Al comenzar el milenio, muchos de nosotros nos esforzamos por convencer a las organizaciones de salud de que las enfermedades no transmisibles (ENT) se estaban convirtiendo en el mayor desafío para la salud mundial. Utilizamos cifras de morbilidad y mortalidad, así como datos sobre los costos y los daños a la calidad de vida y la productividad nacional, para mostrar a quienes toman decisiones que afecciones como las enfermedades cardiovasculares, la diabetes, la obesidad, el cáncer, las enfermedades pulmonares y la depresión, junto con factores de riesgo como el tabaquismo, la alimentación y la actividad física, debían ocupar un lugar central en la atención sanitaria mundial.
Las ENT representan más de la mitad de la carga mundial de morbilidad. Las enfermedades cardiovasculares causan aproximadamente la mitad de las muertes por ENT. Durante mucho tiempo, las ENT se descartaron como «problemas de los países ricos» y no se consideraron dignas de atención mundial. Pero ahora sabemos que las ENT representan un problema mayor en los países de ingresos bajos que en los de ingresos altos. Son el precio que pagamos por el desarrollo económico, la prosperidad y los grandes avances en la atención sanitaria, que nos permiten vivir más tiempo, con menos dificultades, aunque quizá con más estrés.
Cuando se produce más de una afección crónica al mismo tiempo, la situación se vuelve más compleja. Uno de cada tres adultos en todo el mundo padece varias afecciones crónicas: una enfermedad cardiovascular junto con diabetes, depresión además de cáncer, o una combinación de tres, cuatro, incluso cinco o seis enfermedades al mismo tiempo.

Las múltiples afecciones crónicas tienen un profundo impacto en quienes las padecen. Los costos y las complicaciones tienden a crecer de forma exponencial, limitan la movilidad, aumentan el dolor y la fatiga y dificultan o imposibilitan trabajar. Para mantener estas afecciones bajo control se necesita una gran cantidad de medicamentos. Esto suele provocar efectos secundarios, lo que reduce aún más la calidad de vida. Seguir los tratamientos farmacológicos se convierte en un desafío. La tensión de vivir con estas afecciones, que por lo general pueden controlarse, pero no curarse, suele provocar depresión.
Estas combinaciones de múltiples afecciones suponen una carga grave para los sistemas sanitarios. La mayoría están estructurados para tratar una enfermedad a la vez. Cuando un paciente padece varias afecciones, los tratamientos y las visitas al médico tienden a acumularse. Esto no solo resulta incómodo para el paciente, sino que también se vuelve muy costoso rápidamente. Las complicaciones y el costo de tratar varias afecciones crónicas tienden a duplicarse con cada afección adicional, de modo que tratar a un paciente con cuatro afecciones suele costar 16 veces más que tratar a uno con una sola.

Reorganizar la prestación de la atención sanitaria y nuestra forma de pensar sobre los medicamentos podría resolver ambos problemas. Podemos brindar una atención mejor y más humana, al tiempo que reducimos los costos.
Un objetivo evidente a largo plazo es reorientar los sistemas de salud hacia la prevención. En lugar de esperar a que las personas desarrollen afecciones irreversibles debido al tabaquismo, la alimentación o la falta de ejercicio, el personal sanitario puede ayudar a niños y adultos a mantener un estilo de vida saludable y abordar los problemas antes de que se vuelvan incurables.
Esto llevará mucho tiempo. Mientras tanto, podemos hacer muchas cosas para mejorar el tratamiento. El primer paso es introducir —o reintroducir— al buen médico de familia de toda la vida y darle más capacidad de acción. En su afán por modernizar —o simplemente crear— los servicios de salud, muchos países han descuidado el papel del médico general. Sin embargo, este profesional puede atender las necesidades del paciente de forma integral y diseñar un régimen de tratamiento equilibrado.

Gran parte de la atención que ahora se presta en los hospitales puede ser brindada por médicos y enfermeros de la comunidad. Cuando sea necesaria la atención hospitalaria, los equipos médicos deberían trabajar conjuntamente con los pacientes que padecen varias afecciones y diseñar tratamientos y regímenes farmacológicos coordinados.
Por último, podemos facilitar que los pacientes gestionen sus propios tratamientos. Esto implica comprender qué les impide tomar sus medicamentos en la vida cotidiana y facilitarles que lo hagan, reduciendo al mínimo los efectos secundarios y las complicaciones. Sería útil adoptar estrategias de economía conductual, desarrollar medicamentos combinados e incluso vigilar si se han tomado las pastillas mediante sensores incorporados. Necesitamos innovar en la forma de supervisar la progresión y el control de las enfermedades para que los pacientes puedan seguir por sí mismos cómo evoluciona su estado.
Si se gestionan eficazmente, estos enfoques podrían traducirse en menos pruebas y visitas al médico, así como en hospitalizaciones menos frecuentes y más breves. Esto significa menos costos. El paciente tendría que tratar con menos profesionales y contaría con un profesional asignado que se ocuparía de su bienestar integral. Esto ayudaría a millones de pacientes a recuperar la sensación de control y mejorar su calidad de vida. También beneficiaría a quienes los cuidan, que están sobrecargados.

Para poner manos a la obra, aquí en Teva decidimos plantearnos un reto. Empezamos a investigar las múltiples afecciones crónicas. Hace poco presentamos un informe que describe el problema y propone líneas de acción para el futuro, durante la Cumbre sobre el Impacto del Desarrollo Sostenible del Foro Económico Mundial, celebrada durante la Asamblea General de las Naciones Unidas.
También nos asociamos con el Instituto Arnhold de Mount Sinai, uno de los mayores grupos hospitalarios de Estados Unidos, para trabajar con expertos y pacientes. Estamos desarrollando mejores formas de prevenir, tratar y convivir con múltiples afecciones crónicas. Compartiremos ampliamente los hallazgos para que las mejoras puedan beneficiar a todos. Aspiramos a desarrollar modelos de atención que puedan ponerse a prueba y ampliarse.
Tanto si vivimos en Santiago, Nueva York, Moscú, Delhi o Tel Aviv, no solo necesitamos una atención sanitaria mejor. Necesitamos una atención sanitaria más inteligente. Debemos replantearnos cómo vemos a los pacientes, sus tratamientos y las estructuras que los atienden tanto en su vida cotidiana como cuando están enfermos. Necesitamos construir un sistema sanitario para el siglo XXI.

