¿Cómo gestionará África la economía pos-COVID?

A woman buys vegetables from a cafe transformed into a fruit and vegetable shop, as cafes have been closed following the outbreak of the coronavirus disease (COVID-19), in Cairo, Egypt June 2, 2020. Picture taken June 2, 2020. REUTERS/Mohamed Abd El Ghany - RC245H9D5UO8
The continent should support enhanced intra-African trade.Image: REUTERS/Mohamed Abd El Ghany - RC245H9D5UO8
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  • Las economías africanas corren el riesgo de quedar aún más marginadas como consecuencia de la desglobalización.

  • Los Estados africanos solo podrán hacer frente a su deuda mediante un nuevo crecimiento de sus propias economías.

  • La transición a lo digital podría retrasar la recuperación económica en muchos Estados africanos en desarrollo.

Es demasiado pronto para afirmar que la economía mundial está entrando en la fase de recuperación tras los daños humanitarios y económicos causados por la COVID-19. Sin embargo, ya están surgiendo tres megatendencias que también marcarán el futuro económico de África: las tres «D» del nuevo orden mundial.

1. Desglobalización

El mundo ya no converge, sino que diverge rápidamente y de forma alarmante. Algunos indicadores indirectos sencillos son el transporte aéreo y el volumen de transporte marítimo, ambos prácticamente desplomados ante los confinamientos y las restricciones de viaje impuestas.

Dado que el cierre mundial ha afectado a países que representan más del 80 % del PIB mundial, la Organización Mundial del Comercio (OMC) advirtió recientemente que, en el peor de los casos, el comercio podría desplomarse hasta en un tercio este año. Incluso según su escenario más optimista, la OMC prevé que el comercio podría caer un 13 % en 2020, un descenso similar al registrado en 2009 tras la crisis financiera.

El choque de demanda se ve agravado por el sentimiento proteccionista. Está claro que los países no están promoviendo activamente el comercio liberalizado y buscan alivio económico mediante el proteccionismo. Lamentablemente, el multilateralismo ha quedado relegado. El aumento de las fricciones comerciales provocará una mayor polarización del comercio, especialmente contra China, que probablemente responderá de forma similar. Es probable que veamos una rápida erosión de los principios del libre comercio, lo que podría retrasar la recuperación económica mundial.

Otra tendencia es la creciente importancia de Asia como bloque comercial, con China en el centro. Habida cuenta de la demanda china de materias primas, tanto para el despliegue de sus infraestructuras como para su industria, esto tendrá consecuencias geoeconómicas estratégicas para los países en desarrollo, cuyas principales exportaciones son las materias primas.

Las economías africanas ya tienen un papel menor en el comercio mundial y corren el riesgo de quedar aún más marginadas como consecuencia de estas macrotendencias. Es lamentable que la Unión Africana haya decidido aplazar hasta el próximo año la aplicación del Área de Libre Comercio Continental Africana (AfCFTA), quizá el proyecto de libre comercio más ambicioso desde la propia OMC. Se prevé que la reducción de las barreras comerciales impulse las perspectivas económicas de un continente de más de 1.300 millones de personas, con un producto interno bruto (PIB) combinado de 2,5 billones de dólares, casi idéntico al de la India. Se ha calculado que, si África aumentara su cuota del comercio mundial del 2 % al 3 %, ese incremento de un punto porcentual generaría para el continente aproximadamente 70.000 millones de dólares de ingresos adicionales al año.

Volumen del comercio mundial de mercancías, 2000‑2022; índice, 2015=100Image: Secretaría de la OMC

El continente poco puede hacer para contrarrestar las fuerzas mundiales que impulsan la desglobalización, pero sí puede adoptar un regionalismo que se sustente a sí mismo mediante el aumento del comercio intraafricano. En una medida casi contracíclica, promover activamente la liberalización del comercio para fomentar nuevas áreas de crecimiento sería una respuesta pragmática a la reducción del comercio mundial, además de promover África como un destino más atractivo para la inversión de las multinacionales.

2. Deuda y sostenibilidad fiscal de los países

La salida de capitales del mundo emergente ha sido enorme en los últimos meses y ha dejado grandes agujeros en las finanzas de los países en desarrollo. Ante el aumento de los déficits fiscales, más de 100 países han solicitado al Fondo Monetario Internacional (FMI) financiación de emergencia. Además, el G20 ha pedido una moratoria de la deuda a los acreedores soberanos bilaterales para aliviar los pagos de los países africanos muy endeudados. Sin embargo, los acreedores privados se han mostrado menos dispuestos y han optado por revisar las deudas caso por caso. Es imperativo que las instituciones financieras multilaterales actúen con rapidez para aliviar la grave situación financiera de muchos países africanos con escaso acceso al capital.

Entre los mayores acreedores de África se encuentran los llamados «bancos de política» de China, que han concedido cuantiosos préstamos a países africanos durante la última década o más. Cabe esperar que la deuda del continente se politice cada vez más entre los acreedores occidentales y China.

Lo más importante es que los Estados africanos solo podrán remediar la carga de la deuda que frena el crecimiento mediante un nuevo crecimiento de sus propias economías. Es imperativo que las economías africanas emergentes, con aspiraciones de crecimiento, adopten una verdadera reforma estructural para liberar el crecimiento y mejorar su competitividad a largo plazo. En última instancia, esta debería ser la huella tangible de la crisis de la COVID-19.

3. Digitalización

La COVID-19 está acelerando la adopción de tecnologías digitales, ya que las empresas buscan mejorar su competitividad reduciendo su tamaño y los costes establecidos de sus operaciones. Adoptar el trabajo a distancia podría afectar a muchas economías que no están preparadas para cambios rápidos impulsados por la tecnología y el comportamiento. Esta transición podría retrasar la recuperación económica en muchos Estados africanos en desarrollo. Sin embargo, hay excepciones. Ruanda busca convertirse en una economía de servicios habilitada por la tecnología, mejor preparada para aprovechar la innovación en una economía pos-COVID.

La crisis actual dejará cicatrices duraderas en un orden mundial nuevo, pero difícil. Sin duda, la crisis ha puesto de manifiesto la fragilidad de los modelos de crecimiento de los países en desarrollo y amenaza con ahondar la brecha entre las economías avanzadas y el Sur Global. El presidente de Ruanda, Paul Kagame, ha dicho que muchos países africanos podrían tardar «una generación o más» en recuperarse de la pandemia.

La manera en que los Estados africanos respondan y se adapten en los próximos meses a estas fuerzas desestabilizadoras tendrá importantes repercusiones en sus economías y sociedades futuras. El futuro parece apuntar a una divergencia cada vez mayor entre el mundo desarrollado y el mundo en desarrollo. Para contrarrestar la crisis y adaptarse, será necesario cambiar muchos sistemas políticos estancados de los Estados africanos, que siguen obstaculizando el cambio, ahora más que nunca. Si esta transformación no se produce, la búsqueda de reformas estructurales y de un crecimiento inclusivo seguirá siendo inalcanzable.

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