Así puede la «diplomacia científica» ayudarnos a contener la COVID-19

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• La «diplomacia científica», entendida como la cooperación internacional con la ciencia como eje central, es clave para superar la COVID-19.

• La combinación de ciencia y diplomacia puede provocar cambios globales sin precedentes, como demuestra la recuperación de la capa de ozono.

• Tender puentes entre la ciencia y la política, y entre países, nos ayudará a resolver los problemas de hoy y de mañana.

En 1987, una colaboración improbable entre científicos y diplomáticos condujo a una prohibición mundial de las sustancias químicas que dañaban la capa de ozono, que protege nuestro planeta. La radiación nociva se filtraba por el agujero cada vez mayor de este escudo de ozono, lo que amenazaba la vida en el planeta. En respuesta, los países de todo el mundo acordaron el innovador Protocolo de Montreal, que puso fin al uso de sustancias que agotan la capa de ozono en automóviles, frigoríficos y aparatos de aire acondicionado. En 2018, la capa de ozono estaba encaminada a recuperarse por completo, lo que convierte a este en uno de los acuerdos diplomáticos más exitosos de la historia.

Décadas después, la humanidad se enfrenta a otra amenaza común: la pandemia de COVID-19. Sin embargo, esta vez, la cooperación entre gobiernos e instituciones internacionales se encuentra en su nivel más bajo. Muchos países están respondiendo a la pandemia con medidas unilaterales de gran alcance y un lenguaje beligerante y amenazante. Pero para superar esta crisis necesitamos colaboración internacional, relaciones sólidas y una diplomacia eficaz. Para comprobar lo poderosos que pueden ser estos vínculos globales, basta con que los gobiernos miren a los científicos.

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Los científicos llevan mucho tiempo forjando relaciones con colegas de todo el mundo, incluso cuando sus gobiernos no se llevaban bien. Los países reconocen cada vez más el valor diplomático de estos proyectos y redes científicas transfronterizos, conocidos como «diplomacia científica». Estas redes internacionales pueden restablecer la confianza y disipar tensiones cuando las relaciones políticas están tensas.

Tras la devastación de Europa en la Segunda Guerra Mundial, el Laboratorio Europeo de Física Nuclear (CERN) impulsó el contacto de posguerra entre físicos alemanes e israelíes. Durante la Guerra Fría, la cooperación espacial posibilitó relaciones simbólicas entre astronautas estadounidenses y soviéticos en órbita, algo imposible en la Tierra. El Tratado Antártico de 1959, un hito para la protección ambiental, consagró el último continente inexplorado a la ciencia y la paz. En 2015, una cooperación de larga data entre científicos estadounidenses y cubanos allanó el camino para reabrir los canales diplomáticos entre ambos países, tras casi seis décadas de tensiones políticas. Hoy, el acelerador de partículas SESAME en Jordania está reuniendo a países de Oriente Medio.

Estos proyectos muestran el poder de la diplomacia científica. Los científicos han trabajado a pesar de las barreras políticas y, en última instancia, han contribuido a superarlas. A medida que el nuevo coronavirus se propaga, estos esfuerzos son más vitales que nunca.

Mapa de la colaboración científica internacional, 2008-2012Image: Olivier Beauchesne

En los últimos años, los brotes de SARS, H1N1 (gripe porcina), MERS y ébola se contuvieron gracias a una acción multilateral rápida. Sin embargo, la respuesta transfronteriza a la COVID-19 ha sido menos eficaz. Ha habido fricciones tanto dentro de las organizaciones internacionales como entre los gobiernos y organismos mundiales como la Organización Mundial de la Salud (OMS).

En virtud del Reglamento Sanitario Internacional de 2005, jurídicamente vinculante, todos los países deben desarrollar capacidades para prevenir, detectar, notificar y responder a emergencias de salud pública. Muchos no han dispuesto de los recursos necesarios para ello. Algunos no han podido asegurar suministros médicos debido a sanciones que bloquean las transacciones bancarias necesarias. El secretario general de la ONU, António Guterres, ha pedido un alto el fuego mundial y la eliminación gradual de las sanciones, al afirmar que estas están agravando el riesgo sanitario para millones de personas.

Para dejar claro, los proyectos científicos no deben tener objetivos políticos, ni pueden sustituir los esfuerzos diplomáticos y de consolidación de la paz. Los programas de vacunación, por ejemplo, han propiciado en ocasiones un cese temporal de las hostilidades que permite a los equipos médicos realizar su labor. Pero la ayuda durante las crisis sanitarias y otras catástrofes no conduce necesariamente a una paz duradera. Tras la crisis, las hostilidades suelen reanudarse.

En efecto, muchos logros científicos dependen de la cooperación política para ser plenamente eficaces. Una campaña liderada por la OMS para vacunar a la población mundial condujo a la erradicación de la viruela. Si una sola nación hubiera decidido no vacunar a su población, habría puesto en peligro a todo el mundo. Los científicos han desempeñado un papel asesor crucial en la crisis de la COVID-19, informando a los gobiernos, anticipando riesgos y asegurando que los resultados de la investigación orienten las políticas. Pero muchos países carecen de tales sistemas de asesoramiento, lo que les dificulta tomar decisiones basadas en pruebas.

La respuesta consiste en que los gobiernos integren activamente la ciencia en sus agendas de política nacional y exterior. El Ministerio de Asuntos Exteriores suizo ha puesto en marcha una fundación público-privada para fomentar la diplomacia científica. Por ejemplo, apoya esfuerzos para estudiar y proteger los corales del mar Rojo, reuniendo a varios países de la región. Francia y Dinamarca nombraron embajadores para la industria tecnológica, lo que marca una nueva era para la diplomacia digital y la gobernanza. Chile y Sudáfrica participan en la diplomacia astronómica para construir poder blando mediante la cooperación espacial. Existen muchas más iniciativas en todo el mundo que promueven estos vínculos.

Otra forma de impulsar la diplomacia científica y tecnológica es capacitar a la próxima generación de líderes. En marzo, jóvenes científicos de todo el mundo pidieron solidaridad y una acción internacional para frenar la propagación de la COVID-19, incluido un mejor intercambio de información. Formularon recomendaciones prácticas para los investigadores, como compartir experiencias, comunicar hechos complejos al público en términos claros y sencillos, y traducir textos científicos a las lenguas locales. Las redes y la confianza creadas por comunidades como los Jóvenes Líderes Mundiales pueden permitir una actuación rápida cuando estalla una crisis.

Estamos inmersos en la mayor lección de ciencia en tiempo real que el mundo ha presenciado jamás. Los científicos son más visibles y valorados por los políticos y el público que nunca. Términos de biología molecular como ADN, ARN o reacción en cadena de la polimerasa (PCR) se han popularizado. Los conceptos matemáticos de crecimiento lineal, exponencial y logarítmico se explican en televisión en horario de máxima audiencia. Conceptos de salud pública y epidemiología como aplanar la curva, distanciamiento físico e inmunidad de rebaño son tendencia en las redes sociales.

Esta es una oportunidad de oro para que los científicos se impliquen con el público. Tenemos la responsabilidad urgente de transmitir nuestros conocimientos y experiencia, pero también nuestros valores. La ciencia depende de la apertura, la transparencia y la colaboración internacional. Promover estos valores puede eliminar divisiones y propiciar el cambio que necesitamos para resolver los problemas de hoy y de mañana.

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