Es poco antes de las tres de una soleada tarde de viernes y el parque Laugardalur, cerca del centro de Reikiavik, parece prácticamente desierto. De vez en cuando se ve a algún adulto con un cochecito, pero el parque está rodeado de bloques de apartamentos y casas, y ya han salido de la escuela: ¿dónde están todos los niños?
Me acompañan Gudberg Jónsson, psicólogo local, y Harvey Milkman, profesor estadounidense de Psicología que da clases parte del año en la Universidad de Reikiavik. Hace veinte años, dice Gudberg, los adolescentes islandeses estaban entre los jóvenes que más bebían de Europa. «No se podía caminar por las calles del centro de Reikiavik una noche de viernes porque no parecía seguro», añade Milkman. «Había hordas de adolescentes borrachos que se encaraban contigo».
Nos acercamos a un edificio grande. «Y aquí tenemos la pista de patinaje cubierta», dice Gudberg.
«Estaba en el epicentro de la revolución de las drogas», explica Milkman mientras tomamos té en su apartamento de Reikiavik. A principios de la década de 1970, cuando hacía prácticas en el Hospital Psiquiátrico Bellevue de Nueva York, «el LSD ya estaba de moda y mucha gente fumaba marihuana. Además, había mucho interés por saber por qué la gente consumía ciertas drogas».
La tesis doctoral de Milkman concluía que las personas elegían heroína o anfetaminas según cómo preferían afrontar el estrés. Quienes consumían heroína querían insensibilizarse; quienes consumían anfetaminas querían hacerle frente de forma activa. Tras publicarse este trabajo, Milkman formó parte de un grupo de investigadores reclutados por el Instituto Nacional sobre el Abuso de Drogas de Estados Unidos para responder preguntas como estas: ¿por qué empieza la gente a consumir drogas? ¿Por qué continúa? ¿Cuándo llega al umbral del abuso? ¿Cuándo deja de consumir? ¿Y cuándo recae?
«Cualquier universitario podría decir por qué empiezan: bueno, hay disponibilidad, son personas que asumen riesgos, se sienten alienadas, quizá padecen depresión», dice. «Pero ¿por qué continúan? Así llegué a la pregunta sobre el umbral del abuso y se me encendió la bombilla: podían estar al borde del abuso incluso antes de probar la droga, porque lo que estaban llevando al abuso era su manera de afrontar las cosas».
En el Metropolitan State College de Denver, Milkman fue decisivo para desarrollar la idea de que las personas se volvían adictas a los cambios en la química cerebral. Los jóvenes que eran «de los que afrontan las cosas activamente» buscaban una descarga: la conseguían robando tapacubos y radios, y más adelante coches, o mediante drogas estimulantes. El alcohol también altera la química cerebral, por supuesto. Es un sedante, pero primero seda los mecanismos de control del cerebro, lo que puede eliminar las inhibiciones y, en dosis limitadas, reducir la ansiedad.
«La gente puede volverse adicta a la bebida, los coches, el dinero, el sexo, las calorías, la cocaína... a cualquier cosa», dice Milkman. «La idea de la adicción conductual se convirtió en nuestro sello distintivo».
De esta idea surgió otra: «¿Por qué no organizar un movimiento social en torno a los estados de euforia naturales, en torno a personas que experimentan esa euforia gracias a la química de su propio cerebro? Me parece evidente que la gente quiere alterar su estado de conciencia, pero sin los efectos nocivos de las drogas».
Para 1992, su equipo de Denver había conseguido una subvención gubernamental de 1,2 millones de dólares para crear el Proyecto Autodescubrimiento, que ofrecía a los adolescentes alternativas naturales a las drogas y la delincuencia para experimentar euforia. Recibían derivaciones de docentes, enfermeros escolares y orientadores; aceptaban a jóvenes desde los 14 años que no creían necesitar tratamiento, pero tenían problemas con las drogas o cometían delitos menores.
«No les decíamos: “Vienen a recibir tratamiento”. Les decíamos: “Les enseñaremos lo que quieran aprender: música, baile, hiphop, arte, artes marciales”». La idea era que estas distintas clases podían producir diversos cambios en la química cerebral de los jóvenes y darles lo que necesitaban para afrontar mejor la vida: algunos podían desear una experiencia que les ayudara a reducir la ansiedad; otros quizá buscaban una descarga de adrenalina.
