El mundo ha logrado avances espectaculares en todos los indicadores del bienestar. Entonces, ¿por qué casi nadie lo sabe?

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Este extracto procede del nuevo libro de Steven Pinker, «Enlightenment Now». El libro fue elegido como lectura de mayo para el Club de lectura del Foro Económico Mundial. Cada mes se elegirá un nuevo libro y se debatirá en el grupo. El autor se unirá al grupo el último día del mes para responder algunas preguntas de nuestro público.

El principio de la Ilustración según el cual podemos aplicar la razón y la empatía para mejorar el florecimiento humano puede parecer obvio, trillado, anticuado. Pero no lo es. Hoy más que nunca, los ideales de la razón, la ciencia, el humanismo y el progreso necesitan una defensa incondicional. Damos por sentados sus dones: recién nacidos que vivirán más de ocho décadas, mercados rebosantes de alimentos, agua limpia que aparece con solo girar un grifo y residuos que desaparecen con otro gesto, pastillas que eliminan una infección dolorosa, hijos que no son enviados a la guerra, hijas que pueden caminar por las calles sin peligro, críticos de los poderosos que no son encarcelados ni asesinados a tiros, el conocimiento y la cultura del mundo disponibles en el bolsillo de una camisa. Pero estos son logros humanos, no derechos de nacimiento cósmicos. En la memoria de muchos lectores —y en la experiencia de quienes viven en las regiones menos afortunadas del mundo— la guerra, la escasez, la enfermedad, la ignorancia y las amenazas mortales son parte natural de la existencia. Sabemos que los países pueden volver a caer en estas condiciones primitivas, y por eso ignorar los logros de la Ilustración es arriesgarnos demasiado.

Los ideales de la Ilustración son producto de la razón humana, pero siempre chocan con otras facetas de la naturaleza humana: la lealtad a la tribu, la deferencia a la autoridad, el pensamiento mágico y la atribución de las desgracias a los malhechores. En la segunda década del siglo XXI surgieron movimientos políticos que presentan a sus países como arrastrados a una distopía infernal por facciones malévolas, a las que solo puede resistir un líder fuerte que haga retroceder al país para volver a hacerlo «grande otra vez». Estos movimientos se han visto respaldados por un relato que comparten muchos de sus adversarios más encarnizados: las instituciones de la modernidad han fracasado y todos los aspectos de la vida atraviesan una crisis cada vez más profunda. Ambos bandos coinciden, de forma macabra, en que destruir esas instituciones mejorará el mundo. Es más difícil encontrar una visión positiva que contemple los problemas del mundo en el contexto del progreso y que procure aprovecharlo resolviendo esos problemas a su vez.

Al reflexionar sobre los ideales liberales en 1960, poco después de que estos hubieran superado su mayor prueba, el economista F. A. Hayek observó: «Si se quiere que las viejas verdades sigan teniendo influencia en la mente de las personas, hay que reformularlas en el lenguaje y los conceptos de las generaciones sucesivas» (y demostró involuntariamente su argumento con la expresión la mente de las personas). «Las expresiones que en un momento dado son las más eficaces se desgastan gradualmente con el uso, hasta que dejan de tener un significado preciso. Las ideas subyacentes pueden seguir siendo tan válidas como siempre, pero las palabras, incluso cuando se refieren a problemas que aún persisten, ya no transmiten la misma convicción».

ATRÉVETE A COMPRENDER

La Ilustración ha dado frutos; quizá sea la historia más importante que rara vez se cuenta. Y como este triunfo ha pasado tan desapercibido, tampoco se aprecian los ideales subyacentes de la razón, la ciencia y el humanismo. Lejos de constituir un consenso insípido, los intelectuales de hoy tratan estos ideales con indiferencia, escepticismo y, a veces, desprecio. Sostendré que, cuando se aprecian debidamente, los ideales de la Ilustración son, de hecho, conmovedores, inspiradores y nobles.

¿Qué es la Ilustración? En un ensayo de 1784 que llevaba esa pregunta por título, Immanuel Kant respondió que consiste en «la salida del ser humano de su minoría de edad, de la que él mismo es culpable», es decir, de su sumisión «perezosa y cobarde» a los «dogmas y fórmulas» de la autoridad religiosa o política. Proclamó que el lema de la Ilustración es «¡Atrévete a comprender!» y que su exigencia fundamental es la libertad de pensamiento y de expresión.

¿Qué es la Ilustración? No hay una respuesta oficial, porque la época a la que dio nombre el ensayo de Kant nunca quedó delimitada por ceremonias de apertura y clausura como los Juegos Olímpicos, ni sus principios están estipulados en un juramento o credo. Por convención, la Ilustración suele situarse en los dos últimos tercios del siglo XVIII, aunque surgió de la Revolución Científica y el Siglo de la Razón del siglo XVII y se prolongó hasta el apogeo del liberalismo clásico de la primera mitad del siglo XIX. Aquella época fue una cornucopia de ideas, algunas contradictorias, pero cuatro temas las unen: la razón, la ciencia, el humanismo y el progreso.

