A medida que los bebés y los niños se desarrollan, su sistema inmunitario también madura.
Por ello, es importante que los científicos estudien la respuesta inmunitaria a una vacuna en distintos grupos de edad.
Por ejemplo, una vacuna contra la COVID-19 administrada a niños de entre 5 y 11 años tendrá un efecto distinto en los de entre 12 y 16 años.
A continuación, un inmunólogo explica cómo actúan las vacunas en personas de todas las edades.
Los seres humanos nacen bastante indefensos y con mucho por desarrollar. Del mismo modo que hay que aprender habilidades como caminar, el sistema inmunitario debe aprender a defenderse de las infecciones. Con el paso del tiempo, el sistema inmunitario madura a través de distintas etapas, de forma similar a como pasaste de gatear a ponerte de pie, caminar y correr.
Este proceso es una de las razones por las que los científicos estudian la respuesta inmunitaria a una vacuna en distintos grupos de edad y por las que, por ejemplo, las vacunas contra la COVID-19 deben probarse por separado en niños de entre 5 y 11 años y en los de 12 a 16. Los médicos quieren utilizar la dosis de vacuna que ofrezca la mejor protección con el menor número de efectos secundarios. Y eso dependerá de cómo funcione el sistema inmunitario según su grado de desarrollo, algo que no siempre se puede apreciar desde fuera.
Soy inmunólogo, y así es como explico a mis pacientes pediátricos y adultos cómo actúan las vacunas en personas de todas las edades.
Las dos mitades del sistema inmunitario
El proceso de maduración inmunitaria comienza poco después del nacimiento.
Al nacer, tu principal protección inmunitaria procede de los anticuerpos que tu madre te transmitió a través de la placenta y la leche materna. Proporcionan lo que se denomina inmunidad pasiva. El sistema inmunitario adaptativo de los recién nacidos –la parte de tu sistema inmunitario que producirá tus propios anticuerpos– todavía no está realmente en funcionamiento. El proceso comienza de inmediato, pero el sistema inmunitario adaptativo puede tardar años en alcanzar su plena madurez.
Afortunadamente, también naces con lo que se llama el sistema inmunitario innato –que dura toda la vida–. No necesita aprender para combatir las infecciones y promover la salud, como sí ocurre con el sistema inmunitario adaptativo. Sin el sistema inmunitario innato, las personas enfermarían mucho más rápido y con mayor frecuencia.
El sistema inmunitario innato comienza con la piel y las mucosas. Si algún germen logra atravesar esas barreras físicas, dispone de enzimas preparadas para descomponer los organismos extraños. Además, existen células especializadas que buscan cualquier cosa que no sea propia del organismo para eliminar a los intrusos, mientras que otras células, llamadas fagocitos, engullen a los invasores.
Así pues, el sistema inmunitario innato es el primer respondedor de tu organismo. Te concede un poco de tiempo. Después, el sistema inmunitario adaptativo entra en acción y se une a la lucha.
Cuando te inmunizas mediante una vacuna o una infección, tu sistema inmunitario adaptativo comienza a producir activamente anticuerpos propios. Son proteínas que actúan como ventosas y se adhieren a virus o bacterias para ayudar al organismo a eliminar los gérmenes con mayor rapidez y evitar que la infección se propague. Los anticuerpos están especializados en reconocer y neutralizar a un intruso concreto.
El sistema inmunitario adaptativo puede aprender una infección nueva o recordar una que no ha visto desde hace mucho tiempo.
Las vacunas contribuyen al desarrollo inmunitario
Del mismo modo que un bebé aprenderá a caminar aunque no protejas las escaleras y las zonas de la piscina, tu sistema inmunitario puede aprender a neutralizar un virus invasor sin una vacuna, pero el riesgo de lesión es mucho mayor.
Las vacunas funcionan al desencadenar la creación de anticuerpos que reconocerán un germen específico y ayudarán a combatirlo de forma más segura que contraer la infección por primera vez sin vacuna. La eficacia de una vacuna depende de la combinación de cuántos anticuerpos produces en respuesta a ella, de lo eficaces que sean y de la seguridad de la vacuna.
Cuando los investigadores trabajan para ajustar con precisión la dosis de una vacuna para distintos grupos de edad, deben tener en cuenta qué partes del sistema inmunitario están operativas y cuáles no están completamente activas en las personas en cada etapa de desarrollo. Esta es una de las razones por las que algunas vacunas –como la de la COVID-19 – se someten a pruebas y se aprueban en calendarios distintos para adultos, adolescentes, niños y bebés.
Varias vacunas para lactantes se administran en serie, es decir, reciben el mismo tipo de inyección varias veces a lo largo de unos meses. A esta edad, el sistema inmunitario adaptativo de un bebé tiende a olvidar o a no responder bien, del mismo modo que un bebé vacila al intentar ponerse de pie y caminar. Con cada exposición, todos los aspectos del sistema inmunitario se fortalecen y mejoran en la defensa contra la posible infección.
A partir de los 4 años y hasta la juventud adulta, tu sistema inmunitario tiende a ser más receptivo y menos propenso a olvidar. No es casualidad que sea entonces cuando las personas tienden a desarrollar la mayoría de sus alergias. En el caso de la vacuna de Pfizer contra la COVID-19, los investigadores comprobaron que los niños de entre 5 y 11 años presentaban una respuesta inmunitaria y de seguridad similar con un tercio de la dosis que la utilizada en los mayores de 12 años.
Los científicos suelen empezar con pacientes de entre 18 y 55 años al estudiar las vacunas. Sus sistemas inmunitarios adultos ya han madurado y pueden informar de forma fiable de cualquier reacción adversa. Observar lo que ocurre en el grupo de adultos también ayuda a los médicos a prever lo que podría suceder cuando una vacuna se administra a otras personas, y a estar atentos a estos efectos secundarios en los grupos de edad más jóvenes.
Alrededor de los 55 años, el sistema inmunitario adaptativo empieza de nuevo a debilitarse y a olvidar, en algunos aspectos más parecido al sistema en desarrollo del bebé. Afortunadamente, los refuerzos de las vacunas pueden ofrecer un repaso rápido a estos pacientes de mayor edad, como ayudar a protegerlos de caídas accidentales tras toda una vida dominando el andar y la carrera.
En definitiva, las vacunas proporcionan el entorno más seguro para que el sistema inmunitario aprenda, y ajustar las dosis para distintos grupos de edad ayuda a garantizar que cada paciente reciba exactamente lo necesario para cumplir su función.

