Mascarillas: qué puede enseñarnos la gripe española sobre hacerlas obligatorias

Mask-wearing women hold stretchers near ambulances during the Spanish Flu pandemic in St. Louis, Missouri, U.S. in October 1918. Library of Congress/Handout via REUTERS THIS IMAGE HAS BEEN SUPPLIED BY A THIRD PARTY. - RC2U5G9ADB3Q
The Spanish flu killed some 50 million people in 1918-20.Image: REUTERS
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  • Los gobiernos se enfrentan a la cuestión de si deben exigir que la gente lleve mascarillas.

  • Durante la pandemia de 1918, las mascarillas fueron la medida que más objeciones suscitó entre la población general.

  • En San Francisco incluso se creó una liga contra las mascarillas, además de celebrarse protestas y actos de desobediencia civil contra la medida.

¿Debería obligarse a la gente a llevar mascarillas en público? Esa es la cuestión a la que se enfrentan los gobiernos a medida que más países relajan sus confinamientos. Más de 30 países han hecho obligatorio el uso de mascarillas en público, entre ellos Alemania, Austria y Polonia. Esto ocurre a pesar de que la ciencia indica que las mascarillas protegen poco a quienes las llevan y que solo quizá eviten que contagien a otras personas.

Nicola Sturgeon, primera ministra de Escocia, ha anunciado, pese a ello, nuevas directrices que recomiendan a los escoceses llevar mascarilla al ir de compras o en el transporte público, mientras que se espera que el Gobierno del Reino Unido vaya a anunciar una nueva postura en breve. Mientras tanto, el vicepresidente de Estados Unidos, Mike Pence, se ha negado polémicamente a ponerse una mascarilla.

Todo esto evoca la gran pandemia de gripe, también conocida como la gripe española, que causó la muerte de 50 millones de personas entre 1918 y 1920. Es un gran caso de estudio sobre cómo la gente está dispuesta a tolerar restricciones muy severas, siempre que crea que están justificadas.

El gran cierre

En Estados Unidos, ninguna enfermedad de la historia había dado lugar a restricciones tan intrusivas como la gran pandemia de gripe. Estas incluyeron el cierre de escuelas, iglesias, fuentes de soda, teatros, cines, grandes almacenes y barberías, así como normas sobre el espacio que debía asignarse a las personas en lugares públicos cerrados.

Se imponían multas por toser, estornudar, escupir, besarse e incluso hablar al aire libre; el Boston Globe los llamó «parlanchines». Se contrató a policías especiales contra la gripe para llevarse a los niños que jugaban en las esquinas y, en ocasiones, incluso en sus propios patios traseros.

Las restricciones fueron igual de severas en Canadá, Australia y Sudáfrica, aunque mucho menos en el Reino Unido y la Europa continental. Allí donde se impusieron, la población las aceptó casi sin objeciones. A diferencia de la larga historia del cólera, sobre todo en Europa, o de la peste en el subcontinente indio entre 1896 y aproximadamente 1902, no estalló ninguna violencia masiva y rara vez se culpó a alguien, ni siquiera a los españoles o a las minorías.

Las mascarillas fueron la medida que más se acercó a suscitar objeciones, aunque al principio a menudo gozaron de popularidad. En octubre de 1918, el Oklahoma City Times describió a un «ejército de jóvenes trabajadoras de guerra» que aparecía «en tranvías abarrotados y en sus escritorios, con el rostro cubierto por protectores de gasa». Ese mismo mes, The Ogden Standard informó de que «las mascarillas están de moda», mientras que The Washington Times contó que se estaban generalizando en Detroit.

La ciencia cambia de rumbo

Desde el principio hubo debate científico sobre la eficacia de las mascarillas, pero la situación empezó a cambiar después de que el bacteriólogo francés Charles Nicolle descubriera en octubre de 1918 que el virus de la gripe era mucho más pequeño que cualquier otra bacteria conocida.

