Europa debe abordar el envejecimiento como la agricultura. He aquí por qué

Retired steel workers Mike Pron (L to R) Jim McAndrew, Charlie Kelly, Joe Gonda and Ken Rayden play poker in a union hall in Bethlehem Pennsylvania, U.S., November 9, 2016. Among the five retirees, all life-long Democrats, only three cast ballots for Clinton in a county which voted Democratic in the past two election cycles but backed Republican Donald Trump in this year's presidential race. REUTERS/Peter Eisler - RTX2T3BL
Over 36% of Europe’s population will be 65-plus years old in 2050.Image: REUTERS/Peter Eisler
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Las sociedades europeas están envejeciendo. En 1950, solo el 12% de la población europea tenía más de 65 años. Hoy esa proporción ya se ha duplicado, y las proyecciones indican que en 2050 más del 36% de la población europea tendrá 65 años o más.

Las causas son las tasas de fertilidad y la longevidad. Antes, las mujeres de Europa tenían, de media, más de dos hijos. Desde 2000, la tasa de fertilidad ha caído por debajo de ese umbral. Además, los europeos viven ahora más tiempo: 78 años de media, frente a los 66 años de la década de 1950.

Image: OMS

La prolongación de la vida humana es un signo de la prosperidad de Europa, pero, combinada con la baja tasa de fertilidad de la región, también está creando numerosos problemas sociales y financieros para el continente.

Quizá lo más preocupante sea que disminuye la proporción de personas en edad de trabajar que pueden cuidar de las personas mayores, mientras aumenta el número de quienes necesitan cuidados.

Este desequilibrio entre la demanda y la oferta, que provoca escasez de enfermeros y otros profesionales de los cuidados, ya supone un desafío para los países de rápido envejecimiento, como Alemania, Finlandia y el Reino Unido.

El aumento de la demanda de cuidados también requerirá importantes recursos financieros. En 2014, los países de la OCDE destinaban, de media, el 1,4% del PIB a los cuidados de larga duración, pero se prevé que estos costes aumenten considerablemente hasta, hasta alcanzar el 6,4% en 2060.

El gasto público en cuidados de larga duración es más elevado en los Países Bajos y los países escandinavos (donde representa entre el 3% y el 4% del PIB) y más bajo en Europa central y oriental. En Polonia, Hungría y Estonia, se destina menos del 1% del PIB a los cuidados de larga duración.

Esta diferencia en el gasto refleja no solo la proporción de población que envejece, sino también la diversidad de los sistemas de cuidados de larga duración en Europa. Los Países Bajos y los países escandinavos, por ejemplo, cuentan con sistemas de atención formal bien desarrollados para las personas mayores, que ofrecen una amplia gama de servicios públicos y privados, tanto a domicilio como en instituciones.

En los países de Europa central y oriental, por otro lado, el cuidado de las personas mayores se considera en gran medida responsabilidad de las familias. En estos países, al igual que en los mediterráneos, es muy probable que una persona mayor que necesite cuidados diarios durante un período prolongado se mude con sus hijos o familiares, quienes le brindan apoyo social y organizan asistencia médica cuando es necesario.

Este sistema de cuidados informales también afronta nuevos desafíos en la era moderna. Las mujeres, que tradicionalmente han desempeñado en todo el mundo el papel de cuidadoras de la familia, cada vez más trabajan fuera del hogar, lo que reduce aún más el número de familiares disponibles para prestar cuidados informales a las personas mayores.

Los desafíos de los cuidados informales

Aunque buscan ampliar su plantilla estable de profesionales de los cuidados de larga duración, los países se esfuerzan por facilitar los cuidados informales basados en la familia, que se consideran más beneficiosos para las personas mayores y menos costosos para la sociedad.

En Alemania, quienes cuidan sin remuneración tienen la opción de reducir su jornada laboral y recibir una prestación de permiso remunerado de duración media. En la República Checa e Irlanda, quienes prestan cuidados informales están exentos de impuestos como compensación por su esfuerzo.

Este tipo de apoyo seguirá desempeñando un papel importante tanto en los países de Europa occidental como en los de Europa oriental. Sin embargo, también plantea dudas sobre el control de calidad. ¿Cómo saben los países si las personas mayores reciben cuidados adecuados? ¿Y quién supervisa su bienestar?

Por lo general, quienes prestan cuidados informales, como familiares y vecinos, no tienen formación especializada, por lo que suelen carecer de las habilidades y los conocimientos necesarios para reconocer síntomas y, por tanto, determinar qué tipo de atención sanitaria se necesita.

Como garantes designados de los derechos individuales y los valores sociales, los gobiernos siguen teniendo la obligación de supervisar la prestación de cuidados informales y garantizar que sus ciudadanos mayores estén en buenas manos. Establecer mecanismos de control de calidad para los cuidados informales es, en sí mismo, un reto enorme.

Las personas mayores de hoy no son pasivas en este proceso. La digitalización generalizada de la sociedad y una mayor familiaridad con la tecnología han dado a las personas mayores un mejor acceso a la información, lo que puede elevar sus expectativas sobre la calidad y el tipo de cuidados que deberían recibir.

Encontrar nuevos sistemas de cuidados de larga duración

En toda Europa, desde el próspero oeste hasta el este en desarrollo, siempre compiten distintas demandas por los recursos públicos. El dinero destinado a ampliar los sistemas de cuidados de larga duración para las personas mayores también podría emplearse para atender otras necesidades sociales urgentes, como poner en marcha nuevos programas de salud pública o medioambientales.

En Europa occidental, donde ya existen amplias estructuras de atención, sus costes cada vez más elevados dificultarán su sostenibilidad en los próximos años, a medida que siga aumentando vertiginosamente la población que necesita cuidados.

Los países de Europa oriental afrontan un dilema político distinto: cuidar de familiares mayores supone una carga considerable para sus familias, y los recursos públicos para crear residencias de enfermería y residencias para personas mayores siguen siendo escasos.

En la actualidad, mientras cada país empieza a plantearse un futuro en el que su población trabajará menos, pero necesitará más cuidados, aún no está claro si sus caminos llegarán a converger. Europa podría responder de forma unificada a este problema común, aunque diverso, quizá a través de la Comisión Europea, que ejecuta todos los programas de la Unión Europea.

Hasta la fecha, la Comisión ha empezado a impulsar la colaboración entre países en materia de cuidados para las personas mayores mediante plataformas supranacionales como la Asociación Europea para la Innovación sobre un Envejecimiento Activo y Saludable, un portal que ayuda a instituciones, profesionales e investigadores de los ámbitos de la salud y el envejecimiento a encontrar recursos formativos, buenas prácticas, modelos de atención y otros materiales similares.

Este es un paso relativamente pequeño para abordar un problema social que afecta a toda la región. Sin embargo, un obstáculo inmediato para colaborar en la atención a las personas mayores es que la Comisión Europea no tiene competencias en materia sanitaria; cada Estado miembro de la UE puede decidir libremente cómo organizar la prestación de sus propios servicios de salud.

En el pasado, la UE ha respondido a la necesidad de coordinar cuestiones nacionales similares, como la agricultura, por ejemplo, definiendo subsidios, regulaciones e inversiones para los países de la UE.

También podría funcionar un programa europeo común sobre envejecimiento, basado en el compromiso y la iniciativa de cada país, que ayude a cada Estado miembro de la UE a crear un sistema de cuidados adaptado a su contexto y beneficioso tanto para sus ciudadanos de más edad como para la sociedad en general.

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