Al mismo tiempo, los participantes recibían formación en habilidades para la vida, centrada en mejorar la percepción que tenían de sí mismos y de sus vidas, así como la forma en que se relacionaban con los demás. «El principio fundamental era que la educación sobre las drogas no funciona porque nadie le presta atención. Lo que se necesita son habilidades para la vida que permitan actuar a partir de esa información», dice Milkman. A los jóvenes les decían que el programa duraba tres meses. Algunos se quedaron cinco años.
En 1991 invitaron a Milkman a Islandia para hablar de este trabajo, sus hallazgos y sus ideas. Se convirtió en asesor del primer centro residencial de tratamiento de drogas para adolescentes de Islandia, en una localidad llamada Tindar. «Se diseñó con la idea de ofrecer a los jóvenes cosas mejores que hacer», explica. Allí conoció a Gudberg, que entonces estudiaba Psicología y era voluntario en Tindar. Desde entonces son muy buenos amigos.
Milkman empezó a viajar regularmente a Islandia para dar charlas. Estas charlas y Tindar llamaron la atención de una joven investigadora de la Universidad de Islandia llamada Inga Dóra Sigfúsdóttir. Se preguntó: ¿y si se utilizaran alternativas saludables a las drogas y el alcohol como parte de un programa cuyo objetivo no fuera tratar a los jóvenes con problemas, sino evitar que empezaran a beber o consumir drogas?
Hace un par de minutos pasamos junto a dos pabellones dedicados al bádminton y al ping-pong. Aquí, en el parque, también hay una pista de atletismo, una piscina climatizada con energía geotérmica y, por fin, algunos niños a la vista, jugando al fútbol con entusiasmo en un campo de césped artificial.
Gudberg explica que los jóvenes no están pasando el rato en el parque ahora mismo porque están en clases extraescolares en estas instalaciones o en clubes de música, baile o arte. También puede que estén de excursión con sus padres.
Hoy, Islandia encabeza la clasificación europea de adolescentes con hábitos más saludables. El porcentaje de jóvenes de 15 y 16 años que se habían emborrachado durante el mes anterior cayó del 42 % en 1998 al 5 % en 2016. El porcentaje de quienes habían consumido cannabis alguna vez bajó del 17 % al 7 %. El de quienes fumaban cigarrillos a diario cayó del 23 % a tan solo el 3 %.
La manera en que el país logró este cambio radical se basó en pruebas, pero dependió en gran medida de lo que podría llamarse sentido común impuesto. «Es el estudio más extraordinariamente intenso y profundo del estrés en la vida de los adolescentes que he visto», dice Milkman. «Me impresiona muchísimo lo bien que está funcionando».
Si se adoptara en otros países, sostiene Milkman, el modelo islandés podría beneficiar el bienestar psicológico y físico general de millones de jóvenes, por no hablar de las arcas de los organismos sanitarios y de la sociedad en general. Es un gran «si».

¿Has probado alguna vez el alcohol? Si es así, ¿cuándo fue la última vez que bebiste? ¿Te has emborrachado alguna vez? ¿Has probado los cigarrillos? Si es así, ¿con qué frecuencia fumas? ¿Cuánto tiempo pasas con tus padres? ¿Tienes una relación cercana con ellos? ¿En qué tipo de actividades participas?
En 1992, jóvenes de 14, 15 y 16 años de todas las escuelas de Islandia respondieron un cuestionario con preguntas de este tipo. El proceso se repitió en 1995 y 1997.
Los resultados de estas encuestas eran alarmantes. En todo el país, casi el 25 % fumaba a diario y más del 40 % se había emborrachado durante el mes anterior. Pero, al examinar los datos en profundidad, el equipo pudo identificar con precisión qué escuelas tenían los peores problemas y cuáles los menos graves. Su análisis reveló diferencias claras entre las vidas de los jóvenes que empezaban a beber, fumar y consumir otras drogas y las de quienes no lo hacían. Se destacaron algunos factores de protección: participar en actividades organizadas —sobre todo deportivas— tres o cuatro veces por semana, pasar tiempo con los padres durante la semana, sentirse valorado en la escuela y no estar al aire libre hasta altas horas de la noche.
«En aquella época había todo tipo de iniciativas y programas para prevenir el consumo de sustancias», dice Inga Dóra, que trabajó como asistente de investigación en las encuestas. «En su mayoría se basaban en la educación». Se advertía a los jóvenes sobre los peligros del alcohol y las drogas, pero, como Milkman había observado en Estados Unidos, esos programas no funcionaban. «Queríamos encontrar un enfoque diferente».
