Una investigación iniciada en 2007 y respaldada por los Institutos Nacionales de Salud ha desarrollado una forma de administrar vacunas sin agujas.
La tecnología utiliza una película soluble que puede estabilizar virus vivos y otros medicamentos biológicos, y no requiere refrigeración.
La carrera por identificar una vacuna eficaz contra el virus de la COVID-19 ya está en marcha. Una vez descubierta, el siguiente reto será fabricarla y distribuirla por todo el mundo.
Mi grupo de investigación ha desarrollado un método innovador para estabilizar virus vivos y otros medicamentos biológicos en una película de rápida disolución que no requiere refrigeración y puede administrarse por vía oral.
Como los ingredientes para fabricar la película son baratos y el proceso es relativamente sencillo, podría hacer que las campañas de vacunación fueran mucho más asequibles. Se podrían enviar y distribuir grandes cantidades con facilidad gracias a su forma plana y compacta.
A nivel mundial, las tasas de vacunación han mejorado en la última década, pero siguen siendo demasiado bajas: 13,5 millones de niños no fueron vacunados en 2018. Esta nueva tecnología, publicada recientemente en la revista Science Advances, tiene el potencial de mejorar enormemente el acceso mundial a las vacunas y otros medicamentos biológicos.
Inspirada en los caramelos duros
Mi equipo de investigación comenzó a desarrollar esta tecnología en 2007, cuando los Institutos Nacionales de Salud nos pidieron que desarrolláramos un método de administración de vacunas sin agujas y estable a temperatura ambiente.
La idea de desarrollar una película surgió de un documental sobre cómo el ADN de los insectos y otros seres vivos puede conservarse durante millones de años en ámbar. Esto nos hizo pensar en los caramelos duros que solía hacer mi abuela.
Era una idea sencilla, pero nadie la había probado. Así que nos pusimos a mezclar distintas fórmulas con ingredientes naturales, como azúcares y sales, y a probar su capacidad para formar un caramelo sólido parecido al ámbar.
Al principio, muchas de las preparaciones que probamos mataban al organismo mientras se formaba la película o se cristalizaban durante el almacenamiento, desintegrando el virus o la bacteria que intentábamos conservar.
Pero, por fin, después de unos 450 intentos a lo largo de un año, encontramos una fórmula capaz de suspender virus y bacterias en una película que se puede despegar.
A medida que adquirimos más experiencia con el proceso de producción, trabajamos para simplificarlo, de modo que no hiciera falta una formación técnica exhaustiva para fabricarla. Además, ajustamos los ingredientes para que se secaran más rápido, lo que permitía preparar una tanda de vacunas por la mañana y enviarla después del almuerzo.
Participo en una empresa emergente que aspira a llevar esta tecnología al mercado en los próximos dos años.
Más ventajas
Todas las vacunas almacenadas pierden potencia con el tiempo. La velocidad a la que esto ocurre depende sobre todo de la temperatura a la que se conservan. Mantener las vacunas refrigeradas de forma continua es difícil y costoso y, en algunas partes del mundo, casi imposible. Por eso, poder almacenar y transportar una vacuna a temperatura ambiente supone una gran ventaja.
El mayor avance de este proyecto se produjo cuando estábamos terminando nuestro proyecto de vacuna contra el ébola y encontramos películas con virus fabricadas tres años antes, guardadas en un recipiente sellado sobre la mesa del laboratorio. Por impulso, las rehidratamos y las analizamos para determinar si la vacuna aún podía inducir una respuesta inmunitaria. Para nuestra sorpresa, más del 95 % de los virus de la película seguían activos. Fue asombroso lograr que una vacuna no refrigerada tuviera una vida útil así.
A menudo no se tiene en cuenta la huella ecológica que dejan las campañas mundiales de inmunización. La Campaña de Eliminación del Sarampión de Filipinas de 2004, que vacunó a 18 millones de niños en un mes, generó 19,5 millones de jeringas, es decir, 143 toneladas de residuos punzocortantes y casi 80 toneladas de residuos no peligrosos: viales vacíos, envoltorios de jeringas, tapones, bastoncillos de algodón y embalajes. Las consecuencias para una campaña de mayor envergadura son considerables.
En cambio, nuestra película puede ser distribuida por personal sanitario que solo necesita llevar un sobre con la vacuna. Una vez administrada, no dejará rastro alguno, salvo una población mundial sana.




