«Aplanar la curva» es una quimera para los países frágiles

A girl wears a protective face mask at a makeshift camp for refugees and migrants next to the Moria camp, during a nationwide lockdown to contain the spread of the coronavirus disease (COVID-19), on the island of Lesbos, Greece April 02, 2020. REUTERS/Elias Marcou - RC2IWF9Q4OTQ
The first slew of coronavirus cases has hit refugee camps in Greece.Image: REUTERS/Elias Marcou
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  • El foco actual de la pandemia de COVID-19 a escala internacional ha estado en «aplanar la curva» para aliviar la presión sobre los sistemas sanitarios.

  • La guerra ha paralizado muchos sistemas sanitarios de los países en desarrollo.

  • Los campos de refugiados, las zonas de guerra y los territorios bloqueados afrontan restricciones adicionales que amenazan la prevención, la gestión y la recuperación ante el inevitable brote.

  • Para abordar estas restricciones de acceso y proteger a las poblaciones más vulnerables, se necesitan cambios en las políticas internacionales, innovación y colaboración.

En lo que parece ser el punto más bajo de la devastadora trayectoria de la COVID-19, en la ciudad de Nueva York se acumulan hasta 125 cadáveres sin reclamar cada semana en fosas comunes, con más de 100.000 casos registrados y la cifra sigue aumentando. Hospitales de campaña se han instalado en Central Park. El despliegue de furgones frigoríficos convertidos en morgues temporales hace unas semanas ya parece cosa del pasado.

Y, sin embargo, pese a la destrucción, la ciudad de Nueva York se ha convertido en un epicentro de colaboración internacional y multisectorial para superar la crisis. Gobiernos extranjeros, ciudadanos, organizaciones sin fines de lucro y fabricantes han movilizado rápidamente su apoyo. Los respiradores y los equipos de protección personal (EPP) han cruzado fronteras internacionales para cubrir la falta de recursos. Médicos y otros trabajadores sanitarios de todo el país han dejado voluntariamente sus hogares y han viajado en vuelos gratuitos a la ciudad de Nueva York para luchar juntos contra la pandemia.

Muchas poblaciones vulnerables pronto seguirán la trayectoria de la ciudad de Nueva York. La pandemia azotará Gaza, Yemen y los campos de refugiados sirios en el Líbano, como tantos otros lugares, con una grave escasez de recursos. Lo que diferencia estos casos es la suma del conflicto prolongado y las restricciones estructurales para recibir ayuda extranjera: barreras creadas por el ser humano y sistemáticas. Sin la posibilidad de colaborar o recibir ayuda libremente, el brote de COVID-19 será una catástrofe.

Estas regiones también superarán la capacidad asistencial de sus sistemas. Se llenarán fosas comunes similares. Sin embargo, sufrirán estas consecuencias sabiendo que, desde hace mucho, se les impide sistemáticamente recibir ayuda y que esta pandemia mundial no fue una excepción.

Una quimera para las poblaciones vulnerables

Aplanar la curva tiene tres componentes: «evitar el contacto», «lavarse las manos» y «mantener la calma».

Evitar el contacto, o mantener la distancia social, es un privilegio que muchas poblaciones vulnerables no pueden permitirse. La situación se agrava en la Franja de Gaza (más de 150 veces la densidad de población de EE. UU.) y en los improvisados campos de refugiados sirios del norte del Líbano, donde familias de nueve personas se hacinan como sardinas en tiendas separadas por menos de seis pies de sus vecinos. Estas poblaciones seguirán hacinadas porque han quedado físicamente aisladas del resto del mundo.

Lavarse las manos requiere, como mínimo, acceso a agua y jabón. Más del 90 % del agua de Gaza se ha vuelto no potable debido a la guerra continua y a los daños permanentes en el sistema de alcantarillado. El bloqueo de 15 años ha obstaculizado durante mucho tiempo la adquisición de materias primas para reparar la infraestructura civil; ahora impide la entrada de EPP que salva vidas y de suministros esenciales para fabricar respiradores.