El alcalde de Reikiavik también estaba interesado en probar algo nuevo, y muchos padres sentían lo mismo, añade Jón Sigfússon, colega y hermano de Inga Dóra. Jón tenía hijas pequeñas entonces y se incorporó al nuevo Centro Islandés de Investigación y Análisis Social de su hermana cuando se fundó en 1999. «La situación era mala», dice. «Era evidente que había que hacer algo».
A partir de los datos de las encuestas y de las conclusiones de investigaciones, incluida la de Milkman, se fue introduciendo un nuevo plan nacional. Se llamó Juventud en Islandia.
Se modificaron las leyes. Se prohibió comprar tabaco a los menores de 18 años y alcohol a los menores de 20, y se prohibió la publicidad de tabaco y alcohol. Se estrecharon los vínculos entre las familias y las escuelas mediante asociaciones de padres que, por ley, debían establecerse en todas las escuelas, junto con consejos escolares que contaban con representantes de los padres. Se animó a los padres a asistir a charlas sobre la importancia de pasar una cantidad de tiempo con sus hijos, en vez de limitarse a momentos ocasionales de «tiempo de calidad»; de hablar con ellos sobre sus vidas; de saber con quiénes se relacionaban; y de mantenerlos en casa por las noches.
También se aprobó una ley que prohibía a los niños de entre 13 y 16 años estar fuera de casa después de las 22:00 en invierno y de la medianoche en verano. Sigue vigente hoy.
Home and School, la organización coordinadora nacional de las asociaciones de padres, introdujo acuerdos para que los padres los firmaran. El contenido varía según el grupo de edad, y cada asociación puede decidir qué incluir. Para los jóvenes de 13 años en adelante, los padres pueden comprometerse a seguir todas las recomendaciones y, por ejemplo, a no permitir que sus hijos celebren fiestas sin supervisión, no comprar alcohol a menores y estar pendientes del bienestar de otros niños.
Estos acuerdos informan a los padres y también ayudan a reforzar su autoridad en casa, sostiene Hrefna Sigurjónsdóttir, directora de Home and School. «Así resulta más difícil recurrir a la excusa más vieja del mundo: “¡Pero si todos los demás pueden!”».
Se aumentó la financiación estatal para el deporte organizado, la música, el arte, el baile y otros clubes, con el fin de ofrecer a los jóvenes formas alternativas de sentirse parte de un grupo y sentirse bien, en lugar de recurrir al alcohol y las drogas. Además, se ayudó a los jóvenes de familias con bajos ingresos a participar. En Reikiavik, por ejemplo, donde vive más de un tercio de la población del país, una Tarjeta de Ocio concede a las familias 35.000 coronas (250 libras esterlinas) al año por hijo para pagar actividades recreativas.
Y algo fundamental: las encuestas han continuado. Cada año, casi todos los niños de Islandia completan una. Esto significa que siempre se dispone de datos fiables y actualizados.
Entre 1997 y 2012, el porcentaje de jóvenes de 15 y 16 años que declararon pasar tiempo con sus padres entre semana a menudo o casi siempre se duplicó —del 23 % al 46 %— y el porcentaje de quienes participaban en deportes organizados al menos cuatro veces por semana aumentó del 24 % al 42 %. Mientras tanto, cayeron en picado el tabaquismo, el consumo de alcohol y el consumo de cannabis en este grupo de edad.

«Aunque no se puede demostrar una relación causal —lo que ilustra por qué a veces cuesta convencer a los científicos de los métodos de prevención primaria—, la tendencia está muy clara», señala Álfgeir Kristjánsson, quien trabajó con los datos y ahora trabaja en la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Virginia Occidental, en Estados Unidos. «Han aumentado los factores de protección, han disminuido los factores de riesgo y ha bajado el consumo de sustancias; además, de forma más constante en Islandia que en cualquier otro país europeo».
Jón Sigfússon se disculpa por llegar apenas un par de minutos tarde. «¡Estaba en una llamada de emergencia!». Prefiere no decir exactamente adónde, pero era a una de las ciudades de otras partes del mundo que ya han adoptado, en parte, las ideas de Juventud en Islandia.
Juventud en Europa, que dirige Jón, comenzó en 2006, después de que se presentaran los ya extraordinarios datos islandeses en una reunión de Ciudades Europeas contra las Drogas. Según recuerda, «la gente preguntó: “¿Qué están haciendo?”».
