Por primera vez en la historia de la humanidad, las infecciones ya no encabezan la lista de la OMS de las mayores causas de muerte en el mundo. Las enfermedades crónicas, como la diabetes, las enfermedades cardiovasculares, respiratorias y renales, y los trastornos mentales, son amenazas mayores. Paradójicamente, esto se ve agravado por las mejores tasas de supervivencia gracias a los avances médicos del siglo XX.
Esto está desbordando a los sistemas sanitarios, que luchan por hacer frente a esta carga, que crece enormemente, y a costes insostenibles. Algo debe cambiar.
Hasta la fecha, la innovación en la gestión de enfermedades ha tendido a ser incremental, con ganancias residuales cada vez menores mediante el costoso perfeccionamiento del diagnóstico y el tratamiento. Esta no puede ser la vía más eficaz para mejorar la salud mundial. De hecho, Estados Unidos acaba de registrar su tercer año consecutivo de descenso de la esperanza de vida – algo único en el mundo desarrollado– y esto ocurre en el país que gasta al menos un 30 % más per cápita en atención sanitaria que cualquier otro país.
Tenemos que tomar decisiones fundamentales. La innovación en la atención sanitaria puede tomar dos direcciones: tratamientos cada vez más caros para unos pocos, o atención sanitaria rentable para muchos.
«Siempre lo hemos hecho así»
Las tecnologías inteligentes, móviles y conectadas son el posible salvavidas de los sistemas sanitarios de todo el mundo. La única solución posible al desafío global del envejecimiento saludable es aprovechar la conectividad de nuestros dispositivos de consumo como herramientas de diagnóstico y seguimiento.
Pero tradicionalmente los datos médicos han sido coto exclusivo de los profesionales sanitarios, en los sistemas asistenciales patriarcales del «el médico sabe mejor», que perpetúan la indefensión y la dependencia de los pacientes. Romper este ciclo no será fácil, sobre todo en el periodo de transición en el que el paciente de mediana edad actual no creció en la era de las tecnologías inteligentes cotidianas, y el profesional sanitario de mediana edad actual puede haber llegado a depender de la dependencia de sus pacientes.
¿Cómo romper este ciclo de comportamiento? La respuesta solo puede venir de cambios incrementales, impulsados de forma sistemática hacia un modelo asistencial idealizado. Cada paso del proceso debe presentarse en términos sencillos, tanto a los receptores como a los prestadores de la atención, como una mejora del servicio existente. Esto es evolución y no revolución: debe transmitirse como lo mismo, pero mejor, no como algo distinto.
Hay muchos procesos en la atención sanitaria convencional que, aunque se siguen de forma universal, son universalmente inadecuados para su finalidad. Las enfermedades crónicas, cuya prevalencia aumenta en todos los casos, se caracterizan por crisis periódicas, como infartos, ictus o infecciones torácicas en las enfermedades respiratorias, que requieren atención de urgencia e ingreso hospitalario. Pese a una atención y estabilización óptimas en el hospital, muchos pacientes vuelven a ingresar en los primeros 30 días tras el alta. Sin embargo, la mayoría de estos reingresos son totalmente evitables: el 80 % de los pacientes readmitidos no ha tenido contacto con la atención sanitaria desde el alta hospitalaria. Esto parece a la vez absurdo y claramente subsanable. Medidas tan sencillas como los mensajes de texto diarios automatizados o los mensajes telefónicos que recuerdan tomar la medicación tendrían un impacto, como ya demuestran las evidencias. Un siguiente nivel podría consistir en solicitar una respuesta sencilla que indique estabilidad o deterioro, lo que activaría un proceso preventivo.
Este enfoque sistemático del cambio mediante la mejora progresiva no solo ofrece vías aceptables y viables para implementar una mejor atención, sino que también será rentable y escalable en distintas geografías, enfermedades y grupos de pacientes.
Teléfonos frente a carbohidratos
La actual epidemia mundial de obesidad y diabetes no sorprende, dada la tendencia primitiva de los humanos a ansiar los carbohidratos y a consumir este recurso, antes escaso, cuando está disponible. Pero sin duda debemos abordar este problema a un nivel más fundamental que mediante la legislación gubernamental para reducir el contenido de azúcar de los alimentos. Pese a las pruebas irrefutables de la relación entre la obesidad y las enfermedades crónicas, los programas para perder peso rara vez se implementan o resultan eficaces.
¿Y si este estancamiento se rompiera gracias al público, a los pacientes y a sus cuidadores de confianza, si recibieran representaciones significativas y útiles de los datos de salud a través de sus dispositivos de consumo personales? Los teléfonos inteligentes ya son capaces de mostrar cómo les va a los consumidores, orientarles hacia una mejor salud y recompensarles por alcanzar objetivos.
De hecho, en la era de las tecnologías de consumo inteligentes, capaces de monitorizar y medir el comportamiento, y que ofrecen una vía para recompensar a la ciudadanía por sus decisiones saludables, incluso si las técnicas conductuales más sutiles fracasan, el dinero en efectivo —que representa una parte de los ahorros en costes sanitarios— podría servir como un incentivo convincente.
Por ejemplo, un especialista sanitario privado del Reino Unido ofrece un Apple Watch Series 3 por 9 libras por adelantado: una fracción de su precio habitual. Los clientes que aceptan la oferta no pagan nada más si se mantienen activos y registran su actividad para obtener «puntos de vitalidad». Es crucial que la falta de actividad conlleva un coste mensual de hasta 11,25 libras, en función de la actividad del mes anterior. Es la zanahoria y el palo en el contexto de las decisiones saludables.
Gratuita en el punto de atención: el NHS británico cumple 70 años
Mientras el mundo intenta averiguar cómo mejorar de la forma más rentable la salud de la población, crece la fascinación por las experiencias en el sistema sanitario socializado más famoso y grande del mundo: el NHS, que atiende a 60 millones de personas en el Reino Unido.
Invitado por un número creciente de organizaciones, médicos y ahora ciudadanos interesados en Estados Unidos y en otros países para dar charlas, a menudo me siento recibido al estilo de Yoda. Normalmente se espera que la experiencia como médico del NHS desbloquee los desafíos de sostenibilidad a los que se enfrenta la atención sanitaria en todo el mundo, y en particular en Estados Unidos, que está atormentado por la reforma sanitaria. Los títulos de charla solicitados (por ejemplo, «El sistema sanitario estadounidense es demasiado derrochador: lo que los británicos pueden enseñar al mundo») revelan tanto la desesperación que rodea a este desafío como la sensación de que represento la vida en un universo paralelo misterioso.
Hasta cierto punto, así es: los médicos y otros profesionales sanitarios operan en algo parecido a un universo paralelo. Huelga decir que se espera que la prestación de atención sanitaria siempre logre que la salud de la población mejore progresivamente y sea más rentable. El mantenimiento de la salud y del bienestar está efectivamente incentivado por la medicina «socializada» al estilo del NHS, en la que tanto la financiación como la prestación de la atención corren a cargo de un sistema unificado de pagador único, y por tanto se motiva por la prevención de enfermedades y el mantenimiento del bienestar. Un sistema así elimina los incentivos perversos inherentes a un modelo financiero de pago por acto, motivado por tratamientos muy rentables para los enfermos, en lugar de medidas preventivas.
Así, la solución reside en aprovechar las tecnologías conectadas y las vías innovadoras para mantener una buena salud y la estabilidad frente a las enfermedades en un sistema sanitario unificado, en el que una población sana sea el motor político, social y económico.