Ante todo está la razón. La razón no es negociable. En cuanto uno se dispone a debatir para qué deberíamos vivir (o cualquier otra cuestión), si insiste en que sus respuestas, sean cuales sean, son razonables, están justificadas o son verdaderas y que, por tanto, los demás también deberían creerlas, se ha comprometido con la razón y con someter sus creencias a criterios objetivos.

Hoy, muchos escritores confunden la defensa ilustrada de la razón con la inverosímil afirmación de que los seres humanos son agentes perfectamente racionales. Nada podría estar más lejos de la realidad histórica. Pensadores como Kant, Baruch Spinoza, Thomas Hobbes, David Hume y Adam Smith eran psicólogos inquisitivos y plenamente conscientes de nuestras pasiones irracionales y debilidades. La aplicación deliberada de la razón era necesaria precisamente porque nuestros hábitos de pensamiento comunes no son particularmente razonables.

Esto nos lleva al segundo ideal, la ciencia: el refinamiento de la razón para comprender el mundo. La Revolución Científica fue revolucionaria de una manera que hoy cuesta apreciar, ahora que sus descubrimientos se han vuelto algo natural para la mayoría de nosotros.

Para los pensadores de la Ilustración, escapar de la ignorancia y la superstición revelaba hasta qué punto podía estar equivocada nuestra sabiduría convencional, y mostraba cómo los métodos de la ciencia —el escepticismo, el falibilismo, el debate abierto y la comprobación empírica— constituyen un modelo para alcanzar conocimientos fiables.

Ese conocimiento incluye comprendernos a nosotros mismos. La necesidad de una «ciencia del hombre» era un tema que unía a pensadores de la Ilustración que discrepaban en muchos otros aspectos. Su convicción de que existía una naturaleza humana universal y de que podía estudiarse científicamente los convirtió en practicantes precoces de disciplinas científicas que no recibirían nombre hasta siglos después.

La idea de una naturaleza humana universal nos lleva al tercer tema: el humanismo. Los pensadores del Siglo de la Razón y de la Ilustración veían una necesidad urgente de establecer una base secular para la moral, pues los perseguía el recuerdo histórico de siglos de matanzas religiosas: las Cruzadas, la Inquisición, las cazas de brujas y las guerras de religión europeas. Sentaron esa base en lo que hoy llamamos humanismo, que antepone el bienestar de los hombres, las mujeres y los niños como individuos a la gloria de la tribu, la raza, la nación o la religión. Son los individuos, no los grupos, quienes son sintientes: quienes sienten placer y dolor, plenitud y angustia.

Una sensibilidad humanista llevó a los pensadores de la Ilustración a condenar no solo la violencia religiosa, sino también las crueldades seculares de su época, como la esclavitud, el despotismo, las ejecuciones por delitos triviales como el hurto en tiendas y la caza furtiva, y castigos sádicos como los azotes, la amputación, el empalamiento, el destripamiento, el suplicio de la rueda y la quema en la hoguera. Si la abolición de la esclavitud y de los castigos crueles no es progreso, nada lo es, y eso nos lleva al cuarto ideal de la Ilustración. Gracias a que la ciencia amplió nuestra comprensión del mundo y la razón y el cosmopolitismo ensancharon nuestro círculo de empatía, la humanidad podía progresar intelectual y moralmente.

No hay que confundir el ideal del progreso con el movimiento del siglo XX que pretendía rediseñar la sociedad para comodidad de tecnócratas y planificadores, al que el politólogo James Scott llama «alto modernismo autoritario». En lugar de intentar moldear la naturaleza humana, la esperanza ilustrada en el progreso se centraba en las instituciones humanas. Los sistemas creados por las personas —como los gobiernos, las leyes, las escuelas, los mercados y los organismos internacionales— son un objetivo natural para aplicar la razón al mejoramiento de la humanidad.

Según esta forma de pensar, el gobierno no es un mandato divino para gobernar, un sinónimo de «sociedad» ni la encarnación del alma nacional, religiosa o racial. Es una invención humana, aceptada tácitamente mediante un contrato social, cuyo propósito es mejorar el bienestar de la ciudadanía coordinando su conducta y desalentando los actos egoístas que pueden resultar tentadores para cualquiera, pero que empeoran la situación de todos. Como declara el producto más célebre de la Ilustración, la Declaración de Independencia, para garantizar el derecho a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad, se instituyen gobiernos entre las personas, que obtienen sus justos poderes del consentimiento de los gobernados.