La participación en Juventud en Europa se organiza a nivel municipal, en lugar de estar dirigida por los gobiernos nacionales. El primer año participaron ocho municipios. Hasta la fecha, han participado 35, repartidos en 17 países, desde zonas donde solo participan unas pocas escuelas hasta Tarragona, en España, donde participan 4.200 jóvenes de 15 años. El método es siempre el mismo: Jón y su equipo hablan con las autoridades locales y preparan un cuestionario con las mismas preguntas principales que se usan en Islandia, además de otras adaptadas a cada lugar. Por ejemplo, el juego en línea se ha convertido recientemente en un problema importante en algunas zonas, y las autoridades locales quieren saber si está relacionado con otros comportamientos de riesgo.
Apenas dos meses después de recibir los cuestionarios cumplimentados en Islandia, el equipo envía un informe inicial con los resultados y datos sobre cómo se comparan con los de otras regiones participantes. «Siempre decimos que la información, como las verduras, tiene que ser fresca», dice Jón. «Si presentas estos resultados un año después, la gente dirá: “Ah, esto ocurrió hace mucho y quizá las cosas hayan cambiado...”». Además de ser reciente, la información debe ser local, para que las escuelas, los padres y las autoridades puedan ver exactamente qué problemas hay en cada zona.
El equipo ha analizado 99.000 cuestionarios de lugares tan distantes como las Islas Feroe, Malta y Rumanía, además de Corea del Sur y, muy recientemente, Nairobi y Guinea-Bisáu. En términos generales, los resultados muestran que, en lo que respecta al consumo de sustancias entre adolescentes, los mismos factores de protección y riesgo identificados en Islandia se dan en todas partes. Hay algunas diferencias: en un lugar de un país «a orillas del mar Báltico», la participación en deportes organizados resultó ser un factor de riesgo. Una investigación más detallada reveló que esto se debía a que unos jóvenes exmilitares interesados en las drogas para aumentar la masa muscular, la bebida y el tabaco dirigían los clubes. En este caso, había un problema local, inmediato y bien definido al que se podía hacer frente.
Aunque Jón y su equipo ofrecen asesoramiento e información sobre lo que ha demostrado funcionar en Islandia, corresponde a cada comunidad decidir qué hacer a la luz de sus resultados. A veces no hacen nada. Un país predominantemente musulmán, cuya identidad prefiere no revelar, rechazó los datos porque mostraban un nivel de consumo de alcohol que consideró inaceptable. En otras ciudades —como la de origen de la «llamada de emergencia» de Jón— hay disposición a considerar los datos y también hay dinero, pero él ha observado que puede ser mucho más difícil conseguir y mantener financiación para estrategias de prevención sanitaria que para tratamientos.
Ningún otro país ha introducido cambios de la magnitud de los observados en Islandia. Cuando le preguntan si alguien ha copiado las leyes que impiden que los niños estén fuera por la noche, Jón sonríe. «¡Hasta Suecia se ríe y lo llama el toque de queda infantil!».

En Europa, las tasas de consumo de alcohol y drogas entre adolescentes han mejorado en general durante los últimos 20 años, aunque en ningún lugar tanto como en Islandia. Además, las mejoras no se deben necesariamente a estrategias que promuevan el bienestar de los adolescentes. En el Reino Unido, por ejemplo, una de las principales razones de la caída del consumo de alcohol podría ser que ahora los adolescentes pasan más tiempo en casa interactuando por internet, en lugar de hacerlo en persona.
Pero Kaunas, en Lituania, es un ejemplo de lo que puede lograrse mediante una intervención activa. Desde 2006, la ciudad ha administrado los cuestionarios cinco veces, y las escuelas, los padres, las organizaciones sanitarias, las iglesias, la policía y los servicios sociales se han unido para intentar mejorar el bienestar de los jóvenes y frenar el consumo de sustancias. Por ejemplo, cada año los padres reciben ocho o nueve sesiones gratuitas de crianza, y un nuevo programa ofrece financiación adicional a instituciones públicas y ONG que trabajan en la promoción de la salud mental y la gestión del estrés. En 2015, la ciudad empezó a ofrecer actividades deportivas gratuitas los lunes, miércoles y viernes, y tiene previsto introducir un servicio de transporte gratuito para las familias con bajos ingresos, que ayude a los niños que viven lejos de las instalaciones a asistir.
