Esto es lo que significan las drogas y la tecnología que alteran la mente para el libre albedrío 

A man poses for photos as solar halo is seen in the sky of Brasilia September 30, 2011. This weather phenomenon creates rainbows around the sun, and according to meteorologist, halo is formed by the reflection of ice crystals. REUTERS/Ueslei Marcelino (BRAZIL - Tags: ENVIRONMENT TPX IMAGES OF THE DAY) - RTR2S1UT
The ethics and morals of neuromodulation.Image: REUTERS/Ueslei Marcelino
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¿Somos realmente libres y responsables de nuestros actos? ¿O nuestras decisiones están determinadas por nuestro entorno, nuestra crianza, nuestros genes u otros factores que escapan a nuestro control? Los debates sobre el libre albedrío se remontan, como mínimo, a los filósofos presocráticos de la antigua Grecia. Dos mil quinientos años después, las herramientas de la neurociencia nos permiten estudiar la noción de libre albedrío de una manera menos especulativa. Además, la neurofarmacología, que se ha desarrollado en paralelo a nuestro conocimiento cada vez mayor del cerebro, ha evolucionado hasta modificar y, en algunos casos, incluso crear experiencias humanas de maneras que antes solo eran concebibles en el terreno de la abstracción o la ciencia ficción. «Neuromodulación» se refiere a la alteración selectiva de una actividad neuronal específica mediante fármacos o tecnología. Las capacidades actuales de la neuromodulación artificial reavivan muchas de las preguntas del debate sobre el libre albedrío.

Al estudiar el cerebro, contamos con un conjunto cada vez mayor de pruebas y datos sobre la neuroanatomía de nuestras emociones y los procesos neurobiológicos que sustentan nuestra moralidad. Sabemos, por ejemplo, que el placer, el poder, la empatía, el miedo, la conducta vecinal y el altruismo tienen correlatos neuroquímicos en el cerebro. Y, dado que ahora es posible correlacionar con creciente precisión las emociones y las disposiciones del carácter con la actividad y la química cerebrales, también aumenta nuestra capacidad para modificarlas por medios químicos. Por ejemplo, elevar artificialmente los niveles de neurotransmisores como la serotonina y la dopamina ofrece una solución rápida para muchos estados mentales negativos y, si se hace de una manera específica en el cerebro, también podría ayudar a facilitar el aprendizaje.

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Dado que en el futuro podrían modificarse deliberadamente nuestra personalidad, nuestras emociones y nuestras capacidades mentales mediante intervenciones neuroquímicas (por ejemplo, en la «mejora humana»), quizá consideremos necesario revisar algunas de nuestras nociones filosóficas básicas sobre la identidad, la condición de persona y el mérito moral. La posibilidad de intervenir en el nivel neuroquímico plantea varias preguntas éticas nuevas e importantes, entre ellas: ¿Qué tipo de responsabilidad existe y a quién corresponde si el uso de neuromoduladores amenaza o incluso socava la autenticidad de la experiencia humana? ¿Sigue siendo admirable la fuerza de voluntad si se genera artificialmente, o es un error incluso hablar de «fuerza de voluntad» en tales circunstancias? Además, si se desarrollan marcos éticos en torno a una comprensión común de la experiencia humana, ¿cómo se están modificando estos marcos y qué riesgos éticos entraña esa transformación?

Ética en la oferta y la demanda

El uso de los llamados «fármacos para los trastornos de la vigilia», creados inicialmente para tratar afecciones como el TDAH, se ha convertido en un aspecto generalizado de la cultura contemporánea. Aunque es difícil determinar los patrones exactos, no cabe duda de que su uso «fuera de indicación» ha superado al consumo conforme a la prescripción. Sin embargo, gran parte de este uso alternativo sirve de poco; o, al menos, sus efectos no son los que esperan quienes los consumen. De hecho, las investigaciones indican que es poco probable que quienes no padecen el trastorno que el fármaco pretende tratar experimenten una mejora cognitiva sustancial. El efecto mucho más común es emocional y, en la mayoría de los casos, lo que mejora es la motivación, más que el pensamiento. Aun así, resulta aleccionador observar que ciertas formas de consumo de estos «potenciadores» se parecen a otros tipos de abuso de drogas y patrones de adicción, e inevitablemente propician un dudoso mercado secundario. Además, los análisis indican que es probable que el deseo de consumir la sustancia en cuestión persista incluso después de haberla utilizado para una situación concreta.

