Las personas más longevas del planeta afirman que la actividad física diaria es el secreto de su longevidad. Para quienes no llegan a vivir tanto, sabemos que pasar demasiado tiempo inactivos es una causa importante de muerte prematura. Increíblemente, mata a más personas en el mundo que el consumo de tabaco cada año.
La inactividad física se denomina ahora a veces como “pandemia”, una palabra que normalmente se usa para describir enfermedades como la peste, capaces de acabar con una gran proporción de una población. En la actualidad, pocos somos lo bastante activos a diario, aunque el mundo despierta lentamente ante el problema.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha fijado el objetivo de reducir un 10 % la proporción de personas inactivas para 2025. Sin embargo, según datos publicados recientemente por la OMS en la revista Lancet Global Health, estamos lejos de alcanzar este objetivo. Aproximadamente un tercio de la población mundial aún no realiza suficiente actividad física diaria para mantenerse sana.
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La situación parece peor en los países ricos, donde el doble de personas declaró ser inactiva en comparación con las de los países de ingresos bajos o medios (con la excepción de América Latina y el Caribe, donde las personas también son demasiado inactivas). En los países ricos, la proporción de personas inactivas también aumenta con el tiempo. En la mayoría de las demás regiones del mundo, se mantiene estable.
Los autores del artículo de Lancet Global Health pidieron a los gobiernos afectados que actúen con urgencia para abordar este problema, priorizando las políticas que aumenten la cantidad de actividad física que las personas realizan cada día. Se refirieron a ampliar la infraestructura para ciclistas y peatones, mejorar la seguridad vial y facilitar la práctica de ejercicio en espacios públicos, parques y lugares de trabajo. Sin embargo, antes de que alguien empiece a aplicar estas ideas, hay un par de salvedades importantes que deben tenerse en cuenta.
La inactividad de cerca
A primera vista, la idea de que la inactividad física es principalmente un problema del “primer mundo” tiene todo el sentido. A medida que los países se enriquecen, las personas disponen de más poder adquisitivo y de mejor acceso a la tecnología. Por ello, necesitan moverse menos, ya sea en el trabajo, haciendo las tareas del hogar o desplazándose de un lugar a otro. Sin embargo, esta idea pasa por alto ciertas realidades sobre la inactividad. En el “primer mundo”, por ejemplo, las personas más pobres corren más riesgo de inactividad física y enfermedades asociadas como problemas cardíacos, diabetes y ciertos tipos de cáncer.
Un estudio reciente analizó la actividad física en 24 países europeos con 51 820 participantes. Halló que, cuando el desarrollo económico (PIB per cápita) aumentaba en una región, también aumentaba la actividad física, pero solo entre los adultos con mayor nivel educativo.
Incluso en Europa, una de las partes menos desiguales del mundo, existen desigualdades sociales en la actividad física que, en realidad, se ven incrementadas por el crecimiento económico. Sospechamos que el aumento de la inactividad en los países más ricos señalado por la OMS está relacionado con el hecho de que la brecha entre ricos y pobres en estos países se está ampliando de forma constante, en un tercio.
Tampoco la riqueza es el único factor predictivo de la inactividad física. El género también es muy relevante en este contexto, ya que las mujeres tienden a ser más inactivas que los hombres en todo el mundo. El año pasado, un artículo de Nature sugirió que la desigualdad de género podría incluso estar impulsando el aumento de las cifras mundiales de obesidad.
No se comprende del todo por qué algunos grupos de personas son más inactivos que otros. Es posible plantear una respuesta tentativa basada en los factores que las personas señalan con más frecuencia como barreras para la actividad física: el dinero, el tiempo, la cultura y la presión de los compañeros.
En cualquier caso, las políticas que ignoran estas desigualdades corren el riesgo de agravarlas. El problema de las recomendaciones del artículo de Lancet Global Health es quién se beneficia de ellas. En la práctica, sabemos que las políticas para animar a las personas a ser más activas tienden a mejorar los recursos de las zonas más ricas. Existe un gran riesgo de ayudar a los grupos de personas equivocados, ampliando aún más la brecha en la equidad en salud durante el proceso.
En cambio, deberíamos desarrollar políticas contra la inactividad que se dirijan específicamente a quienes más las necesitan. La cuestión de cómo debería ser esto requiere más reflexión. Pero, como punto de partida, las políticas como mejorar el acceso a espacios verdes y añadir nueva infraestructura para ciclistas y peatones deben orientarse a quienes más las necesitan.
Es una buena noticia que el problema de la inactividad en el mundo esté por fin en la agenda. Pero si no acertamos con la prescripción, podríamos estar aumentando las desigualdades sanitarias y consolidando un problema aún mayor para las generaciones venideras.

