Estos son los mayores desafíos económicos que afrontaremos en los próximos 10 años

The final numbers of the day are displayed above the floor of the New York Stock Exchange (NYSE) stands empty as the building prepares to close indefinitely due to the coronavirus disease (COVID-19) outbreak in New York, U.S., March 20, 2020. REUTERS/Lucas Jackson - RC2XNF9I542M
Ten worrying trends of the global economy.Image: REUTERS/Lucas Jackson
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  • Desde la crisis financiera de 2008, el mundo se ha encaminado hacia una tormenta perfecta de riesgos financieros, políticos, socioeconómicos y medioambientales, escribe Nouriel Roubini.

  • Desde enormes aumentos de los déficits fiscales, de hasta el 10 % del PIB o más, hasta el deterioro de las relaciones entre China y Estados Unidos, estos son 10 factores económicos que apuntan a dificultades financieras en el futuro, según el economista.

Tras la crisis financiera de 2007-09, los errores de política agravaron los desequilibrios y riesgos que impregnaban la economía mundial. Así que, en lugar de abordar los problemas estructurales que habían puesto de manifiesto el colapso financiero y la recesión posterior, los gobiernos aplazaron en gran medida las decisiones difíciles, lo que creó importantes riesgos a la baja que hicieron inevitable otra crisis. Y ahora que ha llegado, los riesgos se están volviendo aún más agudos. Por desgracia, aunque la Gran Recesión dé paso este año a una recuperación mediocre en forma de U, más adelante en esta década le seguirá una «Gran Depresión» en forma de L, debido a diez tendencias sombrías y arriesgadas.

La primera tendencia se refiere a los déficits y sus riesgos derivados: deuda e impagos. La respuesta política a la crisis de la COVID-19 implica un enorme aumento de los déficits fiscales —del orden del 10 % del PIB o más—, en un momento en que los niveles de deuda pública de muchos países ya eran elevados, cuando no insostenibles.

10 factores económicos que apuntan a dificultades financieras en el futuro. Image: Goldman Sachs Global Investment Research

Peor aún, la pérdida de ingresos de muchos hogares y empresas también hará insostenibles los niveles de deuda del sector privado, lo que podría provocar impagos y quiebras masivos. Junto con el aumento vertiginoso de la deuda pública, esto prácticamente garantiza una recuperación más débil que la que siguió a la Gran Recesión hace una década.

Un segundo factor es la bomba de tiempo demográfica de las economías avanzadas. La crisis de la COVID-19 demuestra que hay que destinar mucho más gasto público a los sistemas de salud y que la atención sanitaria universal y otros bienes públicos pertinentes son necesidades, no lujos. Sin embargo, como la mayoría de los países desarrollados tienen sociedades envejecidas, financiar estos gastos en el futuro aumentará aún más las deudas implícitas de los actuales sistemas de salud y seguridad social sin financiación suficiente.

Un tercer problema es el creciente riesgo de deflación. Además de provocar una profunda recesión, la crisis está creando un enorme exceso de capacidad en los mercados de bienes (máquinas y capacidad sin utilizar) y de trabajo (desempleo masivo), además de provocar el desplome de los precios de materias primas como el petróleo y los metales industriales. Esto hace probable la deflación de la deuda y aumenta el riesgo de insolvencia.

Un cuarto factor relacionado será la devaluación de la moneda. Mientras los bancos centrales intentan combatir la deflación y prevenir el riesgo de un fuerte aumento de los tipos de interés (derivado de la enorme acumulación de deuda), las políticas monetarias serán aún más poco convencionales y de mayor alcance. A corto plazo, los gobiernos tendrán que incurrir en déficits fiscales monetizados para evitar la depresión y la deflación. Sin embargo, con el tiempo, los choques negativos permanentes de oferta derivados de la aceleración de la desglobalización y el resurgimiento del proteccionismo harán prácticamente inevitable la estanflación.