Del mismo modo, a ONG como Endless Medical Advantage (EMA), una clínica móvil que atiende a 5.000 pacientes refugiados sirios en el valle de la Bekaa, en el Líbano, se les impidió entrar en los campos hasta hace apenas unos días para entregar kits básicos de saneamiento con alcohol y cloro debido a las restricciones gubernamentales impuestas en un intento por frenar la propagación del virus

Tras cinco años de bombardeos en la guerra civil que continúa en Yemen, «la gente está más preocupada por los ataques aéreos que por llevar mascarilla», afirma el único médico de obstetricia y ginecología que atiende a 1,2 millones de personas en el norte del país y trabaja para una de las mayores organizaciones médicas humanitarias internacionales. «No creo que Yemen pueda hacer frente a la COVID-19. Se acerca la temporada del cólera; también hay difteria, dengue y malaria, y además estamos intentando prestar servicios esenciales mientras negociamos con varios grupos armados, a solo 20 km de una zona de guerra activa». Sumados a los ataques aéreos, estos brotes que se avecinan, agravados por la realidad de que lavarse las manos es un lujo, convierten «mantener la calma» en una quimera.

También se ha impedido explícitamente que los trabajadores sanitarios presten atención médica a los refugiados. Médicos como el Dr. Feras Alghadban, de EMA, utilizan WhatsApp para evaluar a los pacientes a distancia, conscientes de que los campos afrontarán «una catástrofe si el virus infecta siquiera a un refugiado». Sin una recopilación sistemática de datos electrónicos, el cribado de la COVID-19 y la evaluación de riesgos son deficientes o inexistentes.

Hoy, los titulares sobre la COVID se centran en el aumento del desempleo, el alza vertiginosa de los precios de los suministros esenciales, la escasez crónica de profesionales sanitarios cualificados y de equipos médicos: fenómenos que estas poblaciones vulnerables, sujetas a barreras institucionales de acceso, llevan años afrontando. Estas poblaciones no están en cuarentena; llevan mucho tiempo atrapadas.

La cruda realidad es que la atención sanitaria y la política están indisolublemente ligadas en las regiones de Oriente Medio y el norte de África asoladas por conflictos: la atención sanitaria seguirá sufriendo mientras se sigan imponiendo restricciones políticas al acceso. Gaza ya se ha quedado sin los 200 kits de pruebas de COVID que tenía asignados, y no está claro cuándo podrán entrar más a través del bloqueo. Los primeros casos han llegado a los campos de refugiados de Grecia, y mientras se escribía este artículo se notificó el primer caso en Yemen. La imposibilidad de recibir ayuda durante una crisis —las graves restricciones de acceso y la violencia continua— representa una amenaza igual o incluso mayor que el propio virus.

¿Cómo podemos eliminar estas restricciones de acceso?

Líderes mundiales: Esta crisis les exige redefinir las restricciones fronterizas y los bloqueos. Pero, mientras esperamos cambios en las políticas, la confluencia de la innovación y la colaboración puede ayudarnos a salir adelante.

Emprendedores del sector sanitario: Vayan más allá de lo establecido: organizaciones como MedicMobile y Hikma Health han creado soluciones de datos específicamente para poblaciones de todo el mundo con recursos limitados, que más las necesitan, y ofrecen software gratuito y de código abierto.

Instituciones académicas: Si sus laboratorios tienen prototipos funcionales de dispositivos médicos, publiquen sus protocolos, creen grupos de Slack con equipos de países cuyos sistemas sanitarios son vulnerables y que trabajan en el mismo problema. Utilicen la tecnología para recuperar el espíritu de la ciencia práctica.

Directivos del sector público y privado: Sigan reorientando sus operaciones para combatir a este enemigo común, tanto si su organización ofrece servicios de traducción como si fabrica perfumes de alta gama.

La pandemia de COVID-19 es un fenómeno verdaderamente mundial: el virus en sí no discrimina entre las células de una madre de cinco hijos en Brooklyn o en Gaza. Sin embargo, esta experiencia no nos iguala. Debemos reconocer una segunda pandemia, que tiene su propia curva: la desigualdad estructural en el acceso a la salud causada por fronteras, restricciones y bloqueos impuestos. A diferencia de la COVID-19, esta pandemia está bajo nuestro control.

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