PAZ Y PROSPERIDAD

La Ilustración también presenció el primer análisis racional de la prosperidad. Su punto de partida no era cómo se distribuye la riqueza, sino la cuestión previa de cómo llega a existir. Smith, basándose en influencias francesas, neerlandesas y escocesas, señaló que un agricultor o artesano que trabaja en solitario no puede hacer aparecer de la nada una abundancia de bienes útiles. Esta depende de una red de especialistas, cada uno de los cuales aprende a fabricar algo con la mayor eficiencia posible y que combinan e intercambian los frutos de su ingenio, habilidad y trabajo.

La especialización solo funciona en un mercado que permite a los especialistas intercambiar bienes y servicios, y Smith explicó que la actividad económica era una forma de cooperación mutuamente beneficiosa (un juego de suma positiva, en el lenguaje actual): cada cual obtiene algo que valora más que aquello a lo que renuncia. Mediante el intercambio voluntario, las personas benefician a los demás al beneficiarse a sí mismas. Como escribió: «No esperamos nuestra cena de la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero, sino de la consideración que tienen por sus propios intereses. No apelamos a su humanidad, sino a su amor propio». Smith no decía que las personas fueran despiadadamente egoístas ni que debieran serlo; fue uno de los comentaristas más perspicaces de la historia sobre la empatía humana. Solo afirmaba que, en un mercado, cualquier inclinación de las personas a cuidar de sus familias y de sí mismas puede redundar en beneficio de todos.

El intercambio puede hacer que toda una sociedad no solo sea más rica, sino también más amable, porque en un mercado eficaz resulta más barato comprar que robar, y para uno los demás valen más vivos que muertos. (Como dijo siglos después el economista Ludwig von Mises: «Si el sastre le hace la guerra al panadero, a partir de entonces tendrá que hornear su propio pan»). Muchos pensadores de la Ilustración, entre ellos Montesquieu, Kant, Voltaire, Diderot y el abate de Saint-Pierre, defendieron el ideal del doux commerce, el comercio apacible. Los padres fundadores de Estados Unidos —George Washington, James Madison y, sobre todo, Alexander Hamilton— diseñaron las instituciones de la joven nación para fomentarlo.

Esto nos lleva a otro ideal de la Ilustración: la paz. La guerra era tan común en la historia que resultaba natural considerarla una parte permanente de la condición humana y pensar que la paz solo podría llegar en una era mesiánica. Pero con la llegada de la Ilustración, la guerra dejó de concebirse como un castigo divino que había que soportar y deplorar, o como un glorioso combate que había que ganar y celebrar, y pasó a considerarse un problema práctico que se podía mitigar y algún día resolver. En «La paz perpetua», Kant expuso medidas para disuadir a los líderes de arrastrar a sus países a la guerra. Además del comercio internacional, recomendó repúblicas representativas (lo que hoy llamaríamos democracias), transparencia mutua, normas contra la conquista y la injerencia interna, libertad de circulación e inmigración y una federación de Estados que dirimiera sus disputas.

Por toda la clarividencia de los padres fundadores, los redactores de la Constitución y los philosophes, este no es un libro que rinda culto a la Ilustración. Los pensadores ilustrados eran hombres y mujeres de su época, el siglo XVIII. Algunos eran racistas, sexistas, antisemitas, esclavistas o duelistas. Ellos, más que nadie, habrían sido los primeros en reconocerlo. Si uno ensalza la razón, lo que importa es la integridad de las ideas, no la personalidad de quienes las concibieron. Y si uno está comprometido con el progreso, difícilmente puede afirmar que ya lo tiene todo resuelto.

PROGRESOFOBIA

Los intelectuales odian el progreso. Los intelectuales que se autodenominan «progresistas» de verdad odian el progreso. No es que odien sus frutos del progreso, entiéndase: la mayoría de los comentaristas, críticos y sus lectores bien pensantes usan ordenadores en vez de plumas y tinteros, y prefieren operarse con anestesia que sin ella. Lo que irrita a la clase parlanchina es la idea del progreso: la creencia ilustrada de que, al comprender el mundo, podemos mejorar la condición humana.

La idea de que el mundo está mejor que antes y aún puede mejorar pasó de moda hace mucho tiempo entre los intelectuales. En La idea de la decadencia en la historia de Occidente, Arthur Herman demuestra que los profetas del apocalipsis son las estrellas del programa de humanidades, entre ellos Nietzsche, Arthur Schopenhauer, Martin Heidegger y un coro de ecopesimistas. En Historia de la idea del progreso (1980), el sociólogo Robert Nisbet coincidió: «El escepticismo respecto al progreso occidental, que en el siglo XIX se limitaba a un número muy reducido de intelectuales, se ha extendido y propagado, no solo entre la gran mayoría de los intelectuales de este último cuarto de siglo, sino también entre muchos millones de personas más en Occidente».