Un quinto problema es la disrupción digital más amplia de la economía. Con millones de personas que pierden su empleo o trabajan y ganan menos, las brechas de ingresos y riqueza de la economía del siglo XXI se ampliarán aún más. Para protegerse de futuras perturbaciones en las cadenas de suministro, las empresas de las economías avanzadas trasladarán la producción de regiones de bajo coste a mercados nacionales más caros. Pero, en vez de ayudar a los trabajadores de sus países, esta tendencia acelerará la automatización, ejercerá presión a la baja sobre los salarios y avivará aún más el populismo, el nacionalismo y la xenofobia.1

Esto apunta al sexto factor importante: la desglobalización. La pandemia está acelerando las tendencias hacia la balcanización y la fragmentación, que ya estaban muy avanzadas. Estados Unidos y China se desvincularán más rápidamente, y la mayoría de los países responderán adoptando políticas aún más proteccionistas para proteger a las empresas y los trabajadores nacionales de las perturbaciones mundiales. El mundo pospandémico estará marcado por restricciones más estrictas al movimiento de bienes, servicios, capital, mano de obra, tecnología, datos e información. Esto ya está ocurriendo en los sectores farmacéutico, de equipos médicos y alimentario, donde los gobiernos están imponiendo restricciones a la exportación y otras medidas proteccionistas en respuesta a la crisis.2

La reacción contra la democracia reforzará esta tendencia. Los líderes populistas suelen beneficiarse de la debilidad económica, el desempleo masivo y el aumento de la desigualdad. En condiciones de mayor inseguridad económica, habrá un fuerte impulso a culpar a los extranjeros de la crisis. Los trabajadores manuales y amplios sectores de la clase media serán más susceptibles a la retórica populista, en particular a las propuestas para restringir la migración y el comercio.1

Esto apunta a un octavo factor: el enfrentamiento geoestratégico entre Estados Unidos y China. Mientras la administración Trump hace todo lo posible por culpar a China de la pandemia, el régimen del presidente chino Xi Jinping redoblará sus afirmaciones de que Estados Unidos conspira para impedir el ascenso pacífico de China. La desvinculación sinoestadounidense en materia de comercio, tecnología, inversión, datos y acuerdos monetarios se intensificará.

Peor aún, esta ruptura diplomática sentará las bases de una nueva guerra fría entre Estados Unidos y sus rivales: no solo China, sino también Rusia, Irán y Corea del Norte. Ante la proximidad de las elecciones presidenciales estadounidenses, hay motivos de sobra para esperar un aumento de la ciberguerra clandestina, que podría llegar a provocar enfrentamientos militares convencionales. Y, dado que la tecnología es el arma clave en la lucha por controlar las industrias del futuro y combatir las pandemias, el sector tecnológico privado estadounidense se integrará cada vez más en el complejo industrial de seguridad nacional.

Un riesgo final que no se puede ignorar es la disrupción medioambiental, que, como ha demostrado la crisis de la COVID-19, puede causar muchos más estragos económicos que una crisis financiera. Las epidemias recurrentes (VIH desde la década de 1980, SARS en 2003, H1N1 en 2009, MERS en 2011, ébola en 2014-16) son, al igual que el cambio climático, desastres esencialmente provocados por el ser humano, fruto de normas deficientes de salud e higiene, del abuso de los sistemas naturales y de la creciente interconexión de un mundo globalizado. En los próximos años, las pandemias y los numerosos síntomas perniciosos del cambio climático serán más frecuentes, graves y costosos.

Estos diez riesgos, que ya eran muy preocupantes antes de la llegada de la COVID-19, ahora amenazan con alimentar una tormenta perfecta que sumiría a toda la economía mundial en una década de desesperación. Para la década de 2030, la tecnología y un liderazgo político más competente podrían reducir, resolver o mitigar muchos de estos problemas y dar lugar a un orden internacional más inclusivo, cooperativo y estable. Pero cualquier final feliz presupone que encontremos la manera de sobrevivir a la Gran Depresión que se avecina.

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