También desde el lado de la demanda, las implicaciones éticas pueden ser aún más complejas. Por ejemplo, las encuestas a estudiantes universitarios que consumen «píldoras inteligentes» indican que algunos apenas tienen la edad para ser considerados legalmente responsables. Muchos habrán llegado a depender de estos «potenciadores» —o a ser adictos a ellos— antes incluso de entrar en la universidad. Como ha sostenido el filósofo Robert Goodin respecto de la adicción a la nicotina, si las personas se vuelven adictas antes de ser consideradas plenamente capaces de tomar decisiones racionales (y, por tanto, legalmente responsables), su responsabilidad por su «vicio privado» disminuye en la misma medida: el grueso de la responsabilidad recae en los productores y los organismos reguladores de los productos. Por supuesto, la nicotina y los potenciadores neurocognitivos son cualitativamente diferentes, pero, aun así, nuestras sociedades tendrán que afrontar en el futuro cuestiones éticas de responsabilidad y adicción relacionadas con los neuromoduladores. También conviene recordar que la nicotina se utilizó como «herramienta de concentración» mucho antes del meteórico auge de los fármacos de prescripción que hoy se emplean con ese fin.

La comparación es ilustrativa porque confirma que quienes consumen estas sustancias tienden a confundir la causa de su mejor rendimiento. En lugar de producir una mejora concreta de la función cognitiva, sus efectos suelen alterar el estado de ánimo: hacen que la persona se sienta más alerta o animada, lo que a su vez hace que las tareas parezcan más manejables e incluso agradables y, en última instancia, más fáciles de completar. Esto podría cambiar en el futuro con fármacos neuroactivos más potentes.

El uso de neuromoduladores en forma de píldoras o dispositivos eléctricos podría tener un efecto más intenso y duradero sobre la motivación que los efectos transitorios de la nicotina. La nicotina también se asocia con problemas de salud, por lo que se desaconseja su consumo. Pero si otras formas de neuroestimulación pueden aumentar la fuerza de voluntad y el impulso para seguir dedicándose a actividades largas y tediosas, o la capacidad de abstenerse de malos hábitos, con efectos perjudiciales mínimos o nulos, su atractivo será indiscutible. Entonces, ¿importa que esa neuromodulación no sea «natural», sino una manipulación del cerebro?

¿Son realmente «nuestras» nuestras decisiones? La investigación neurocientífica ha planteado la pregunta de si lo que llamamos «elección» existe siquiera en el sentido en que tradicionalmente la han definido los filósofos. Por ejemplo, hace más de una década, en un laboratorio del Centro Bernstein de Neurociencia Computacional de Berlín, un equipo de científicos realizó un experimento con resonancia magnética funcional en el que los voluntarios debían pulsar un botón con el dedo índice derecho o izquierdo. Para sorpresa general, el experimento reveló no solo que las decisiones conscientes de los participantes se habían tomado antes del acto en sí, sino también que la actividad cerebral previa a la decisión podía utilizarse, hasta cierto punto, para predecirla hasta siete segundos antes. En otras palabras, el cerebro de los participantes había decidido antes de que ellos fueran conscientes de la decisión que estaban tomando. A medida que los neurocientíficos se adentran literalmente en el cerebro (mediante la implantación de electrodos) y estudian la actividad cerebral relacionada con la toma consciente de decisiones, la antigua idea del libre albedrío podría acabar desapareciendo; pero, para lograrlo, tendrán que convencer a la sociedad de que sus hallazgos no dejan lugar a dudas. Aun así, la cuestión de la autenticidad del libre albedrío se vuelve aún más compleja con la neuromodulación artificial. Si ya empezamos a debatir hasta qué punto nuestras decisiones conscientes nos representan de verdad (es decir, a nuestro yo consciente, frente a nuestra neurobiología y neuroquímica), ¿qué puede decirse de los pensamientos y las motivaciones regulados por intervenciones externas?

En este experimento mental, Nozick invitaba al lector a imaginar una máquina capaz de proporcionarle cualquier experiencia que deseara y, además, hacerle sentir que esa era su vida real. Una persona conectada a ella podría disfrutar de un rico conjunto de experiencias sintetizadas sin que ninguna llegara a ocurrir de verdad; la máquina le transmitiría directamente al cerebro las sensaciones necesarias sin que siquiera supiera que esto estaba sucediendo. Nozick propuso su experimento mental para argumentar contra el hedonismo, es decir, la idea de que buscar el placer es lo que más contribuye a la felicidad de una persona. Aunque las experiencias sintetizadas que ofreciera la máquina fueran ideales, Nozick creía que, si pudiéramos elegir, la mayoría optaría por no conectarse a ella y preferiría la vida real, con todos sus riesgos y decepciones. Sostenía que esto demuestra que queremos que nuestras experiencias sean reales y tengan sentido, no solo que sean placenteras. Tal vez sea posible recrear neurológicamente la experiencia de sentirse amado, apreciado y recompensado sin que exista la realidad correspondiente; pero eso no la convierte en equivalente a la experiencia real. Se comparta o no la conclusión de Nozick, la cuestión de distinguir entre una experiencia «real» y una «sintetizada» sigue siendo pertinente para el tema que nos ocupa.

