hincapié en el apoyo a los ingresos de quienes pierden el empleo o sus medios de subsistencia, mediante la ampliación del seguro de desempleo y otras transferencias monetarias; y otro que prioriza la conservación del empleo mediante subsidios salariales, restricciones a los despidos y programas de compensación a corto plazo (OCDE 2020). El éxito de estos modelos durante los primeros meses de la crisis ofrecerá importantes lecciones a los responsables de formular políticas para afrontar las consecuencias inmediatas de futuras perturbaciones. Pero, para una evaluación completa, es igualmente importante observar cómo responden a las segundas olas —y a las posteriores— los países que aplican distintos enfoques y, finalmente, cómo reactivan por completo sus economías en un mundo «pospandémico».
Recientemente hemos podido elaborar un panorama detallado de los primeros meses en un país, Grecia, que ha seguido el modelo de conservación del empleo. En concreto, hemos analizado los efectos a corto plazo de la pandemia y el confinamiento en el mercado laboral utilizando datos de encuestas, registros administrativos y ofertas de empleo en línea (Betcherman et al. 2020). Nuestra conclusión fue que el enfoque griego de conservación del empleo mitigó con éxito la posibilidad de un desempleo a gran escala. Sin embargo, las consecuencias del confinamiento se manifestaron de otras formas, específicamente en la creación de empleo. Tenemos previsto realizar un análisis actualizado en los próximos meses para ver cómo respondió el mercado laboral a la flexibilización del confinamiento y a la reapertura parcial de la economía.
La experiencia de Grecia ofrece un caso de estudio interesante, aunque desafortunado (ya que la pandemia llegó justo cuando la economía parecía por fin estar recuperándose de la crisis económica que duró una década). Especialmente durante los primeros meses, Grecia gestionó bien el virus mediante un confinamiento estricto impuesto con rapidez. Pero el coste ha sido una grave contracción económica (una de las peores de Europa). El PIB cayó un 14 % en el segundo trimestre y el FMI prevé que disminuya un 9,5 % en 2020 (FMI 2020). A principios de noviembre, el Gobierno anunció un segundo confinamiento que podría provocar una nueva caída del PIB.
Los datos de movilidad muestran que, desde principios de marzo, cuando comenzó el confinamiento inicial, los griegos se quedaron en casa. Esto solo empezó a cambiar gradualmente después de principios de mayo (cuando se levantaron muchas restricciones). Sin embargo, el desempleo no aumentó. De hecho, constatamos que el número de separaciones laborales durante esos meses fue inferior al de los mismos meses de años anteriores. Esto no significa que la pandemia y el confinamiento no afectaran significativamente al mercado laboral. Sí lo hicieron: prácticamente no se crearon empleos durante esos meses. Esto es especialmente notable si se tiene en cuenta el marcado carácter estacional de la economía griega. El final del invierno y la primavera suelen ser los meses en que el importantísimo sector turístico contrata personal para la ajetreada temporada de verano. De hecho, nuestro análisis reveló que, a finales de junio, el empleo era un 12 % inferior al que habría sido de no haber habido pandemia, y que la mayoría de esos empleos «perdidos» estaban relacionados con el turismo.
Figura 1 «Empleos perdidos»: niveles diarios reales de empleo en el primer semestre de 2020, en comparación con las tendencias previstas a partir de 2018 y 2019
¿Qué explica estos patrones durante los primeros meses tras el inicio de la pandemia: una importante desaceleración económica, pero ningún aumento de los despidos y un impacto concentrado en la paralización casi total de las contrataciones? La respuesta está en las políticas de conservación del empleo que adoptó el Gobierno griego para mitigar los costes del confinamiento y proteger a los trabajadores. Se ofrecieron transferencias monetarias a los trabajadores con la condición de que sus empleadores no los despidieran (aunque sus operaciones se hubieran visto perjudicadas por el confinamiento). Además, los despidos estaban prohibidos en los sectores designados como afectados por la crisis. Así, esta estrategia garantizó que la perturbación no provocara despidos a gran escala.
