Breve historia de las vacunas y cómo cambiaron el mundo

A child is given a measles vaccination during an emergency campaign run by Doctors Without Borders (MSF) in Likasa, Mongala province in northern Democratic Republic of Congo March 3, 2020. Picture taken March 3, 2020. REUTERS/Hereward Holland - RC2LPF9CL6BH
Child deaths have halved since Gavi, the Vaccine Alliance, was launched in 2000.Image: REUTERS/Hereward Holland
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  • Edward Jenner desarrolló la primera vacuna para prevenir la viruela.

  • Gavi, la Alianza para las Vacunas, busca reducir el precio de las vacunas para los países más pobres.

  • La Coalición para las Innovaciones en Preparación para Epidemias (CEPI) trabaja para acelerar el desarrollo de vacunas contra enfermedades emergentes.

No es ningún secreto que las vacunas han revolucionado la salud mundial. Posiblemente la innovación que más vidas ha salvado en la historia de la medicina, las vacunas han erradicado la viruela, reducido drásticamente la mortalidad infantil y prevenido discapacidades de por vida.

Sin embargo, quizá sean menos conocidos los acontecimientos históricos y los pioneros a quienes hoy podemos agradecer no solo que hayan salvado millones de vidas cada año, sino también que hayan sentado las bases para el desarrollo de futuras vacunas, algo que ocupa un lugar central mientras el mundo se apresura a crear una vacuna viable contra el coronavirus.

Los primeros intentos de inocular a las personas contra la viruela —una de las enfermedades más temidas de la historia, con una tasa de mortalidad del 30 %— se registraron en China ya en el siglo XVI. Las costras de viruela podían triturarse y soplarse en las fosas nasales de la persona receptora o introducirse mediante rasguños en la piel.

La práctica, conocida como «variolización», se puso de moda en Europa en 1721, con el respaldo de la aristócrata inglesa Lady Mary Wortley Montagu, pero más tarde provocó la indignación pública cuando se supo que entre el 2 % y el 3 % de las personas morían tras la inoculación y que esta desencadenaba nuevos brotes.

La siguiente variante de la inoculación, que resultó ser mucho más segura que la variolización, surgió de la observación de que los ganaderos lecheros no contraían la viruela. El médico inglés del siglo XVIII Edward Jenner planteó la hipótesis de que una infección previa de viruela vacuna —una enfermedad leve transmitida por el ganado— podía ser responsable de la supuesta protección contra la viruela. Así que se puso a trabajar en una serie de experimentos que hoy se consideran el nacimiento de la inmunología, la terapia con vacunas y la salud preventiva.

En 1796, Jenner inoculó a un niño de ocho años: tomó pus de las lesiones de viruela vacuna que una ordeñadora tenía en las manos e introdujo el líquido en una incisión que hizo en el brazo del niño. Seis semanas después, Jenner expuso al niño a la viruela, pero este no contrajo la infección entonces ni en las 20 exposiciones posteriores.

En los años siguientes, Jenner reunió pruebas de otros 23 pacientes infectados o inoculados con el virus de la viruela vacuna para respaldar su teoría de que la inmunidad a esta enfermedad sí ofrecía protección contra la viruela.

Nació la primera vacuna; el término procede de la palabra latina para «vaca» («vacca»). La vacuna de Jenner se convirtió rápidamente en el principal medio para prevenir la viruela en todo el mundo, e incluso llegó a ser obligatoria en algunos países.

Casi un siglo después de que Jenner desarrollara su técnica, en 1885, el biólogo francés Louis Pasteur salvó la vida de un niño de nueve años que había sido mordido por un perro rabioso al inyectarle cada día, durante 13 días, una forma atenuada del virus de la rabia. El niño nunca contrajo la rabia y el tratamiento fue considerado un éxito. Pasteur acuñó para su tratamiento el término «vacuna contra la rabia», ampliando el significado de «vacuna» más allá de su origen.

La influencia mundial de Louis Pasteur llevó a ampliar el término «vacuna» para incluir una larga lista de tratamientos que contienen virus vivos, atenuados o muertos y que suelen administrarse mediante una inyección para generar inmunidad contra una enfermedad infecciosa.

Los avances científicos de la primera mitad del siglo XX propiciaron una explosión de vacunas que protegían contra la tos ferina (1914), la difteria (1926), el tétanos (1938), la gripe (1945) y las paperas (1948). Gracias a las nuevas técnicas de fabricación, a finales de la década de 1940 fue posible aumentar la producción de vacunas y poner en marcha iniciativas mundiales de vacunación y erradicación de enfermedades.

En las décadas siguientes se añadieron a la lista vacunas contra la poliomielitis (1955), el sarampión (1963), la rubéola (1969) y otros virus; las tasas de vacunación en todo el mundo se dispararon gracias al éxito de las campañas mundiales de salud. En 1980 se declaró que el mundo estaba libre de viruela, el primero de muchos grandes éxitos de las vacunas, pero aún quedaba mucho por hacer frente a otras enfermedades infecciosas.

A finales de la década de 1990, el avance de los programas internacionales de inmunización se estaba estancando. Casi 30 millones de niños de países en desarrollo no estaban plenamente inmunizados contra enfermedades mortales, y muchos otros no estaban inmunizados en absoluto. El problema era que empezaban a estar disponibles nuevas vacunas, pero los países en desarrollo sencillamente no podían permitírselas.

En respuesta, la Fundación Bill y Melinda Gates y sus socios se unieron en 2000 para crear la Alianza Mundial para Vacunas e Inmunización, ahora llamada Gavi, la Alianza para las Vacunas. El objetivo era animar a los fabricantes a reducir el precio de las vacunas para los países más pobres a cambio de una demanda previsible, de gran volumen y a largo plazo por parte de esos países. Desde su creación, las muertes infantiles se han reducido a la mitad y se han evitado 13 millones de muertes.

La protección frente a enfermedades de larga data seguirá siendo importante durante las próximas décadas y siglos, pero el trabajo no ha terminado. Para proteger al mundo de las enfermedades infecciosas, necesitamos un mecanismo que vigile los nuevos virus y permita desarrollar rápidamente vacunas contra las infecciones emergentes más peligrosas. La devastadora epidemia de ébola de 2014/2015 fue una llamada de atención sobre la falta de preparación del mundo para hacer frente a una epidemia de ese tipo. Finalmente se aprobó una vacuna, pero llegó demasiado tarde para las miles de personas que perdieron la vida.

En respuesta, la Coalición para las Innovaciones en Preparación para Epidemias (CEPI) se puso en marcha en Davos en 2017 como una alianza mundial entre organizaciones públicas, privadas, filantrópicas y de la sociedad civil que trabajan para acelerar el desarrollo de vacunas contra enfermedades infecciosas emergentes y permitir un acceso equitativo a estas vacunas para las poblaciones afectadas durante los brotes.

Hemos avanzado mucho desde los arriesgados y cruentos primeros intentos de inoculación de hace cinco siglos. La innovación científica, las campañas mundiales de salud generalizadas y las nuevas alianzas público-privadas salvan vidas, literalmente. Encontrar una vacuna que proteja al mundo contra el nuevo coronavirus es un enorme desafío, pero si hay algo que podemos aprender de la historia es que hay motivos para la esperanza.

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