Entre 2006 y 2014, el número de jóvenes de 15 y 16 años de Kaunas que dijeron haberse emborrachado en los 30 días anteriores cayó aproximadamente una cuarta parte, y el tabaquismo diario disminuyó más del 30 %.
En estos momentos, la participación en Juventud en Europa es irregular y el equipo de Islandia es pequeño. Jón querría que hubiera un organismo centralizado con financiación propia y específica para centrarse en ampliar Juventud en Europa. «Aunque llevamos diez años haciendo esto, no es nuestro trabajo principal ni a tiempo completo. Nos gustaría que alguien copiara este modelo y lo mantuviera en toda Europa», dice. «¿Y por qué solo en Europa?».
Después de nuestro paseo por el parque Laugardalur, Gudberg Jónsson nos invita a su casa. Afuera, en el jardín, sus dos hijos mayores, Jón Konrád, de 21 años, y Birgir Ísar, de 15, hablan conmigo sobre la bebida y el tabaco. Jón sí bebe alcohol, pero Birgir dice que no conoce a nadie en su escuela que fume o beba. También hablamos de los entrenamientos de fútbol: Birgir entrena cinco o seis veces por semana; Jón, que cursa el primer año de una carrera de Administración de Empresas en la Universidad de Islandia, entrena cinco veces por semana. Ambos empezaron a entrenar regularmente después de la escuela cuando tenían seis años.
«Tenemos todos estos instrumentos en casa», me había dicho su padre antes. «Intentamos que se aficionaran a la música. Antes teníamos un caballo. A mi mujer le apasiona montar a caballo. Pero no cuajó. Al final, eligieron el fútbol».
¿Alguna vez les pareció demasiado? ¿Sentían presión para entrenar cuando preferían hacer otra cosa? «No, simplemente nos divertíamos jugando al fútbol», dice Birgir. Jón añade: «Lo probamos, nos acostumbramos y seguimos haciéndolo».

No es lo único que hacen. Aunque Gudberg y su esposa, Thórunn, no planifican conscientemente pasar cierto número de horas a la semana con sus tres hijos, sí procuran llevarlos con regularidad al cine, al teatro, a restaurantes, de excursión y a pescar; y, cuando cada septiembre bajan las ovejas de Islandia de las tierras altas, incluso salen en familia a conducirlas.
Puede que Jón y Birgir sean excepcionalmente aficionados al fútbol y tengan talento (a Jón le han ofrecido una beca de fútbol en la Universidad Estatal Metropolitana de Denver y, unas semanas después de nuestro encuentro, seleccionan a Birgir para jugar en la selección nacional sub-17). Pero ¿podría el aumento considerable del porcentaje de jóvenes que participan en deportes organizados cuatro o más veces por semana aportar beneficios que vayan más allá de criar niños más sanos?
Por ejemplo, ¿podría tener algo que ver con la contundente derrota que Islandia infligió a Inglaterra en la Eurocopa de fútbol de 2016? Cuando se lo preguntan, Inga Dóra Sigfúsdóttir, elegida Mujer del Año en Islandia en 2016, sonríe: «También está el éxito musical, como Of Monsters and Men [un grupo de folk-pop independiente de Reikiavik]. Son jóvenes a quienes se ha impulsado a participar en actividades organizadas. Hay gente que me ha dado las gracias», dice con un guiño.
En otros lugares, las ciudades que se han sumado a Juventud en Europa informan de otros beneficios. En Bucarest, por ejemplo, la tasa de suicidios entre adolescentes está bajando junto con el consumo de alcohol y drogas. En Kaunas, el número de niños que cometieron delitos disminuyó en un tercio entre 2014 y 2015.
Como dice Inga Dóra: «Aprendimos gracias a los estudios que debemos crear las condiciones para que los jóvenes puedan llevar una vida saludable y no necesiten consumir sustancias, porque la vida es divertida, tienen muchas cosas que hacer y cuentan con el apoyo de padres que pasan tiempo con ellos».
En definitiva, los mensajes —aunque no necesariamente los métodos— son sencillos. Y, al observar los resultados, Harvey Milkman piensa en su propio país, Estados Unidos. ¿Podría funcionar allí también el modelo de Juventud en Islandia?
Trescientos veinticinco millones de personas frente a 330.000. Treinta y tres mil bandas frente a prácticamente ninguna. Alrededor de 1,3 millones de jóvenes sin hogar frente a un puñado.