Grecia fue uno de varios países europeos que adoptaron enfoques de conservación del empleo y registraron tendencias similares durante los primeros meses de la crisis. En Francia, la tasa de desempleo cayó, de hecho, del 7,7 % en febrero al 6,6 % en junio. Alemania, en cierto modo artífice original de la estrategia de protección del empleo (con su programa Kurzarbeit de compensación a corto plazo), solo registró un ligero aumento de la tasa de desempleo durante esos meses, del 3,6 % en febrero al 4,3 % en junio. Comparemos estas tendencias con las de América del Norte, donde se hizo más hincapié en el apoyo a los ingresos que en la conservación del empleo: entre febrero y junio, la tasa de desempleo aumentó casi siete puntos porcentuales en Canadá y casi ocho puntos porcentuales en Estados Unidos. Se observa un panorama similar al analizar las cifras de empleo de los primeros meses. El empleo total en el segundo trimestre cayó un 11 % en Canadá y un 13 % en Estados Unidos, frente a solo un 3 % en Grecia y un 2,5 % en el conjunto de la UE.
Tabla 1Tendencias del empleo y el desempleo durante los primeros meses de la crisis en distintos países
Los datos de los primeros meses de la crisis parecen destacar las ventajas de las políticas que protegieron los empleos en lugar de apoyar a los trabajadores que los perdieron. Esto también se observó durante la crisis financiera mundial (Giupponi y Landais 2020; Scarpetta et al. 2020). Sin embargo, conviene interpretar estas tendencias con cierta cautela debido a las dificultades para medir situaciones del mercado laboral como el empleo y el desempleo durante la pandemia. Es posible que muchos trabajadores suspendidos temporalmente en Grecia y otros países europeos siguieran contabilizándose como «empleados», aunque en realidad no trabajaran: pese a que el empleo medido en Grecia solo cayó un 3 % en el segundo trimestre, las horas trabajadas disminuyeron un 19 %.
El modelo de conservación del empleo ofrece la ventaja de que las empresas que quieran volver a «acelerar» sus operaciones no tendrán que buscar nuevos empleados en el mercado laboral. Sin embargo, si no los reincorporan, quizá los trabajadores suspendidos temporalmente sean menos propensos a buscar un nuevo empleo que los desempleados, tal vez porque no se dan cuenta de que su puesto solo existirá mientras dure el subsidio. En cambio, los modelos de apoyo a los ingresos parecen más adecuados para una recuperación más rápida del mercado laboral, ya que impulsan el traslado de trabajadores desde empresas y sectores que quizá ya no sean viables hacia otros con mejores perspectivas a largo plazo (OCDE 2020). También hubo indicios de ello durante la crisis financiera (Rothwell 2020), y los datos iniciales sugieren que podría ocurrir lo mismo con la pandemia. El empleo se recuperó con fuerza en Canadá y Estados Unidos durante el tercer trimestre, con un crecimiento del 8,6 % y el 6,2 %, respectivamente. Con este crecimiento del empleo, las tasas de desempleo de esos países cayeron entre 3 y 4 puntos porcentuales durante el trimestre, mientras que la tasa en el conjunto de la UE aumentó.
Dado el carácter «vacilante» de la recuperación económica en casi todas partes, durante algún tiempo será necesario seguir centrando la atención en proteger los medios de subsistencia. Sin embargo, a medida que las condiciones lo permitan, las estrategias deberán orientarse hacia políticas proactivas que mejoren las oportunidades de empleo para las personas desempleadas y otros trabajadores vulnerables. Es importante evitar que el grupo de trabajadores que ahora carece de empleo se convierta más adelante en un grupo de desempleados de larga duración. La pandemia está acelerando los cambios tecnológicos y estructurales, por lo que estos trabajadores deberán prepararse para las ocupaciones y competencias que se demandarán en el mercado laboral «pos-COVID» (Chernoff y Warman 2020). Cuando se pueda reducir la financiación destinada a proteger los ingresos de los trabajadores, los países deberán estar preparados para reasignar fondos a programas de activación que mejoren la eficiencia de la búsqueda y la intermediación laboral, y ofrezcan formación pertinente para las nuevas vacantes. Una forma de afrontar este reto será aprender de la experiencia adquirida durante la pandemia en el uso de la tecnología para prestar programas y servicios.
En resumen, dada la naturaleza de esta crisis, los modelos para gestionar las perturbaciones del mercado laboral deberán ofrecer no solo una protección eficaz a corto plazo, sino también apoyo prolongado cuando la perturbación persista o se repita (como parece ocurrir con la COVID-19). Además, los enfoques de política eficaces deberán ser adecuados para facilitar la creación de empleo una vez que se den las condiciones para reactivar la economía.