La noticia se difundió rápidamente, incluso en los periódicos de pequeños pueblos estadounidenses. Se publicaron viñetas que decían que era «como usar vallas de alambre de púas para mantener alejadas a las moscas». Sin embargo, esto ocurrió justo cuando las tasas de mortalidad empezaban a dispararse en los estados occidentales de Estados Unidos y Canadá. A pesar del descubrimiento de Nicolle, varias autoridades empezaron a hacer obligatorio el uso de mascarillas. San Francisco fue la primera gran ciudad estadounidense en hacerlo, en octubre de 1918, y mantuvo la obligación de forma intermitente durante un periodo de tres meses.

Alberta, en Canadá, hizo lo mismo, y Nueva Gales del Sur, en Australia, siguió su ejemplo cuando la enfermedad llegó en enero de 1919 (el estado basó su decisión en pruebas científicas anteriores a los hallazgos de Charles Nicolle). El único estado estadounidense que hizo obligatorias las mascarillas fue California, aunque solo durante un breve periodo; en la costa este y en otros países, incluido el Reino Unido, solo se recomendaron para la mayoría de la población.

Concentración en San Francisco, 1918.Image: Wikimedia

Se conservan numerosas fotografías, como la de arriba, de grandes multitudes que llevaban mascarillas en los meses posteriores al descubrimiento de Nicolle. Pero muchos habían empezado a desconfiar de ellas y las consideraban una vulneración de las libertades civiles. Según una noticia de portada publicada en noviembre de 1918 por el Garland City Globe de Utah:

El hombre medio llevaba la mascarilla colgando detrás del cuello hasta que veía a un policía, y la mayoría tenía agujeros en ellas para poder sacar sus puros y cigarrillos.

Abundó la desobediencia

En San Francisco se creó la liga contra las mascarillas, además de producirse protestas y actos de desobediencia civil. La gente se negaba a llevar mascarilla en público o hacía alarde de llevarla mal puesta. Algunos fueron a prisión por no llevarla o por negarse a pagar las multas.

En Tucson, Arizona, un banquero insistió en ir a la cárcel en vez de pagar la multa por no ponerse la mascarilla. En otros estados del oeste, los jueces se negaban habitualmente a llevarla en los tribunales. En Alberta, se multó a «decenas» en los tribunales de policía por no usar mascarilla. En Nueva Gales del Sur, los periódicos se llenaron de noticias sobre infracciones justo después de que las mascarillas se volvieran obligatorias. Ni siquiera los camilleros que transportaban a víctimas de la gripe respetaban las normas.

Inglaterra fue distinta. Las mascarillas solo se recomendaban como medida de precaución en las grandes ciudades y únicamente a ciertos grupos, como el personal de enfermería que atendía a pacientes de gripe en Manchester y Liverpool. Las dudas serias sobre su eficacia solo surgieron en marzo de 1919 y únicamente en la comunidad científica. La mayoría de los científicos británicos se unieron entonces en su contra, y The Lancet las calificó de «remedio dudoso».

Estas posturas recibieron un respaldo cada vez mayor de las estadísticas estadounidenses. A finales de 1918, el director de la junta de salud del estado de California había presentado datos del hospital mejor gestionado de San Francisco, que mostraban que el 78% de las enfermeras se había infectado a pesar de llevar mascarillas con cuidado.

Los médicos y las autoridades sanitarias también presentaron estadísticas que comparaban las tasas de mortalidad de San Francisco con las de las localidades cercanas de San Mateo, Los Ángeles y Chicago, ninguna de las cuales había hecho obligatorias las mascarillas. Sus tasas de mortalidad eran «iguales o mejores». Al final de la pandemia, en 1919, la mayoría de los científicos y las comisiones sanitarias habían llegado a un consenso no muy distinto del nuestro sobre los beneficios de llevar mascarillas.

Está claro que muchos de estos detalles son pertinentes hoy. Resulta revelador que un requisito considerado trivial se convirtiera en un asunto tan polémico, mientras normas más estrictas prohibían cosas como hablar en las esquinas, besar a la persona con la que uno estaba comprometido o asistir a servicios religiosos, incluso en el corazón del cinturón bíblico de Estados Unidos.

Quizá haya algo sobre las mascarillas y los impulsos humanos que aún no se ha estudiado debidamente. Si en los próximos meses surge una resistencia generalizada a las mascarillas, será interesante ver si las nuevas investigaciones arrojan resultados útiles sobre las fobias a cubrirse el rostro.

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