Pero no solo quienes se ganan la vida con el trabajo intelectual creen que el mundo se va al garete. También lo cree la gente común cuando adopta una actitud intelectual. A finales de 2015, amplias mayorías en 11 países desarrollados afirmaban que «el mundo está empeorando», y durante la mayor parte de los últimos 40 años, una clara mayoría de los estadounidenses ha dicho que el país «va en la dirección equivocada».

Es fácil entender por qué la gente se siente así: todos los días las noticias están llenas de historias sobre guerras, terrorismo, delincuencia, contaminación, desigualdad, drogadicción y opresión. Si los hábitos periodísticos y los sesgos cognitivos se refuerzan para destacar lo peor, ¿cómo podemos evaluar con rigor el estado del mundo? La respuesta es contar.

La mayoría de las personas está de acuerdo en que la vida es mejor que la muerte. La salud es mejor que la enfermedad. El sustento es mejor que el hambre. La abundancia es mejor que la pobreza. La paz es mejor que la guerra. La seguridad es mejor que el peligro. La libertad es mejor que la tiranía. La igualdad de derechos es mejor que la intolerancia y la discriminación. Saber leer y escribir es mejor que ser analfabeto. El conocimiento es mejor que la ignorancia. La inteligencia es mejor que la torpeza. La felicidad es mejor que la desdicha. Las oportunidades de disfrutar de la familia, los amigos, la cultura y la naturaleza son mejores que la monotonía y el trabajo agotador.

Todas estas cosas se pueden medir. Si han aumentado con el tiempo, eso es progreso.

Es cierto que no todo el mundo estaría de acuerdo con la lista exacta. Los valores son explícitamente humanistas y dejan fuera virtudes religiosas, románticas y aristocráticas como la salvación, la gracia, lo sagrado, el heroísmo, el honor, la gloria y la autenticidad. Pero la mayoría estaría de acuerdo en que es un punto de partida necesario.

LA SORPRENDENTE VERDAD

Y aquí va una sorpresa: el mundo ha logrado avances espectaculares en todos y cada uno de los indicadores del bienestar humano. Y aquí va una segunda sorpresa: casi nadie lo sabe.

Aunque la información sobre el progreso humano no aparece en los principales medios de comunicación ni en los foros intelectuales, es bastante fácil encontrarla. Los datos no están enterrados en informes áridos, sino que se muestran en sitios web magníficos, en particular el de Max Roser, Our World in Data, el de Marian Tupy, HumanProgress y el de Hans Rosling, Gapminder. (Rosling descubrió que ni siquiera tragarse una espada durante una charla TED en 2007 bastaba para llamar la atención del mundo). El argumento se ha expuesto en libros magníficamente escritos, algunos de ellos obra de premios Nobel, que lo proclaman en sus títulos: Progreso, La paradoja del progreso, Progreso infinito, El recurso infinito, El optimista racional, Argumentos a favor del optimismo racional, Utopía para realistas, Florecimiento masivo, Abundancia, El estado del mundo mejora, Mejorando, El fin del apocalipsis, El arco moral, El gran engranaje, La gran evasión, La gran oleada, La gran convergencia. (Ninguno recibió un premio importante, pero durante el periodo en que se publicaron, los Pulitzer de no ficción se concedieron a cuatro libros sobre genocidio, tres sobre terrorismo, dos sobre el cáncer, dos sobre el racismo y uno sobre la extinción). Y para quienes suelen leer listas, en los últimos años han aparecido «Cinco noticias maravillosas que nadie está difundiendo», «Cinco razones por las que 2013 fue el mejor año de la historia de la humanidad», «Siete razones por las que el mundo parece peor de lo que realmente es», «29 gráficos y mapas que muestran que el mundo está mejorando mucho, muchísimo», «40 maneras en que el mundo está mejorando» y mi favorito: «50 razones por las que vivimos el mejor período de la historia».

Quizá el presidente Obama lo resumió mejor al final de su mandato:

Si tuvieras que elegir un momento de la historia en el que nacer, sin saber de antemano quién serías —sin saber si nacerías en una familia rica o pobre, en qué país nacerías, si serías hombre o mujer—, si tuvieras que elegir a ciegas en qué momento querrías nacer, elegirías ahora.

Steven Pinker es catedrático de Psicología de la familia Johnstone en la Universidad de Harvard. Adaptado de Enlightenment Now: The Case for Reason, Science, Humanism, and Progress de Steven Pinker, publicado por Viking, sello de Penguin Publishing Group, una división de Penguin Random House, LLC. Copyright © 2018 de Steven Pinker.

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