Aumenta el deseo de dejar atrás la pandemia de COVID-19.
Algunos países incluso planean eliminar las restricciones que habían impuesto para dar paso a una nueva vida después de la pandemia.
Estas ocho adaptaciones podrían ser clave para ayudarnos a convivir con el virus, escribe un experto.
Cada vez más personas piden volver a la normalidad, y, con el retroceso de ómicron, los gobiernos empiezan a actuar. Por ejemplo, el Reino Unido está eliminando las medidas de salud pública que aún mantiene, entre ellas el autoaislamiento obligatorio de los casos de COVID y las pruebas gratuitas. Sin embargo, la verdad ineludible es que, a menos que el virus mute a una forma más leve, la vida «normal» a la que estamos volviendo será, en promedio, más corta y con más enfermedades que antes.
Hemos añadido a nuestra población una nueva enfermedad importante. A menudo se compara la COVID con la gripe, como si añadir a una población una carga equivalente a la de la gripe estuviera bien (no lo está). De hecho, la COVID ha sido y sigue siendo más grave. La tasa de letalidad por infección de la COVID —la proporción de personas que mueren tras contraerla— era inicialmente unas diez veces superior a la de la gripe. Desde entonces, los tratamientos, las vacunas y las infecciones previas han reducido la tasa de letalidad, pero todavía es casi el doble que la de la gripe; y sí, esto sigue siendo válido para ómicron.
El impacto se agrava porque la COVID es mucho más contagiosa. También tiene efectos a largo plazo similares o peores en el corazón, los pulmones y la salud mental que otras enfermedades respiratorias, y una mayor incidencia de síntomas a largo plazo. Las vacunas han sido extraordinariamente eficaces para reducir los casos graves y las muertes, pero no son perfectas. Las nuevas variantes han puesto a prueba las defensas de las vacunas, y la protección frente a la infección —y, en menor medida, frente a la enfermedad grave— disminuye al cabo de unos meses.
Aunque es poco probable que perdamos toda la protección frente a la enfermedad grave y la muerte, el tipo de regreso a la normalidad que se intenta en países como el Reino Unido, Dinamarca y Noruega hará que muchas personas sufran reinfecciones repetidas por COVID durante los próximos años. La gran mayoría podrá sobrellevarlas, pero algunas personas morirán y muchas más quedarán con problemas de salud duraderos. Muchas de quienes padezcan una enfermedad leve seguirán necesitando ausentarse del trabajo o los estudios y, como hemos visto con ómicron, los efectos acumulados pueden ser enormemente perturbadores.
En resumen, el mundo anterior a 2020 ya no existe; por mucho que lo deseemos, simplemente no es así.
Cómo vivir después de la COVID
En los últimos 150 años, la salud pública ha mejorado enormemente, con una reducción drástica de las muertes por malnutrición, enfermedades infecciosas y ambientales, tabaquismo y accidentes de tráfico, entre otras causas.
Para los problemas colectivos hemos desarrollado soluciones colectivas, desde las vacunas hasta las medidas contra la contaminación, el tabaquismo pasivo, la conducción peligrosa y otros males. No hay nada de normal en echar por tierra décadas de avances aceptando sin más una nueva enfermedad grave como la COVID, sin intentar mitigarla activamente.
La buena noticia es que podemos mitigarla. Podemos aceptar que el mundo ha cambiado y adaptarnos a partir de lo que hemos aprendido en los últimos dos años. Estos son ocho cambios clave que pueden reducir el impacto futuro de la COVID:
1. El aire libre es bastante seguro; por eso, procuremos que el aire de interiores se parezca lo más posible al del exterior. Esto requerirá una gran inversión en infraestructuras para mejorar la ventilación y filtrar y limpiar el aire. No es sencillo, pero tampoco lo fue llevar agua potable y electricidad a todos los hogares. Sabemos cómo hacerlo y será eficaz frente a cualquier variante futura y cualquier enfermedad transmitida por el aire.
2. Las vacunas siguen siendo esenciales. Tenemos que vacunar al mundo lo antes posible para salvar vidas y frenar la aparición de nuevas variantes. También debemos seguir trabajando en vacunas más duraderas y más resistentes a las variantes.
3. Hemos aprendido que actuar cuanto antes es fundamental para contener los brotes y evitar que se propaguen a otros países. Por eso, debemos invertir en la vigilancia mundial de las nuevas variantes de la COVID y de otras enfermedades infecciosas emergentes.
4. La mayoría de los países ya cuenta con vigilancia sistemática de enfermedades infecciosas graves, como la gripe y el sarampión, y con planes para mitigar su impacto. Los países deben incorporar a los programas existentes la vigilancia permanente de las tasas de infección por COVID para llevar un seguimiento de cuánto circula el virus, dónde y en qué comunidades.
5. Todavía sabemos demasiado poco sobre los efectos a largo plazo de la COVID, aunque sí sabemos que puede causar daños duraderos en los órganos y provocar COVID persistente. Debemos invertir en comprender, prevenir y tratar estos efectos.
6. Muchos sistemas de salud ya tenían dificultades antes de que llegara la COVID y, desde entonces, la pandemia ha mermado aún más su resiliencia. Es urgente invertir en los sistemas de salud, sobre todo en invierno, cuando se sentirá con mayor intensidad la carga adicional de la COVID.
7. La COVID ha golpeado con más fuerza a las personas más desfavorecidas: son quienes más la han sufrido. Quienes menos pueden permitirse aislarse también tienen más probabilidades de trabajar fuera de casa y usar el transporte público y de vivir en viviendas hacinadas, todos ellos factores de riesgo para contraer el virus. La mayor exposición se combina con tasas de vacunación más bajas y peor salud entre los grupos desfavorecidos, lo que conduce a peores resultados si se infectan. Los países deben invertir más en reducir las desigualdades en materia de salud, vivienda, lugares de trabajo, bajas por enfermedad remuneradas y educación. Esto nos hará a todos más resilientes ante futuros brotes y reducirá la enfermedad y la muerte, no solo por COVID, sino también por cualquier otra causa.
8. Por último, seguirá habiendo nuevas olas de COVID; las medidas anteriores simplemente reducirán su frecuencia y magnitud. Necesitamos un plan para afrontarlas. Unos excelentes sistemas nacionales de vigilancia ayudarán a identificar rápidamente un brote y a entender cuánta enfermedad está causando y cuánta inmunidad está evadiendo, lo que permitirá adaptar una respuesta temporal adecuada. Esta podría incluir, por ejemplo, aumentar las pruebas, volver a imponer el uso de mascarillas y trabajar desde casa cuando sea posible.
Estos planes deberían permitirnos evitar confinamientos prolongados y generalizados. Negarse a aprender a convivir con la COVID y fingir que sigue existiendo la antigua normalidad es, de hecho, el mayor riesgo de que haya futuros confinamientos.
Debemos dejar atrás las etapas de negación e ira del duelo y aceptar que el mundo ahora es distinto. Entonces podremos tomar las riendas y construir una forma de vida pensada para contener el virus y, al mismo tiempo, permitir que todos —incluidas las personas clínicamente vulnerables— llevemos vidas más libres y saludables.