Está claro que Estados Unidos afronta desafíos que Islandia no tiene. Pero, sostiene Milkman, los datos de otras partes de Europa, incluidas ciudades como Bucarest, con grandes problemas sociales y pobreza relativa, muestran que el modelo islandés puede funcionar en culturas muy distintas. Y la necesidad en Estados Unidos es grande: el consumo de alcohol por menores representa alrededor del 11 % de todo el alcohol consumido en el país, y el consumo excesivo causa más de 4.300 muertes al año entre menores de 21 años.
Sin embargo, es poco probable que se introduzca en Estados Unidos un programa nacional basado en Juventud en Islandia. Un obstáculo importante es que, mientras en Islandia hay un compromiso a largo plazo con el proyecto nacional, los programas de salud comunitaria en Estados Unidos suelen financiarse con subvenciones a corto plazo.
Milkman ha aprendido por las malas que los programas juveniles, aunque reciban amplios elogios y sean de primer nivel, no siempre se amplían ni siquiera se mantienen. «Con el Proyecto Autodescubrimiento, parecía que teníamos el mejor programa del mundo», dice. «Me invitaron dos veces a la Casa Blanca. Ganó premios nacionales. Pensaba: “Se reproducirá en todos los pueblos y ciudades”. Pero no fue así».
Cree que se debe a que no se puede prescribir un modelo genérico para todas las comunidades, pues no todas tienen los mismos recursos. Cualquier iniciativa para ofrecer a los jóvenes de Estados Unidos oportunidades de participar en las actividades que ahora son habituales en Islandia y, así, ayudarlos a mantenerse alejados del alcohol y otras drogas dependerá de aprovechar lo que ya existe. «Hay que apoyarse en los recursos de la comunidad», dice.
Su colega Álfgeir Kristjánsson está introduciendo las ideas islandesas en el estado de Virginia Occidental. Se están entregando encuestas a jóvenes de varias escuelas intermedias y secundarias del estado, y un coordinador comunitario ayudará a compartir los resultados con los padres y con cualquier otra persona que pueda utilizarlos para ayudar a los jóvenes de la zona. Sin embargo, admite que quizá sea difícil lograr resultados como los de Islandia.
El cortoplacismo también obstaculiza las estrategias de prevención eficaces en el Reino Unido, afirma Michael O’Toole, director ejecutivo de Mentor, una organización benéfica que trabaja para reducir el consumo indebido de alcohol y drogas entre niños y jóvenes. Aquí tampoco existe un programa nacional coordinado de prevención del consumo de alcohol y drogas. Por lo general, la responsabilidad recae en las autoridades locales o en las escuelas, lo que a menudo significa que a los niños simplemente se les informa sobre los peligros de las drogas y el alcohol, una estrategia que, según reconoce, las pruebas demuestran que no funciona.
O’Toole respalda plenamente el enfoque islandés, que reúne a padres, escuelas y comunidad para ayudar a los niños, y promueve la participación de los padres o cuidadores en la vida de los jóvenes. Mejorar el apoyo a los niños podría ayudar de muchas maneras, subraya. Incluso en lo que respecta al alcohol y al tabaco, hay abundantes datos que demuestran que cuanto mayor es la edad a la que un niño toma su primera bebida o fuma su primer cigarrillo, más saludable será a lo largo de su vida.

Pero no todas las estrategias serían aceptables en el Reino Unido: los toques de queda para los niños serían una de ellas; quizá otra, las rondas de padres por los vecindarios para identificar a los niños que incumplen las normas. Además, en un ensayo piloto de Mentor en Brighton que consistió en invitar a los padres a las escuelas para participar en talleres, se comprobó que era difícil lograr que se implicaran.
Milkman cree que la desconfianza del público y su falta de voluntad para participar serán desafíos allí donde se propongan los métodos islandeses, y que atañen al núcleo del equilibrio de responsabilidades entre los Estados y los ciudadanos. «¿Cuánto control quiere que tenga el Gobierno sobre lo que les ocurre a sus hijos? ¿No supone esto una intromisión excesiva del Gobierno en la forma de vivir de la gente?»
En Islandia, la relación entre la población y el Estado ha permitido poner en marcha un programa nacional eficaz para reducir las tasas de tabaquismo y consumo excesivo de alcohol entre los adolescentes y, en el proceso, acercar a las familias y ayudar a los niños a estar más sanos en muchos aspectos. ¿Decidirá algún otro país que estos beneficios compensan los costes?