Los neuromoduladores artificiales plantean varias cuestiones sobre la autenticidad de la experiencia humana y, en particular, la del libre albedrío. La preocupación es que cualquier actividad que uno emprenda pierde valor en sí misma cuando la persona se siente motivada a realizarla por un estimulante del estado de ánimo, en lugar de por la actividad misma. Además de los argumentos filosóficos a favor de que ese cambio de motivación supone una pérdida de valor real, también hay consecuencias prácticas preocupantes. Por ejemplo, el uso generalizado de potenciadores cognitivos podría reducir el valor de la educación y el mérito, en detrimento tanto del sistema educativo como de la vida en general. Otra perspectiva especialmente inquietante es la tendencia de los neuromoduladores a empujar a las personas hacia el aislamiento.

Naturaleza humana, hedonismo e identidad

Los neuromoduladores artificiales tienen dos implicaciones más amplias: una filosófica y otra sociopolítica. Desde el punto de vista filosófico, podríamos considerar que el uso de «píldoras inteligentes» equivale, en última instancia, a una forma de hedonismo. Como, por ahora, estos fármacos mejoran el estado de ánimo en lugar de alterar significativamente la cognición, podrían considerarse una forma de buscar el placer por el placer mismo, y no un medio para alcanzar ideas mejores.

Dentro de ciertos límites, la búsqueda del placer es fundamental para la naturaleza humana, ya que, además de nuestra disposición básica orientada a la supervivencia, el cerebro humano está programado de antemano para buscar el placer y evitar el dolor. Esto nos lleva a buscar y repetir acciones que van desde actividades sensoriales hasta intelectuales, o una combinación de ambas, y que comparten un hilo conductor básico: nos gratifican de algún modo que, en última instancia, opera en el nivel neuroquímico.

Sin embargo, una larga tradición de pensamiento, desde Platón y Aristóteles hasta Nozick, sostiene que el placer es solo uno de muchos valores y advierte de los peligros de perseguirlo excluyendo todos los demás. Esto refuerza, desde el punto de vista moral y filosófico, la necesidad de redoblar los esfuerzos para garantizar que el uso de potenciadores se regule mejor y, preferiblemente, se limite antes de convertirse en una epidemia pública de consecuencias potencialmente muy dañinas. De hecho, cualquier estilo de vida que llegue a depender de modificar repetidamente la química cerebral para poder soportar las circunstancias propias es peligrosamente insano. Puede poner en peligro la vida de la persona o amenazar a otras si se manifiesta, por ejemplo, en forma de depresión profunda o manía.

Salvo que se emplee para tratar déficits neurocognitivos debilitantes, la conducta de automodulación intensa equivale a una forma de autoengaño y conlleva una pérdida del libre albedrío. Si se mantienen de manera constante a lo largo del tiempo, estas acciones podrían interferir, en principio, con cualquier sentido coherente de identidad o incluso entrar en conflicto con él. En última instancia, la neuromodulación podría alejar a las personas de elementos fundamentales de nuestra humanidad que nos han ayudado a desarrollar una brújula moral. El miedo, la ansiedad, las emociones negativas, el remordimiento y la culpa son ejemplos de emociones desagradables, pero indispensables y aleccionadoras, que nos orientan hacia una mayor empatía, resiliencia y compasión por los demás. Inhibir estas emociones negativas puede resultar conveniente temporalmente, pero a largo plazo causa un daño enorme.

De hecho, algunos motores aparentemente negativos de la conducta humana, como el egoísmo y la competitividad, podrían ser tan necesarios para el progreso y la supervivencia humanos como las conductas positivas, como la cooperación, la colaboración y la coexistencia simbiótica. Esto plantea una última pregunta: ¿y si se utilizara la neuromodulación artificial para inculcarnos más compasión, altruismo, conducta prosocial y empatía? ¿Podría perjudicarnos incluso un exceso de algo bueno?

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